Para salir de la crisis (I): lo que podemos hacer como ciudadanos
viernes 27 de abril de 2012, 21:29h
Antes de hacer propuestas que mejoren la economía es necesario tener claro el contexto en el que se originó la crisis, para conocer qué había cambiado, dónde estábamos y qué podemos esperar si seguimos actuando como en el pasado. Porque todo el mundo habla de que había una burbuja inmobiliaria, otra financiera y que los bancos entraron en crisis por operar con subprimes, activos financieros tóxicos por estar basados en hipotecas basura, esto es, por préstamos que no se iban a devolver. Pero es importante saber cuál fue la aguja que las pinchó y, más aún, el medio en que se produjo para que sus efectos fueran tan devastadores y se expandieran con tanta facilidad.
Situando su origen entre los años 2006 y 2007, es clave considerar que se llevaban cerca de 20 años de una globalización económica intensificada con la liberalización de los movimientos internacionales de capitales. Este proceso se ha caracterizado, básicamente, por el desgobierno político y social – pese a las tímidas y limitadas reacciones del G-20 después de la recesión global y tal y como testifican los fracasos de las cumbres globales sobre el clima – y la desregulación económica y financiera. Bien es verdad que el proceso ha contribuido a sacar de la pobreza a cientos de millones de personas en el mundo; también que el porcentaje de trabajadores del planeta que disfruta de cierta protección social se ha visto reducido en la medida en que los países emergentes – más bien emergidos – tienen pendiente la democratización de los procesos productivos al nivel en que se encuentra en Europa. A largo plazo y si no cambia la capacidad de gobernanza, la tendencia será hacia una peor redistribución de la renta con sociedades poca cohesionadas.
Los llamados BRIC – Brasil, Rusia, China e India – suman más de 2.500 millones de habitantes. Sus economías y su gente han empezado a consumir y demandar bienes y servicios. Así se explica el proceso inflacionista que se encuentra en el origen de esta crisis. Mayor demanda global sin que la producción de energía y materias primas haya crecido de forma acompasada. La subida de estos precios supuso mayores costes de producción y pérdida del poder de compra de los consumidores. En reacción, los bancos centrales subieron los tipos de interés; de aquí el encarecimiento de las hipotecas pero, sobre todo, la pérdida de rentabilidad de las inversiones. Resultado, menos beneficios empresariales, menos sueldos, menos consumo y, lanzada la rueda, cierres de empresas, despidos, impago de préstamos e hipotecas, más gasto social por desempleo, menos recaudación fiscal, déficit público... Sólo insistiré en que la recaída de la actividad en 2010 y 2011 ha vuelto a estar ligada a una nueva inflación en los mercados mundiales de energía y materias primas.
En fin, si queremos mantener nuestro nivel de bienestar tenemos que generar renta suficiente en un contexto en el que hay otras sociedades que también tienen capacidad para competir por unos mismos bienes y servicios. Adaptarse o morir, lo que pasa por acomodar nuestra conducta a las nuevas exigencias. Hay muchas cosas que se pueden hacer, pero en este momento me referiré a las que podemos asumir como ciudadanos desde ya, en la medida en que hay importantes ámbitos sociales que todavía no han incorporado, ni la sociedad civil se haya articulado para hacerlos efectivos, ciertos principios para nuestro comportamiento en un contexto de economía competitiva de mercado:
- Debemos pensar que se puede salir del paro no sólo porque nos ofrezcan trabajo sino porque seamos capaces de creerlo, esto es, debemos encontrar nuestra autosuficiencia. Debemos pensar en nuestra capacidad para aportar algo con valor, considerar nuestros conocimientos y aptitudes desde la óptica del mercado. Definirnos como proyecto con interés y valor económico. Debiera servirnos, bien para lanzar nuestra propia iniciativa, o bien para ofrecerla a una empresa a la que podremos convencer que, más que un coste, somos una oportunidad para crear riqueza. Los poderes públicos pueden asumir aquí un papel. Hay experiencias de servicios públicos que ayudan a analizar las opciones de los emprendedores, orientan sobre cómo ponerlas en práctica y mantienen relaciones con entidades de crédito para analizar las posibilidades de financiación.
- Podemos observar a los países europeos que mejor proyección tienen, los nórdicos y Alemania. Son sociedades que cultivan y se basan en los valores de la educación y el esfuerzo. Tienen buenos sistemas educativos, entre otras cosas, porque los alumnos y sus padres valoran mucho la adquisición de conocimiento y el esfuerzo por adquirirlo y ponerlo en práctica. El resultado es un colectivo con mucha capacidad para aportar y resolver problemas complejos. Su alto valor añadido determinar alta productividad y alta competitividad. Esto permite, cuando tienen crisis, que el sector exterior, muy desarrollado, incremente la demanda de sus productos y puedan salir de las crisis con menor esfuerzo fiscal.
- Interiorizar la importancia de la profesionalidad y la excelencia. No se trata de títulos, sino del ejercicio profesional riguroso y guiado por el valor de las cosas bien hechas, la aspiración por la superación individual.
- Todo lo anterior servirá de poco si no erradicamos el nepotismo como valor cultural. Cuántas veces observamos que la aspiración se encuentra en desarrollar nuestras habilidades sociales y nuestras relaciones para que nos coloquen. Desmotiva mucho y frustra más pensar que todo el esfuerzo no se traduce en resultado porque el trabajo y la carrera profesional dependen de conocer a quien manda y decide.
- Vivimos en una sociedad muy polarizada, como traslucen nuestros medios de comunicación. En el debate político y, en exceso, en las noticias de los medios de comunicación predomina la intención de denigrar al adversario. La discusión se guía por el interés y desdeña la razón. Debemos ser más ecuánimes, reconocer a quien piensa de otra manera. Y, sobre todo, demandar unos medios de comunicación responsables e independientes, porque el análisis sesgado confunde a la sociedad.
- Y finalmente, debemos contribuir a desarrollar una conciencia colectiva europea. Podemos mantener una visión nacional de nuestro proyecto como sociedad, pero tendrá la consecuencia de participar en menor medida en la gestión de la globalización y en el bienestar que genere el progreso científico y el desarrollo tecnológico.
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Doctor en Derecho e Inspector de Hacienda del Estado
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