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¿Tiene razón Esperanza Aguirre?

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 11 de abril de 2012, 21:41h
Hay que reconocer que la crisis está sacando lo peor de nosotros mismos, como el hambre hace caníbales. Y al decir nosotros, es por los españoles, pero también por el resto de europeos. Como la vida, parece ser cada vez más ese cuento lleno de ruido y furia contado por un idiota. O, para ser exactos, por muchos idiotas.

No sé porqué ahora me viene a la cabeza pensar en Mario Monti, el supermario tecnócrata que colocó la Unión Europea para que gobernara los destinos de la bella Italia,ese ejemplo para todos en transparencia, orden en las cuentas, equilibrio territorial y austeridad calvinista.

Está el tal Monti bastante subido al monte, al menos cuando mira para afuera, y cuando se escuda en España como fuente de los problemas de Italia. Es una forma hábil de esconder su terror pánico a enfrentarse con los sindicatos italianos y a que la derecha le retire el apoyo artificial que le llevó a la púrpura, a falta de otras capacidades electorales.

Italia, como nación moderna, es orgullosa, y no ha debido resultarle fácil tragar con una intervención política, como la que se hizo para colarle de rondón un primer ministro, que es casi más duro moralmente que una intervención económica por quiebra. Claro que los italianos pueden lograr la cuadratura del círculo, y tener la humillación política y además no evitar la guerra económica. Pero por sus propios méritos, sin necesidad de apelar a la España herida.

Está la Europa concernida por la crisis en una perfomance de reparto de los despojos. En España se dice que no es Grecia, en Portugal que no es Irlanda y en Irlanda que tampoco es España ni Grecia ni Portugal. Y en Italia que no es España, pero en Francia tampoco quieren ser Grecia, ni España, ni Italia ni el resto. Dentro de bien poco, Alemania no va a querer ser Europa, o lo que es lo mismo, Europa no va a querer ser Alemania, que así están las cosas.

Entre nosotros, es todavía mejor, porque es España la que no quiere ser España. O, para explicarlo mejor, la España con la que se sueña para salir de la crisis tropieza con la España que hay, la de sus Autonomías, la de sus políticos, la de sus sindicatos.

Esperanza Aguirre ha abierto la caja de Pandora de la devolución de competencias autonómicas al Estado central, justo el mismo día en que los nacionalistas catalanes volvían a poner en solfa la capacidad de intervención del Estado en competencias transferidas como inconstitucional.

Pues bien, se oculte con las palabras más dulces que se pueda o no, lo cierto que un sistema institucional como el Estado Autonómico tiene que basarse en normas estrictas e inmutables, porque lo contrario es lo que pasa ahora, que se apoya para su equilibrio solamente en un ejercicio de buena voluntad, cuando lo hay.

Hoy por hoy no hay vías coercitivas de coordinación políticamente sostenibles para el conjunto de las Comunidades Autónomas. Cuando en su momento se intentó cerrar el mapa, el eximio Tribunal Constitucional, que tantas glorias ha dado a España, las frenó (LOAPA). Y pedira las Comunidades, con sus políticas concretas para la perpetuación en sus poderes, que se autocensuren en gastos es pedirle que renuncien al populismo del que son tributarias. Sin contar con la mezcla letal entre la capacidad de autodeterminación económica y la aspiración a la autodeterminación política, que ahí entra esa enfermedad estatal comparable con una dolencia terminal.

Estamos, por tanto, en un Estado cogido por los pelos, que es lo que sucede siempre que se funda una entidad política administrativa sin el alma que debe sustentarla, que es el concepto de Nación. Y cuanto más discutido y discutible es éste, menos Estado queda, más descoordinación, menos eficacia, menos crédito internacional y más despilfarro.

El Gobierno de Rajoy intenta lo posible y lo imposible para demostrar al mundo que somos serios, y que estamos dispuestos a apretarnos el cinturón al borde de la asfixia, pero algunas Autonomías, los sindicatos y la izquierda española sepasan el día encontrando líneas rojas imposibles de traspasar, para preservar un utópico Estado del Bienestar, olvidando que si alguna vez lo tuvimos fue acrédito; y si lo disfrutamos, más pronto que tarde habrá que pagarlo, porque los prestamistas son gente con poca paciencia y terminan manejando la recortada, como hace la Mafia de la bella Italia de Mario Monti.

Pero lo que está en riesgo ahora en España no es que se pueda perder el Estado del Bienestar, sino el propio Estado.

Quedan, por tanto, varias tareas fundamentales. La primera es la senda de reformas emprendidas por Rajoy, que a falta de alternativas debemos aceptar como las mejores. Si se acompañan de alguna ayuda exterior (y no precisamente de Monti), y también del rezo de algunos millares de rosarios, pueden hacernos respirar. Con la condición, por supuesto, de que los españoles tengamos paciencia, lo que hoy por hoy no parece fácil, oyendo a Cayo Lara o a Cándido Méndez.

Pero, aun en el supuesto caso de que en el medio plazo la economía española respire, lo que nos queda de verdad es saber qué queremos ser en España cuando seamos mayores. Qué quieren hacer nuestros nacionalistas varios en el solar patrio. Qué quieren hacer los regionalizados partidos españoles.

No es tan preocupante que Italia o Francia no quieran ser España. Es que Cataluña o el País Vasco tampoco quieran serlo. Y, dentro de nada, que Madrid no quiera ser Andalucía, y sucesivamente.

En fin, vayamos por pasos. Empecemos con que Rajoy no sea Zapatero y que Ángela Merkel deje de ser Ángela Merkel, porque, de verdad, pedimos humildemente perdón por haber sido tan derrochadores, pero juramos por nuestros muertos que les vamos a devolver hasta el último euro.

Y, después, demos una vueltecita a la Constitución, porque España es un cachondeo, y este mundo canalla y globalizado no está para fiestas nacionalistas.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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