RESEÑA
J. M. Caballero Bonald: Entreguerras o De la naturaleza de las cosas
domingo 08 de abril de 2012, 14:59h
J. M. Caballero Bonald: Entreguerras o De la naturaleza de las cosas. Seix Barral. Barcelona, 2012. 217 páginas. 16,50 €
Texto e intertexto. Fulgores de memoria reproductiva, lecturas y glosas entreveradas. Testimonio de vida. Testamento literario. Oficio de clerecía con atisbos destacables. Lagunas, cotos de poesía en labios, bocas vecinas, versos bien trabados. Ronda de coro generacional y algún momento de mística tabernaria. El grupo del 50 -parte suya- mediado el siglo XX: “y era el silencio el múltiplo más puro de la sombra”. Blas (de Otero), Gabriel (Ferrater más que Celaya), “Ángel y José Ángel” (González, Valente), Carlos (Barral), José Agustín (Goytisolo), Alfonso (Costafreda, supongo), Jaime (¿Ferrán?), “y Juan y otros Juanes y quien lo está contando.”
A la nómina poética se unen otros amigos de filiación política que Caballero Bonald conoció en la dictadura de posguerra y viajes varios por otros países, ciudades. Más que “Entreguerras”, entrelíneas, rostros, capas de recuerdos en aluvión de resistencia ideológica, paradigmas de versos fluidos en cascada rítmica. Secuencias de monólogo interior dirigidas por un tono levemente alterno y centrado en sílabas que forman bancales o meandros métricos: 7 + 7 + 7, 7 + 7+ 11, 11 + 11, 11 + 7 + 7. Algún que otro eneasílabo, versos casi siempre impares y en forma de versículo. Adjetivación múltiple, barroca y modernista: dos, hasta tres adjetivos antepuestos y en progresión rítmica.
El libro nace bajo la advocación de Lucrecio e indaga la naturaleza de lo vivido. Se divide en catorce capítulos con Prefacio a modo de preludio. La trama es narrativa. Evoca la llegada del poeta al Madrid de posguerra desde Andalucía, una estancia de profesor en Colombia, la vuelta a España y el regreso al sur con escala en la Argónida mítica, el parque de Doñana. El tiempo se centra entonces en un punto simbólico del espacio recorrido y las volutas del recuerdo se envuelven procurando un gonce de sentido tras preguntas y admiraciones sobre el tránsito de la vida. Un rodeo en torno a la verdad tan fluyente como los versos que la interrogan y esperando que los días muestren -así una oda de Wordsworth aquí aludida- la fuente o raíz de luz soñada: “girando en torno a mundos no realizados.”
Si cortamos el flujo poético que resuena en la voz de otros poetas; si entramos “más adentro en la espesura” de las sombras; si atendemos al reclamo clandestino de la acción política conjurada en tiempos de dictadura, Entreguerras es libro de memorias con brillo entrecortado de poesía adivinada: “je suis moi même la matière de mon livre”. La cita de Montaigne intercalada como verso es aviso para lectores navegantes. El poema resulta confesionario.
La narración lírica trenza los recuerdos urdiendo un film de conciencia doblada. Es recurso frecuente de poetas y narradores ubicados en la segunda mitad del siglo XX. Un tú velado, no obstante, como alter ego, un yo-tú-yo propio. Al plegarse las capas de la conciencia, el flujo yoico se trasvasa en un otro diluido -“un trayecto hacia el cero”- y adviene entonces el trasfondo más lúcido: “me alejo de mi nombre de inmediato me alejo igual que / un ala de su aire”. Las contracciones del pliegue recuden e insinúan un hilo mágico que suspende también la memoria sobre el olvido: “¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?”.
Por aquí debiera haber empezado. La exigencia del último verso suprimiría muchos otros que lo preceden o hubiera transformado el ruido de los años, su apariencia, dice Wordsworth, en instantes eternos del ser silente: “verdades que despiertan y (ya) nunca perecen.” La gran poesía siempre fue ocasión de aventura, adivinanza.
Por Antonio Domínguez Rey