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Ya montado en el avión

jueves 26 de abril de 2012, 21:31h
Por fin se abrió la puerta que conduce al “finger” –ese tubo inhumano y carente de oxígeno destinado a que estrujen cientos de personas
camino de otra puerta, la del avión. Dos azafatas uniformadas por Carolina de Prada y Dior, se apostaron en una mesa tipo mostrador, encendieron el ordenador (que tardó en arrancar el módico tiempo de catorce minutos), y tras llamar por teléfono a tres amigas y al
cuidador del perro, decidieron pronunciar las palabras mágicas: “Va a empezar el embarque del vuelo… con destino a…”. Rápidamente los
primeros de la fila rebuscaron en bolsillos y bolsillos para encontrar la ya arrugada (fue emitida hace ocho horas y treinta minutos) tarjeta
de embarque. Tras el feliz hallazgo se pusieron, como es debido, el documento de identidad en la boca, pues así se exigía por las normas
del protocolo de Philadelpia conforme al cual a una persona que entraba en un aeropuerto se le debía interesar que se identificase un
mínimo de diez veces, con cualquier excusa.

Yo hacía el número cuarenta y nueve de la cola y sudaba invadido por dos gravísimas preocupaciones. La primera que pudiera colocar mi
maleta de color amarillo pollo (la más chillona que encontré) en el alojamiento situado encima de los asientos. Miraba a los lados y veía
que –a pesar de estar prohibido llevar más de un bulto- había quien llevaba hasta seis bolsones, incluidos los del duty-free, por lo que
no descartaba tener que llevar en mis rodillas la susodicha, y harto discreta, maleta. En segundo lugar daba vueltas a ese pedazo de ser
(humano) de unos ciento cincuenta y dos kilos que respiraba espasmódicamente, al sostenerse de pie con el mismo desequilibrio de
un pato cojo. No podía tener tan mala suerte, no podría tocarla el asiento de al lado. Seguro que en sus extensas y delicadas posaderas
habría reparado la compañía aérea y le había reservado una fila entera de asientos y además en bussines. Las susodichas posaderas requerían
no los 55 centímetros de rigor sino un mínimo de un metro cuarenta, salvo que el señor se desinflase de pronto.

Les adelantaré que efectivamente el azar (me cago en la leche de la suerte de aquel día) le condujo a la fila 18 letra E, justo delante
del mío dando al pasillo). Cuando le vi manejar sus carnes delanteras y traseras con ambas manos para lograr embutirlas en los 55
centímetros, me pellizqué varias veces por cuanto creí que estaba asistiendo a un milagro. El culo y las témporas entraron en aquel
espacio y sólo sobresalían sus brazos atocinados fabricados a base de grasas sobre saturadas, que el hombre era incapaz de colocar salvo
juntando las manitas sobre su tripa como si fuera un benedictino de los del Calisay.

Me aplasté contra mi asiento pero temeroso de que la mole compacta fuera a explotar y sus despojos cayeran sombre mí. Sonreí temeroso y
saqué el periódico que me había acordado de comprar. Siempre empiezo por atrás, por eso de llevarse al final las malas noticias. Intenté
concentrarme en la lectura pero volví a inquietarme porque un monstruo de las galletas, sentado a mi izquierda, estaba leyendo mi periódico.
De pronto, cuando iba a pasar la página de deportes, me detuvo y me pidió esperara a que terminara de leer. ¡Quién iba a rechistar!
Aprendí la lección y fui pasando parsimónico las páginas del diario previa comprobación de que el descendiente de Goliat había llegado
hasta el punto y final.

Aún seguían embarcando pasajeros en el avión, entre ellos cuarenta y dos de la delegación del IMSERSO de Cantabria, sin prisa alguna que
iban cantando esa melodía que envidiaría Verdi de “Pajaritos por aquí, pajaritos por allá”, bailable a ritmo de freak.

De repente empiezo a oír llantos. Uno, dos, tres, en lugares distintos y separados del aeroplano. ¡Había bebés! Herodes hoy había olvidado
hacer sus deberes. ¡Qué espanto! ¡Dos horas y media oyendo llorar! Pienso en tirarme por la salida de emergencia.

Lo pienso. Me llevará un rato decidirme. Palpo el paracaídas situado debajo del asiento. Sigo sudando. El curso por correspondencia para
aprender a volar no me ha servido de nada.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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