RESEÑA
David Mitchell: Mil otoños
domingo 15 de abril de 2012, 14:07h
David Mitchell: Mil otoños. Traducción de Víctor V. Úbeda. Duomo. Barcelona, 2011. 640 páginas. 23,80 €
Los libros grandes, los volúmenes que sobrepasan las quinientas o seiscientas páginas, son un fenómeno dispar. Por una parte, la primera impresión que se tiene o muchos tenemos es que si el autor necesitó tantas páginas para desarrollar una novela, solo puede ser un bochorno –un best seller si se quiere- o un monumento literario como El Quijote, Ulises, Rayuela, etc. En el caso de Mil otoños del británico David Mitchell, autor de Escritos fantasma, El atlas de las nubes, El bosque del cisne negro, entre otros, merecedor de los premios Mail on Sunday o el John Rhys Llewellyn, finalista en varias ocasiones del Man Booker Prize y seleccionado en 2003 por la revista Granta como uno de los mejores jóvenes novelistas británicos, el análisis se hace aún más complejo, ya que parece instalarse justo en el medio, entre las exigencias de un lector de domingo y el público más severo.
El argumento de esta novela, es, finalmente, la imposibilidad del amor producto de diferentes verjas que no permiten la unión entre un contable holandés y una partera japonesa, en los siglos XVIII y XIX, época de la prohibición, del cierre a otras culturas, tiempos de Edo, donde solo los holandeses tenían autorización, aunque llena de restricciones, de comerciar en Japón. Desde la tesitura de la novela histórica se urde esta obra con largos diálogos e infinidad de personajes, donde predomina la trama y la seducción al lector.
Podría ser un fiasco. Pero hay ciertos aspectos –además de su evidente inteligencia o actitud british- que hacen de Mitchell un escritor respetable. El trabajo con el lenguaje, por ejemplo, es siempre atento. La construcción de los personajes a través de sus voces, o sea, desde la construcción de una sintaxis particular y propia –al menos en esta traducción- está lograda. La barrera cultural que provoca que los holandeses tengan prohibido aprender japonés y los japoneses enseñarlo –traición al reino que terminaría con sus vidas- con lo que, casi siempre, los personajes deben su comunicación a un traductor, es un guiño de ojo o una sacada de lengua a los más serios narratólogos. Hay también imágenes estupendas, fino sentido de humor, aunque lo que más hay es seducción. No estoy seguro de que esta novela, como sugiere Juan Gabriel Vásquez, reinvente algo, ni la novela histórica ni las historias de amor. Con el colombiano solo coincido en que es un texto de lectura compulsiva, ya que el suspense se instala de principio a fin.
Quizás la pregunta que debemos hacernos es: ¿qué esperamos de un libro?, sobre todo de uno especialmente extenso ¿Cruce de voces? ¿Riesgo? ¿Aprovechamiento del lenguaje? ¿Diálogo con el lector? ¿Alcances metaliterarios? Mil otoños cumple con algunos de estos habituales requerimientos, aunque más con ser ameno y legible, lo que quizás no tiene nada de malo. Con la postura políticamente correcta de querer gustarle a todo tipo de lector –si eso es posible-, a pesar de ser un trabajo más que logrado, su valoración tiende a la ambigüedad o a la unanimidad, esto último, como poco, sospechoso.
Por Gabriel Zanetti