¡Cuidado!
martes 08 de mayo de 2012, 21:12h
Nada más lejos de mi intención que creer que el “escritor público”, como se llamaba a principios del siglo XIX a los que luego serán denominados intelectuales, pueda actuar de profeta como alguien dotado por la divinidad o por la naturaleza de un don pre-vidente. Quizá el descrédito de la figura del intelectual viene de que son muchos, a izquierda y derecha, los que en el último siglo han creído desempeñar ese papel con la pose lunática del inspirado por no se sabe qué oráculos: semblante grandilocuente de ensimismamiento, mirada perdida hacia el horizonte, expresión rígida, gesto forzadamente serio y preocupado, palabras pomposas y aparentemente profundas, manos tremolantes que luchan contra un enemigo invisible... Siempre hay un poderoso enemigo invisible: los mercados, el capital, la oligarquía, la internacional comunista, la masonería... Un enemigo invisible y unos intereses concretos.
Se pregunta hoy mucha gente que dónde están los intelectuales, sin ser conscientes de que hay más intelectuales que nunca en la esfera pública –por utilizar la expresión de Habermas–, los cuales opinan a todas horas sobre los más variados temas. Si abrimos las páginas de un periódico, si entramos en internet, si escuchamos una tertulia radiofónica, si visitamos una librería, nos topamos de frente con numerosos intelectuales que publican libros, escriben artículos, mantienen blogs, hablan sin parar por las ondas. Los intelectuales están más presentes que nunca en el espacio público, contribuyen más que nunca a formar la opinión pública, que es su principal misión, pero quizá sea verdad que su influencia en el devenir de los acontecimientos públicos, en la gestión política, de la res publica, sea menor que en tiempos pasados porque el poder público es hoy mucho más difuso que en las sociedades pre-democráticas o insuficientemente democratizadas en que surgió la figura del intelectual contemporáneo, y, por lo tanto, está menos claro dónde hay que ejercer influencia o qué forma de ejercerla es más eficaz en una sociedad competitiva.
La pululación de voces en el debate público sobre cualquier cuestión tanto en los medios de comunicación como en los círculos más próximos a la toma de decisiones políticas es estruendosa, y en esa atmósfera la voz del intelectual es una más, casi nunca tenida por la más importante y, por lo tanto, tampoco escuchada con especial atención. Influyen más los banqueros, los empresarios, los sindicatos, los informes de ciertos organismos y agencias internacionales, los famosillos televisivos que predican a la hora de la siesta, los jugadores de fútbol, las ONGs, las distintas iglesias, los concejales de pueblo capaces de recalificar suelos rústicos y hacerlos urbanizables en un abrir y cerrar de ojos para fabricar grandes fortunas, y hasta las asociaciones de cazadores, de rentistas, de jubilados, de ecologistas, de jugadores de póquer...
No hay en estas palabras nada de nostalgia por la labor que los intelectuales pudieron desempeñar en algún tiempo pasado, la cual no fue siempre positiva y, por el contrario, muchas veces fue nefasta. Los intelectuales se quejan desde su mismo origen de que no son escuchados, de que no se les hace caso, y tienen mucho que decir. Mas la verdad es que los intelectuales no han sabido amoldarse a las complejas sociedades contemporáneas, pues en el fondo se sentían más cómodos cuando tenían acceso directo al poder, cuando podían susurrar en la oreja del gobernante lo que había que hacer. Algunos lo siguen intentando sin grandes resultados. Otros, con mayor éxito. Los intelectuales no han sabido llegar a las masas –al común de los ciudadanos, si quieren un término más aséptico– en una sociedad en la que la propia democracia obliga a competir con todas esas otras voces. Ha faltado claridad en la expresión y, sobre todo, voluntad de acercar el discurso a los sectores sociales menos formados. Los intelectuales han querido seguir jugando sólo en los clubs elitistas y no en las fiestas populares, aunque a algunos, a derecha e izquierda, se les haya llenado la boca de malsana retórica populista, que, como en el despotismo ilustrado, quiere gobernar para el pueblo pero sin el pueblo; eso sí, contando con la adhesión incondicional del pueblo.
Algunos intelectuales para ser escuchados renunciaron –han renunciado, habría que decir– a la independencia de criterio que es propia del intelectual y se convirtieron en intelectuales de partido, de parte, cegando sus ojos a las otras partes de la realidad. Este tipo de intelectual no es propiamente el “orgánico” en el sentido que Antonio Gramsci utiliza la expresión como el representante y defensor máximo de los intereses de una clase social, ni siquiera es el que encarna el poder simbólico en el sentido que le da Pierre Bourdieu, sino que es más bien una comparsa de algún poder, alguien que moldea sus ideas a lo que en cada momento entiende que es la ideología oficial del partido o grupo al que se siente afín o que le alimenta, en muchos sentidos, sin excluir el más primario de la palabra. Si siguen ustedes alguna tertulia radiofónica o las columnas de los periódicos, es realmente curioso hacer el ejercicio de prever lo que ciertos personajes públicos van a decir sobre un tema determinado antes de escucharlos o leerlos. La probabilidad de acertar es realmente alta y me impresiona la capacidad de estos “intelectuales” para hacer un discurso que sea recibido con beneplácito por el partido o grupo afín, incluso para moldear una actitud crítica hasta el límite de lo tolerable sin romper la disciplina ideológica.
Ante este panorama, que es más sabido que denunciado, muchos dicen que lo que en realidad faltan son los grandes nombres, como pudo haberlos antaño. No estoy nada convencido de que sea así. Los hombres preclaros, con lucidez e independencia de criterio, que han pensado rigurosamente sobre las cuestiones públicas sin dejarse llevar por los cantos de sirenas del poder, venga este de donde venga, siempre han sido pocos, muy pocos, esa “inmensa minoría” a la que hablaba Juan Ramón Jiménez. Se podrían citar dos docenas de nombres de intelectuales reconocidos a nivel internacional que intervienen en el debate público casi a diario y que, gracias a la globalización y a las nuevas tecnologías, llegan a un número de gente mucho mayor que el que pudieron alcanzar otros equiparables hace treinta, cincuenta o cien años.
La irresponsabilidad de muchos intelectuales en el debate público ha llevado a que haya voces críticas que pretendan limitar su isegoría, su libertad de participar de igual a igual en la conformación de la opinión pública, su libertad de expresión, en aras de callar sus distorsiones, incongruencias e insensateces. Según estas voces sólo deberían intervenir en el debate público los expertos: el literato como literato, el filósofo como filósofo, el sociólogo como sociólogo, el pedagogo como pedagogo, el economista como economista, el político como político. Además de que la opinión de los expertos es también controvertida y no siempre fundamentada en su propia experiencia, no veo claro por qué en una sociedad democrática se tiene que limitar la libertad de expresión de nadie. El problema deriva de que esas mismas voces le siguen otorgando al intelectual un papel que ha perdido hace mucho tiempo, pues su voz es sólo una más. Y, por otro lado, a veces es positivo escuchar a alguien que mira un problema desde fuera del gremio específico al que afecta.
Toda esta disertación viene al caso para poner en su justo término las palabras que siguen ahora al título de este artículo por parte de alguien que es intelectual en la medida en que trabajo con mi limitado intelecto y opino libremente desde el conocimiento no muy amplio que otorgan algunas horas de estudio y reflexión. Por eso modestamente me atrevo a decir ¡cuidado!, cuidado porque los políticos están jugando con fuego y sin darse cuenta están prendiendo la mecha de un conflicto social cuyas consecuencias están por ver. En Francia, casi un 20% de los ciudadanos han votado en la primera vuelta de las presidenciales a una candidata de un partido fascista. En Grecia, más de veinte diputados elegidos este domingo representan la misma ideología. En otros muchos países cala también el discurso profascista, nacionalista y xenófobo, en paralelo al crecimiento de un discurso radical de izquierdas. Mientras, los poderes públicos recortan derechos sociales y pilares básicos del Estado del bienestar que con tanto esfuerzo se construyó en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, al mismo tiempo que apoyan con dinero público a la banca porque, aseguran, es necesario salvar esa parte de la economía porque si cae, caería todo el sistema. Eso sí, se mantienen en esos mismos bancos intervenidos o ayudados con dinero público importantísimas prebendas y grandes sueldos y otros privilegios para sus directivos. La gente, la gente de la calle, no lo entiende, y quizá lleven razón.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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