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RESEÑA

Thomas de Quincey: Bosquejos de infancia y adolescencia 1785-1800

domingo 13 de mayo de 2012, 14:04h
Thomas de Quincey: Bosquejos de infancia y adolescencia 1785-1800. Edición, traducción y prólogo de Andrés Barba. Sexto Piso. Madrid, 2012. 335 páginas. 23 €
Si Thomas de Quincey (1785-1859) no hubiese llegado a escribir ni una sola línea a lo largo de su vida, quizás todavía tendría derecho a una mención en las historias de la literatura. De Quincey pertenece a esa estirpe de figuras cuya fama no se origina únicamente en sus obras, sino en su propia existencia. Por la influencia que su vida, su obra y su pose existencial tuvo en escritores como Poe o Baudelaire, De Quincey es un autor imprescindible, que hizo con su obra sobre el asesinato una burla y con su vida un arte de la morosidad. Como la propia contraportada del libro se encarga de aclarar, con la publicación de este título queda cubierta la laguna más importante que existía en castellano sobre el autor. Sexto Piso cubre esa laguna con una excelente edición y una traducción particularmente brillante de Andrés Barba, que reproduce con acierto y transparencia el estilo sutil del inglés.

Y es que Thomas de Quincey, aunque quizás habría pasado a la historia de la literatura sin haber escrito ni una sola línea, escribió y escribió bien. Estaba dotado con esa rarísima cualidad estilística que permite hacer interesante cualquier texto, sólo por la forma de su escritura. Cuando intenta elevar el tono y hablar sobre sus sentimientos profundos, De Quincey consigue aquello que está reservado únicamente a los escritores mayores: que cada palabra parezca necesaria, que en ningún momento dé la impresión de estar regodeándose en su propio dolor -cuando lo que cuenta es una tragedia– o embelesado sobre sí mismo -cuando lo que relata es, por ejemplo, la impresión que le causa un paisaje natural-. De Quincey maneja un ritmo perfecto, sin recurrir a recortar las frases o ametrallar con verbos la lectura. Por medio de paralelismos, digresiones y un sentido de la ironía que regula con una maestría ejemplar, De Quincey consigue un texto de una nada común perfección.

Aunque Las confesiones de un inglés comedor de opio y El asesinato considerado como una de las bellas artes son obras reconocidas y aceptadas como parte de la literatura mayor, De Quincey siempre ha estado desplazado del (digámoslo así) centro del canon literario. Tal vez porque no llegó a escribir novelas, ni tampoco fue un poeta en sentido estricto. A De Quincey le faltó uno de esos retratos humanos inolvidables, un personaje imprescindible o quizás, incluso, ser capaz de desprenderse, siquiera circunstancialmente, de su coraza de ironía para entregar su prosa a una propuesta o una expresión más descarnada. No veo como una ironía, sino más bien como algo perfectamente consecuente, el hecho de que a un escritor que alcanzó su crédito sobre todo gracias a semblanzas y a sus propias memorias le haya faltado un personaje de verosimilitud radiante. Sin embargo, conviene precisar que esta salvedad es únicamente válida si comparamos a De Quincey con lo más elevado de entre las más altas figuras de la literatura universal. Es una salvedad que sólo invocamos para intentar explicar ese escalón inferior que ocupa De Quincey respecto a un Tólstoi, un Faulkner o un Yeats.

De hecho, quizás, Bosquejos de infancia y adolescencia sea el texto en el que más cerca está de conseguir ese retrato o esa descarnada franqueza que, sea sincero o no, creemos leer en los libros más grandes. Hay capítulos, especialmente los dedicados a sus hermanos, en los que el su virtuosismo es simplemente deslumbrante. La forma como nos describe las batallas con su hermano y sus enfrentamientos con los chavales del barrio. La propia descripción de ese mismo hermano o la de aquel otro, Pink, que escapó de la dura disciplina de un maestro demasiado exigente. Todo esto son capítulos de una calidad literaria tan excepcionalmente alta que, aun si admitimos que De Quincey quedó finalmente con un pie fuera de la zona más noble de la literatura -teoría a cuya defensa no pienso dedicar ni un segundo más, dentro o fuera de esta reseña, y acerca de la cual estoy muy dispuesto a ser contradicho–, nos bastan para felicitarnos de la aparición de estos Bosquejos…, que acercan un poco más a uno de los autores más interesantes de la literatura universal.


Por Miguel Carreira
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