Redes sociales
sábado 12 de mayo de 2012, 23:16h
La mayoría de los lectores probablemente no hayan oído hablar de Frigyes Karinthy ni de su teoría de los seis grados de separación. A todos, en cambio, les sonará la idea. El escritor húngaro sostuvo en un relato que bastan seis enlaces para que cualquier persona en la Tierra conecte con cualquier otra. Naturalmente, debemos entender esto cum granu salis, no al pie de la letra. Tampoco el suave aleteo de una mariposa china desencadena siempre un tifón en el Caribe. Experimentos diversos confirman, no obstante, que las cosas suceden más o menos como decía Karinthy. No se trata, pues, de una ocurrencia alocada. Incluso parece que tiene un sólido fundamento matemático. Aunque esto no impida a algo ser un despropósito (hay quien atribuye la crisis económica mundial a la intervención de matemáticos que han trastocado el funcionamiento normal del mercado al transformar las operaciones financieras en operaciones matemáticas), lo cierto es que la teoría funciona. Las redes sociales, objeto del artículo de hoy, descansan en ella.
Que el mundo es un pañuelo y que a poco que se tire de un hilo se trae uno la madeja entera es cosa que se sabe desde que Adán fue desahuciado del paraíso. Ya en la época en la que no había ordenadores y los mensajes los traía en mano el cartero, existían corresponsales que enviaban misivas exhortando a hacer circular cualquier cosa, una profecía o una plegaria, con la amenaza de que si no lo hacíamos algo malo podía sucedernos. De niño sospechaba yo que todo aquello era un cuento de las autoridades postales para incrementar el negocio, pero había gente que se amedrentaba y terminaba haciendo lo que se le pedía. La rueda continuaba girando hasta detenerse quién sabe dónde. Las redes sociales operan de modo parecido, sólo que a una velocidad vertiginosa y sin intimidaciones de ningún género. Desde que una persona lanza su mensaje hasta que llega a la otra punta del planeta pueden pasar unos minutos.
Aunque parece algo antiguo, el primer sitio web que promocionó la idea de comunidad virtual tiene diez años. Su principio fundamental es que algo resulta interesante si hay mucha gente que se interesa por ello. Esto explica, por ejemplo, que Proust o Tolstoi apenas posean ningún interés y sí, en cambio, los balbuceos de Messi y Ronaldo; o que los dueños de una de esas redes se vanaglorien de ampliar el horizonte de sus usuarios porque han decidido ofrecer “una comunidad de juegos, mascotas y descargas de tonos para móviles”. Las redes sociales, sustentando una visión radicalmente democrática de la comunicación –el mismo principio que fundamenta el concepto de publicidad- no infravaloran el punto de vista de nadie en razón de su saber o su inteligencia. Todos somos importantes a la hora de decidir qué vale la pena y qué no, pues hasta el más estúpido puede ofrecer una perspectiva insólita de las cosas.
Como cualquier herramienta, las redes pueden ser algo muy positivo o lo contrario. En esto recuerdan a la televisión. El mismo medio resulta en unos casos un óptimo instrumento de información y en otros una fuente inagotable de frivolidad. Todo depende del uso, dicen. Lamentablemente, parece que las redes sociales, como la televisión, se alimentan sobre todo del tedio, la propensión al chismorreo y el desvanecimiento de las fronteras entre lo público y lo privado, tres cosas que juntas explican por qué los adolescentes son sus principales clientes. Los defensores se esfuerzan en demostrar sus bondades alegando que gracias a ellas han caído regímenes políticos abominables (Egipto, Túnez o Libia), pero la verdad es que esto no se lo cree nadie y que, hoy por hoy, para lo único que han sido claramente útiles es para organizar concentraciones juveniles, generalmente con propósitos dionisíacos.
¿Para qué se inscribe uno en una red social? Al principio la gente hablaba maravillas de lo estupendo que era reencontrarse con personas con las que hacía años que no manteníamos relación: viejos compañeros de escuela o de trabajo, antiguas novias, camaradas de la mili. Con esa falta de conciencia que caracteriza a los animales conscientes, olvidaban que si uno perdió el contacto con tales personas era porque habían dejado de interesarle. No pocos se lamentan ahora de ello. En cualquier caso, su éxito revela que el aislamiento es uno de los problemas de la vida moderna. También es cierto que muchos se sienten más cómodos haciendo vida social a distancia. Se dice incluso que las redes facilitan una comunicación más espontánea. A mí no me parece, sin embargo, que la falta de formalidad que las caracteriza sea indicio de confianza, sino todo lo contrario, de menosprecio por la opinión ajena (algo que se opone por definición a la noción de sociedad).
Aunque habría que preguntarse qué parte de la persona está en las redes sociales –yo no descartaría que se trate sólo de un simulacro y que las redes desempeñen un papel similar al de las máscaras de carnaval-, de lo que no hay duda es de que en muchos casos funcionan como confesionarios. Las redes proporcionan la posibilidad de exteriorizar cualquier inquietud, de compartirla, suscitando la vaga impresión de que estamos sintonizados con los demás y que en cualquier momento podríamos actuar con ellos al unísono. Es una idea peregrina, pero hace mucho que sabemos que son las ideas peregrinas las que mueven el mundo.