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RESEÑA

Juan Valera: Asclepigenia

domingo 13 de mayo de 2012, 14:39h
Juan Valera: Asclepigenia. Introducción de Andrés Amorós. Epílogo de Manuel Azaña. Ediciones 98. Madrid, 2012. 92 páginas. 16 €
Asclepigenia es una breve pieza maestra, que, en realidad, son dos, pues en esta edición va seguida de una no menos magistral reflexión ensayística de Manuel Azaña sobre el texto de Juan Valera, leída con motivo de su estreno escénico. Todo ello rescatado y prologado con la amena e inteligente erudición del catedrático de Literatura Española Andrés Amorós, quien ya realizó un análisis aún más amplio de este escrito en La obra literaria de don Juan Valera: la “música de la vida”.

La obra de Valera supuso una hábil crítica al neocatolicismo doctrinario que se imponía de forma asfixiante en el Madrid inmediatamente posterior a la Restauración borbónica del siglo XIX, cuyo dogmatismo escolástico tanto hubo de doler al aristócrata liberal que siempre fue el autor de Pepita Jiménez. Asclepigenia era asimismo una reivindicación del clasicismo pagano que profesaba don Juan Valera, dentro de un clima social inequívocamente hostil a él. Si desplazó la localización de la obra a un lugar tan lejano como Bizancio y a una época tan remota como el siglo V d. C., sin duda fue debido a su característica elegancia intelectual, que repugnaba herir en carne viva a personas que formaban parte de su círculo de amistades, pero con cuyas ideas o sectarismo no comulgaba. Prefería amortiguar la crudeza de la sátira estilizándola en una irónica lejanía desde la cual sus risueñas pullas se clavaban sin dramatismo en el más directo presente.

En esta historia de la relación de Asclepigenia con tres pretendientes, se nos habla del sabio puritano Proclo, del ideal femenino de Asclepigenia, de la belleza masculina de Eumorfo y del acaudalado Crematurgo. La atenta lectura del abundante epistolario de Valera realizada tanto por Manuel Azaña como por Andrés Amorós, les permite localizar en el entorno más inmediato del autor a los verdaderos protagonistas que se traslucen tras esos alegóricos personajes. Crematurgo resulta ser un negrero que ha amasado su corrupta fortuna con un violento tráfico de esclavos y la usura más despiadada. Eumorfo no es más que un pisaverde del Madrid de la Restauración y a través de Proclo se transparente un neocatólico muy parecido –si no es el mismo- a su joven discípulo don Marcelino Menéndez y Pelayo, al que retrata y aconseja con ironía volteriana, incluso en la conveniencia de combinar el aseo personal y sus aspiraciones de conquista amorosa.

Mediante esta crítica se manifiesta la convicción más íntima de don Juan Valera: la de no prescindir de los placeres del amor carnal y denunciar el ascetismo que exigía un amor sólo platónico, lo que se tradujo en la España de entonces en mojigatería, fariseísmo y actitudes timoratas cuando no abiertamente hipócritas. La armonía entre el erotismo físico y el enamoramiento sentimental componía la esencia del amor a la vida, al que deben supeditarse todas las demás actividades y aspiraciones de la existencia. Como se ve, el clasicismo de Varela iba mucho más allá de un simple manierismo artístico, constituyendo, por el contrario, un auténtico programa vital. El personaje de Asclepigenia le facilita, por último, extraer conclusiones sobre su propia experiencia amatoria repletas de saludable autoironía. Como resume inteligentemente Manuel Azaña: “Valera estiliza una copiosa experiencia personal, la reduce a una sencilla expresión emblemática y sonríe.” Por todo ello la obra posee la rara virtud de concentrar en su brevedad todo el universo ideológico y estilístico del diplomático cordobés.

La conjugación de lo excelso con lo elegantemente grotesco, la amenidad de una sabiduría clásica expresada a ritmo de vodevil, la sátira volteriana ejercida sin saña avalan el certero juicio de Amorós al considerarla: “Obra singularísima, en la que resplandecen las mejores virtudes del autor.” Lo que coincide con la valoración entusiástica de Azaña: “Es, sin disputa, una joya. En ninguna otra la adecuación entre el pensamiento, el asunto en que se cifra y la expresión es más perfecta. En ninguna fue más leal a su designio. En ninguna tuvo más gracia.” Una feliz recuperación.


Por Rafael Fuentes
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