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Cumbres borrascosas

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 19 de abril de 2012, 21:51h
La Cumbre de las Américas, convocada cada tres años por la Organización de Estados Americanos, suscita normalmente el interés que de antemano supone contar con la presencia del Presidente de los Estados Unidos. Es evidentemente un intento de dotar de alcance puramente hemisférico –todas las Américas, de Norte a Sur y de Esta a Oeste, con la conspicua excepción de Cuba, que fue en su momento suspendida de su participación en la OEA por no contar con un régimen democrático- a unos problemas que tradicionalmente han venido a ser tratados por socios extra continentales. No es difícil ver en estas Cumbres convocadas por la OEA una respuesta local a las Cumbres Iberoamericanas, iniciativa española que agrupa solo a los países de habla española y portuguesa en el continente, además de Portugal, y que si bien incluye a Cuba no cuenta sin embargo con la presencia de los Estados Unidos. Tampoco del Canadá y de los mini estados caribeños de habla inglesa, dicho sea de paso, pero su ausencia importa relativamente poco. Pero intentar una hermandad americana sin la presencia de Washington es harto complicado. Tanto más si se tiene en cuenta que los Estados Unidos pueden llegare a convertirse en pocos años en el país con más hispanohablantes de la tierra. Ya tienen más que España.

La última de las Cumbres de las Américas, celebrada hace pocos días en Cartagena de Indias, en Colombia, he venido a demostrar las paradojas de su funcionamiento, lo limitado de sus expectativas y lo incierto de su futuro. Colombia como país anfitrión ha realizado un loable esfuerzo diplomático para conseguir el éxito de la reunión, cosa esta en gran medida frustrada, si uno se atiene a los parámetros habituales para medir los resultados de tales convocatorias e incluso considerando como no pequeña consecución el hecho de que 33 de los 35 jefes de estado convocados estuvieran presentes en la antigua ciudad colonial. La reunión se cerró sin poder acordar un comunicado conjunto consensuado por todos los asistentes, mas allá del acuerdo sobre cuestiones técnicas que podían haber sido resueltas en otros niveles, y sus debates estuvieron paralizados por tres cuestiones cuya relevancia nadie duda pero que estaban precisamente calculadas para inquietar al poderoso vecino del Norte: la ausencia de Cuba, la legalización de las drogas y la reivindicación argentina sobre las Malvinas. Las “Américas” parecen vivir instaladas en el síndrome del “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio” aplicado a los Estados Unidos: esperan a que comparezca para acusarle de todos los males continentales. ¿No hay acaso otros temas que los convocados pueden tratar con provecho y cuya solución no depende en exclusiva de los americanos del Norte y de sus obscuras intenciones?

Las “Américas” no pueden esperar a que la contigüidad geográfica se traduzca en una automática solidaridad hemisférica y lo acontecido en Cartagena de Indias demuestra hasta que punto las líneas de fractura interior, por razones ideológicas o políticas, se sobreponen al mito de la unidad continental. Y ello, que seguramente se puede aplicar a otras partes del mundo, debe llevar a una reconsideración de la epidemia de “cumbritis” de la que parecen estar afectados una buena parte de los actores internacionales. No es una catástrofe, sino solo una constatación de lo evidente, que tiene además una consecuencia directa y contundente: nadie debería sacrificar intereses considerados nacionales a una estimación puramente cosmética del éxito o del fracaso de las mismas. Convendría que España se aplicara el cuento para la Iberoamericana que se reunirá en Cádiz en el mes de Noviembre de este año y que forzosamente ya tiene complicadas perspectivas: ¿estará para entonces resuelto el conflicto de la expropiación de YPF por parte del gobierno argentino?; ¿comparecerá la Presidenta Kirchner?; ¿se solidarizarán con ella el resto de los llamados bolivarianos? Y algunas otras cuya enumeración haría problemática esta lista. Porque las Cumbres, para el que las convoca –y en gran parte paga, dicho sea de paso- deberían tener una regla: los anfitriones no son los rehenes de las mismas. Dicho en inglés tiene más gracia: “The host, not the hostage”. A ver si aprendemos.

Javier Rupérez
Embajador de España

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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