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¿Derrotó Obama a Osama?

Luis de la Corte Ibáñez
martes 01 de mayo de 2012, 17:45h
"Si queréis una frase para hacer pegatinas que resuman lo que el presidente Obama ha logrado y lo que heredó, es muy simple: Osama Bin Laden ha muerto y General Motors está viva". Palabras pronunciadas hace días por el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, para abrir una campaña electoral que coincide en su inicio con el primer aniversario de la muerte del fundador de la organización terrorista Al Qaida. La operación militar que acabó con la vida de Bin Laden pasa a convertirse en slogan político. Por supuesto, a nadie le sorprende. No es la primera vez que un dirigente político aprovecha un éxito antiterrorista para beneficio partidista. Ni será la última. En cuanto al juicio que ello merece, sería absurdo pedir a un profesional de la política una actitud diferente. Absurdo por ingenuo: nadie con un mínimo olfato político perdería una oportunidad semejante. Por otro lado, fue el presidente Obama quien dio la orden que permitió cumplir el ansiado objetivo de acabar con el hombre que ordenó el ataque a las Torres Gemelas. De modo que la medalla le corresponde, aunque sólo sea en parte.

Tomada en su literalidad, la pregunta que figura en el título debe ser respondida afirmativamente. Sí, Obama derrotó a Osama. Sólo que, normalmente, los éxitos antiterroristas no se explican ni producen a partir de una única decisión ni de ningún acierto puntual. Antes bien, suelen ser el fruto de una larga cadena de decisiones, unas acertadas y otras fallidas (pues errando también se aprende a acertar), protagonizadas e implementadas mediante la implicación de diversos organismos y personas a través de un periodo de tiempo que suele abarcar más de una legislatura. Así, de la misma manera que nuestro triunfo sobre ETA (aun por consumar) se fraguó durante décadas, la muerte de Bin Laden no es mérito exclusivo del último presidente de Estados Unidos ni de su administración, sino el resultado de una lucha iniciada por su predecesor, George W. Bush, cuya contribución al respecto no le hace menos responsable de los flagrantes errores causados por el camino (Irak, Guantánamo, etc.). Con todo, definir las responsabilidades por la eliminación de Bin Laden es menos importante que juzgar el valor de su muerte para aproximarse al objetivo superior con el que fue justificada: derrotar a Al Qaida y acabar con la amenaza del terrorismo global que encarnaba su proyecto.

Cuando hace un año Osama cayó bajo el fuego de los comandos SEAL en su refugio pakistaní, los pronósticos sobre el impacto de esa acción fueron variados. En las declaraciones con las que comunicó al mundo el resultado de la operación el presidente Obama fue prudente y mesurado. "La muerte de Bin Laden –dijo- marca el logro más significativo hasta la fecha en el esfuerzo de nuestra nación por derrotar a Al Qaida. Sin embargo, su muerte no significa el fin de nuestro trabajo. No hay duda de que Al Qaida continuará con sus ataques en contra de nosotros. Debemos permanecer en alerta en nuestro país y en el extranjero". Mas era inevitable que buena parte de la cobertura informativa presentara la operación de Abbotabad como prueba fehaciente de que la victoria sobre Al Qaida estaba pronta a cumplirse. Este optimismo chocaba con otras opiniones, incluyendo algunos pronósticos que ya habían sido formulados antes de la muerte de Bin Laden por parte de quienes le conocían bien. Así, en una entrevista concedida en 2004 al diario islámico Al Quds Al Arabi, su antiguo guardaespaldas Abu Yandal vaticinó que la muerte de Bin Laden, una vez producida, le convertiría en "un símbolo para todos aquellos que lo siguen, en especial en el caso de que lo asesinen". Y en 2006 su reconocido biógrafo, el muy reputado periodista estadounidense Peter Bergen, se atrevería a anticipar los variados efectos que podrían seguirse de la desaparición del líder terrorista saudí: a corto plazo, quizá, una oleada de atentados antiamericanos en todo el planeta; a medio plazo, el debilitamiento organizativo de Al Qaida; y finalmente, a largo plazo, la perduración de las ideas de Bin Laden, gracias a su transformación en mártir del yihadismo. Sólo una parte de estos augurios quedan ya en pie. Aunque Al Qaida no ha cejado en su empeño de atentar en territorio occidental, la venganza violenta y antioccidental que cabía temer como reacción a la muerte de su emir no llegó a concretarse. Es verdad que sus más fieles adeptos, seguidores y socios se apresuraron a reconocerle como mártir. Empero, su muerte a manos del Gran Satán americano no le permitiría recuperar los inquietantes índices de popularidad de los que llegó a gozar durante los primeros años que siguieron al 11-S. Su organización ciertamente está muy debilitada un año después de su muerte. Aunque no tanto como consecuencia de su ausencia ni de los conflictos de sucesión que también quisimos anticipar algunos (que tampoco tuvieron lugar). Más bien por otras causas: incesantes bajas provocadas en los últimos años por ataques con aviones no tripulados dirigidos contra líderes y militantes de Al Qaida ubicados en las áreas tribales de Pakistán, una acción antiterrorista a escala global cada vez más efectiva y una pérdida constante de apoyos a una forma de violencia pretendidamente islámica que cobra la mayor proporción de sus víctimas entre población musulmana. Y, no obstante…

No obstante, aunque aún no haya demostrado nada, la Al Qaida de Aymann Al Zawahiri, el sucesor de Bin Laden y su compañero y consejero durante dos décadas, sigue siendo una incógnita. No debe olvidarse que Al Qaida siempre ha sido mucho más que una organización orientada a perpetrar a atentados por sí misma. Algunos la describieron en su momento como una red de redes, una red que agrupaba a una pluralidad de organizaciones y grupos terroristas que operan en diversas partes del mundo. Pues bien, aunque es muy posible que se haya exagerado el control y la influencia que Al Qaida central ha podido ejercer sobre esas otras estructuras, sabemos que los lazos y afinidades entre estas y aquélla son reales y que han sobrevivido a la muerte de su principal inspirador. Entre dichas estructuras se incluyen franquicias instaladas en la Península Arábiga, Irak, el Magreb o Somalia y organizaciones insurgentes de muchos países, organizaciones todas ellas que constituyen una fuente de inestabilidad nacional y regional y que despliegan cada año un nivel de violencia considerable. Por otro lado, haciendo de la necesidad virtud, hace años que Al Qaida central viene empleando la mayor parte de sus recursos para procurar que su visión del mundo siga viva entre los sectores más radicales del mundo islámico. Hablamos de una minoría exigua y decreciente si comparamos su tamaño con el de la inmensa mayoría de los musulmanes del mundo que hoy se oponen al yihadismo violento. Pero nos referimos igualmente a un número absoluto de sujetos radicalizados o en vías de radicalización con varios ceros a la derecha, especialmente si a los seguidores de la propia Al Qaida sumamos los que apoyan a sus organizaciones regionales afiliadas y afines. Y por si los miembros de esas organizaciones no representaran suficiente peligro hay que advertir además que todos los grupos e individuos independientes que en los últimos años han intentado perpetrar atentados de inspiración yihadista, sin contar con el apoyo de ninguna gran organización, respondían consciente y deliberadamente al llamado de Al Qaida y profesaban veneración a la figura de Bin Laden.

En definitiva, a pesar de los enormes avances promovidos por el presidente Obama en la lucha contra Al Qaida, el desafío de Osama pervive aún en cierta forma, un año después de su caída. Cualquier triunfalismo a ese respecto está de más.

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