Remiendos contra la crisis
martes 24 de abril de 2012, 21:24h
La impresión que provocan los distintos gobiernos nacionales y las organizaciones internacionales que ejecutan y recomiendan medidas contra la crisis económica es que nadie tiene ni idea de cómo salir de ésta. Gobiernos y organizaciones internacionales declaran dogmáticamente que sus políticas serán la solución, pero ésta ni se atisba en el inmediato horizonte. Reformas y recortes se encadenan sin que se vean verdaderas mejoras en los países que más están sufriendo la dificilísima situación y que con mayor contundencia están aplicando las recetas de la Unión Europea, el FMI, el Banco Central Europeo, el Banco Mundial, etc. El Gobierno español es un claro ejemplo. En pocos meses ha hecho muchas cosas que los dirigentes del PP habían prometido no hacer y no se ve el límite de la política de recortes y reformas porque ninguna de las aprobadas parece siquiera ofrecer un dato medianamente esperanzador. El propio Gobierno está desconcertado y “en el lío”, como dijo Rajoy.
La mayor parte de los analistas coinciden en que buena parte de la crisis –luego hay particularidades nacionales– se debe al descontrol de los mercados financieros, que hicieron todo tipo de productos más o menos opacos, o cuyas potenciales consecuencias negativas se ocultaban a los clientes, para “jugar” con esos productos en esa especie de casino diurno en que se han convertido las bolsas, o que dieron crédito con una gran liberalidad, confiados en un crecimiento exponencial que cualquier mirada al pasado hubiera desmentido. Cuántos en España afirmaban que las casas nunca bajarían de precio. Las decisiones gubernamentales en todos los niveles para poner remedio a la especulación de los mercados no digo que no hayan existido, pero desde luego han sido mínimas en comparación con los recortes de inversión y de gasto público llevados a cabo en todos los países, con especial incidencia en los llamados despectivamente PIIGS –Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España.
La regulación de los mercados financieros, que no para de hacerse en miles de asuntos menores, es un tema casi tabú para cierta ideología neoliberal. Quienes mantienen la misma defienden el libre mercado como si éste viniese dado por la naturaleza de las cosas, cuando, a poco que se piense, todo mercado, y más estos inmensos y sofisticados mercados actuales, son una invención humana y, por lo tanto, deben establecerse reglas claras, diáfanas para todos los operadores y, sobre todo, reglas que eviten que la enorme capacidad de especulación de determinados fondos pueda utilizarse para hundir la economía de un país o de una zona económica como Europa. No se trata de ir contra la libertad sino de encauzar ésta dentro de unas normas justas, como bien vieron ya los clásicos griegos, que sabían que la ley es garantía, y no coacción, de la libertad, la cual no puede ser entendida, desde un punto de vista del hombre en sociedad, del hombre político, como un absoluto sino como una capacidad de ejercicio dentro de los límites que establecen las normas, las cuales tienen que ser suficientemente flexibles, pero no tanto como para permitir la autodestrucción del sistema.
Hoy es muy difícil distinguir en la práctica entre lo que algunos economistas llaman economía real o productiva y la economía financiera, pero las organizaciones gubernamentales internacionales tienen que hacer el esfuerzo de deslindar lo que es una economía financiera enfocada a dar sostén a la economía productiva y lo que es pura y simple especulación. Por ejemplo, se pueden establecer plazos mínimos en las inversiones en acciones empresariales, para que la bolsa vuelva a ser, como fue en sus orígenes, una forma de atraer capital para una inversión productiva a largo plazo, que en su día generará beneficios, en lugar de que la compra-venta de acciones a corto sea el fin. Tal decisión debería llevar aparejada frenos al desplome del precio de las acciones en bolsa provocado por movimientos especulativos –no tiene sentido que una empresa pueda perder en un día todo su valor–. Al mismo, tiempo convendría crear un mercado paralelo para productos puramente financieros. También hay que luchar contra los paraísos fiscales, impidiendo que el dinero procedente de ellos, por vía directa o indirecta, pueda entrar en los mercados financieros, etc., etc. Los que entienden sobre esto son los que tienen que pensar qué se puede hacer, porque no hacer nada o poner parchecitos no parece la solución. La tan traída y llevada tasa a las transacciones financieras no pasa de ser una ocurrencia, que en nada afectara a la forma sistémica de actuar de los mercados.
Mientras el mensaje de que la especulación de los mercados financieros va a ser acotada no cale, la especulación seguirá siendo la norma, sea jugando con fondos opacos, sea jugando con los intereses de las deudas nacionales, sea jugando con el precio de las acciones…
La crisis que vivimos es muy compleja para las estructurales mentales con las que se habían afrontado las situaciones económicas difíciles hasta ahora, sobre todo en Europa. La carencia de una política verdaderamente común contra la crisis está ahondando más en la misma e impidiendo la recuperación. Los estados que peor lo están pasando siguen a rajatabla medidas que en Alemania han dado resultados más o menos positivos, sin tener en cuenta que sus economías ofrecen diferencias sustanciales. Los recortes están trayendo más paro y un hundimiento prolongado del PIB. Nos piden que creamos en los oráculos que anuncian que en el medio y largo plazo estos recortes y reformas son la garantía del crecimiento. No sé por cuánto tiempo los gobiernos europeos podrán mantener entretenidos a los pueblos con esta creencia porque la situación social se está deteriorando rápidamente en muchos países europeos, rompiendo así el consenso de años atrás. Las políticas keynesianas que en otras ocasiones ayudaron a salir de la crisis hoy son imposibles en los países que necesitan financiarlas con deuda pública, porque los intereses que pagan por ella siguen creciendo, y ya no tienen la maquinita de generar dinero para compensar con la inflación el coste de la deuda. Alemania y la UE insisten en las reformas y los recortes, pero ya hay voces que empiezan a sugerir que hace falta un gran plan europeo de inversiones públicas.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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