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Obama en Kabul

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 03 de mayo de 2012, 21:07h
Coincidiendo, no por casualidad, con el primer aniversario de la muerte de Osama bin Laden a manos de tropas especiales norteamericanas, el Presidente Obama ha realizado una visita tan breve como espectacular a Kabul, la capital de Afganistán. Allí, en la oscuridad de la noche, ha firmado con el Presidente afgano Karzai un memorándum de entendimiento estratégico que define las relaciones entre los dos países mas allá del final de 2014, fecha prevista para la retirada completa de las tropas norteamericanas y aliadas del sufrido e indómito país. La noticia de la presencia del presidente americano en la capital afgana, llevada en completo sigilo hasta que el Air Force One había aterrizado en la base de Bagram y realizada, por motivos de seguridad, en horas nocturnas, ha servido para cimentar la idea que muchos americanos albergaban en sus cabeza: la de que una retirada completa americana, después de tantos sacrificios humanos y materiales, podría desembocar en otro peligroso escenario de inseguridad, parecido al que permitió que Osama bin Laden utilizar la tierra de los talibanes para organizar, entre otros, los atentados del 11 de Septiembre de 2011.

El texto firmado por los dos presidentes, y las palabras de Obama dirigidas al pueblo americano, prometen la continuación de la ayuda americana en dos terrenos vitales para la estabilidad del país: las acciones antiterroristas y el entrenamiento de las fuerzas militares y de seguridad afganas. Obama ha utilizado la ocasión –estamos en año electoral, no lo olvidemos- para reivindicar el cumplimiento de sus dos de sus grandes ofertas programáticas: la retirada de las tropas americanas de Irak y de Afganistán. Realizaciones estas que, para una población ahíta de hazañas bélicas, será indudablemente bien recibida. Aunque muchos hubieran preferido que el modelo afgano, en donde los americanos se van pero no dejan por ello de quedarse, hubiera sido el aplicado también en Irak. La razón es evidente: no existe ninguna razón para pensar en las capacidades de ninguno de los dos países para desarrollar y mejorar su estabilidad sin ninguna presencia foránea, mayormente americana. Es posible que esta cláusula de escape no será del agrado del ala izquierda de Partido Demócrata pero Obama en Kabul ha estado “presidencial” y generoso, lanzando hacia sus compatriotas un cuidadoso mensaje de unidad y haciendo recaer los éxitos de los ya largos diez años de la guerra afgana en las tropas que la han peleado.

No fue exactamente así el comportamiento de la Casa Blanca y de su inquilino en las horas que precedieron al viaje afgano, en lo fundamental dedicadas a reivindicar en tonos muy personales la operación que acabó con la vida del fundador y dirigente de Al Qaida. Una nutrida batería de improperios dirigidos al inquilino de la Casa Blanca y procedente de medios políticos y de comunicación no necesariamente republicanos afearon el comportamiento partidista y divisivo con que el ejecutivo americano había querido celebrar la efemérides, llegando incluso a poner en duda que Mitt Romney, el candidato republicano a la presidencia, se hubiera atrevido a tomar la decisión en el caso de haber sido él el ocupante de la mansión presidencial. Seguramente el énfasis en la realización colectiva que Obama puso en sus palabras en Kabul querían corregir el olvido con que pocas horas antes había obsequiado a los que hicieron posible la materialidad de la operación. Aspecto este que sí ha tocado muchas fibras sensibles del pueblo americano. Nadie se extraña de que en año electoral todo sirva para robustecer las expectativas electorales del candidato, tanto más si se trata del presidente en ejercicio, cuyas acciones siempre contarán con el beneficio de la estrecha duda que distingue la acción presidencial de la puramente partidista. E incluso muchos recuerdan la no menos espectacular presencia de George W. Bush a bordo de un portaviones para anunciar, un año después de la invasión de Irak, con la ayuda gráfica de una banderola que luego resultó tristemente incierta, que la misión estaba cumplida.”Mission accomplished”. Al menos tuvo el detalle de dedicar lo que creía una victoria ya adquirida a las tropas que en ella habían peleado, sufrido y muerto. A lo mejor los que lamentaron entonces que la banderola no reflejara la realidad son los mismos, multitud, que desean ahora que Obama no equivoque de nuevo el pronóstico y que los sacrificios ingentes que dos guerras de diez años han impuesto al pueblo americano no se traduzcan en recriminación y fracaso.

La buscada coincidencia del acuerdo con Kabul en las vísperas de la desaparición del terrorista saudí le ha deparado a Obama una presencia omnímoda en lo que los americanos gráficamente llaman el ciclo noticioso de las veinticuatro horas. Casi de una semana, porque el tema ha monopolizado la atención pública durante varios días. Con la inevitable consecuencia, que para eso, entre otras cosas, sirve ocupar la Casa Blanca, de la desaparición de Mitt Romney, desesperadamente intentando sacar su cabeza con Rudy Giuliani en Nueva York repartiendo pizzas entre los bomberos que participaron en el 11M. Claro que los ciclos son tan cortos como las memorias y nadie sabe con certeza si de aquí a unos pocos meses, cuando llegue Noviembre y se celebren las elecciones, los americanos depositarán su voto pensando en Kabul y en bin Laden o en cosas más prosaicas e inmediatas, como el empleo y la cesta de la compra. Obama lo sabe y por ello, en juego que nadie podrá reprocharle, intenta potenciar lo que cree aspectos brillantes de su ejecutoria mientras procura mejorar otros necesitados de resultados igualmente positivos.

En ambos, dicho sea en su mérito y con independencia de las opiniones que merezcan sus realizaciones, aplica un liderazgo lleno de presencia y energía. Es este un hombre que va a por todas, que no esconde sus opiniones, que no desaprovecha ocasión para marcar un punto o para ofrecer una corrección. Dicen de él los republicanos, y razón no les falta, que es el presidente más divisivo que ha tenido la nación americana desde los tiempos de Richard Nixon. Pero a diferencia del sombrío personaje del Watergate este retiene una dosis importante de empatía: le gusta la presidencia, parece divertirse en el cumplimiento de sus obligaciones, le va el tacto de codos y el estrechar de manos. Cosas que no bastan para ganar unas elecciones pero que tampoco sirven para entorpecerlas. Se le pueden reprochar muchas cosas a Obama, y seguramente son ellas las que hacen que no pueda dar por confirmada su reelección, pero entre ellas no está la de ocultarse.

Y el texto de Kabul no acaba en la bilateralidad afgano-americana. Dentro de pocos días, el 20 de Mayo, tendrá lugar en Chicago la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN, que deberá analizar y decidir precisamente el futuro del papel de la Alianza y sus miembros –España entre ellos- en el nuevo escenario parcialmente post bélico de Afganistán. Tampoco aquí la coincidencia, tanto sustancial como geográfica, es casual: Obama intentará y seguramente conseguirá de la Alianza el seguimiento, aprobación y cooperación para sus planes. Que ciertamente suponen retirada de tropas. Pero también continuación en el esfuerzo solidario para contribuir a la pacificación de una zona vital para la estabilidad mundial. Al presidente americano y a la OTAN en conjunto les importa la obtención de resultados tangibles y coordinados. Por eso era necesario que el acuerdo Obama-Karzai estuviera finalizado antes de la cita en las orillas del Lago Michigan. En Chicago. La ciudad de Obama. Quien entre otras virtudes tiene la de aprovechar la oportunidad de dar muchas puntadas con hilo. Esta es una de ellas.
Javier Rupérez
Embajador de España

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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