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Desafío terrorista en Bogotá

jueves 17 de mayo de 2012, 01:40h
Los virulentos atentados terroristas en Bogotá –uno de los dos, afortunadamente, desactivado a tiempo- estaban perfectamente planificados en sus objetivos, lugar y momento para causar el mayor daño político a la democracia colombiana.

En primer lugar, el coche-bomba aparcado junto a las céntricas instalaciones de la Policía metropolitana habría causado una auténtica masacre en la capital de Colombia de no intervenir a tiempo los artificieros de las fuerzas de seguridad, evocando la durísima oleada de atentados mediante potentes cargas explosivas con las que el narcoterrorismo martirizó a la ciudad en la década de los noventa y estuvo cerca de doblegar al poder político. La sombra de aquellas matanzas aún angustia a la población, por más que ahora no las desencadene el tristemente célebre Pablo Escobar, sino la guerrilla de las FARC, según se desprende de las primeras detenciones policiales: el chantaje mediante el horror es idéntico en ambos casos.

El segundo atentado se completa con el anterior buscando una diana política más específica. Se perpetró en la zona norte de la ciudad, donde se concentra la actividad comercial, financiera, turística y política de la capital, en un área estrechamente vigilada, lo que presupone un abierto desafío a las garantías de seguridad de ese espacio neurálgico. El día elegido no estuvo menos calculado. Se trata de la primera jornada en la que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos –tras largos años de complejas negociaciones-, saliendo y entrando en los grandes puertos del país- como Cartagena en el Caribe, o Buenaventura en el Pacífico-, los primeros cargueros con toneladas de nuevas mercancías bajo el amparo del TLC, acontecimiento retransmitido en directo por las cámaras de televisión. La jornada coincidía, además, con el encendido debate en el Congreso del Marco Legal para la Paz, donde se intenta reformar la Constitución para facilitar la desmovilización y reinserción de los guerrilleros.

El político que se eligió asesinar en este atentado, Fernando Londoño, se opone a cuestiones cruciales de esa reforma constitucional, desde la experiencia de haber sido ministro del Interior y Justicia en los Gobiernos de Álvaro Uribe entre 2002 y 2004. Felizmente salvó la vida, aún con metralla que alcanzó su rostro, atravesó sus pulmones y se alojó cerca del corazón, al contrario de su escolta y el conductor de su vehículo que, lamentablemente, murieron en el acto. La onda expansiva causó más de un centenar de heridos y espectaculares daños materiales. El área más protegida de Bogotá ha sido tocada.

Las fuerzas del orden tienen otro motivo de preocupación, pues los terroristas han renovado con audacia su modo de operar. Los portavoces policiales se vieron sorprendidos por la forma imprevista con que actuaron los asesinos. Todos los indicios señalan a que dos individuos se aproximaron en una moto de gran cilindrada y adosaron con imanes un potente explosivo al blindaje del coche, huyendo a gran velocidad momentos antes de hacerlo estallar. Por primera vez en Colombia se ha utilizado una bomba lapa. Los mismos portavoces indicaron que la técnica de la bomba adosada con imanes ha sido empleada en Irak, pero también en España, por ETA, lo que debe reactivar la investigación de las conexiones de las FARC con la banda etarra, ya apuntada más de una vez en la numerosa documentación incautada a los guerrilleros colombianos.

El Ejecutivo de Juan Manuel Santos hará bien en tomar buena nota de la intencionalidad política de esta jornada de terror. Instaurar el pánico en la población, capitalizar el miedo de ciertos sectores al Tratado de Libre Comercio, mediatizar el debate parlamentario sobre el Marco Legal para la Paz y poner en duda la política de “seguridad democrática” en la que colaboraron Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, abriendo aún más la brecha que cada día se ensancha entre las dos personalidades del ex presidente y el presidente en ejercicio. No se entiende que pequeños personalismos tengan ahora enfrentados a ambos políticos. El atentado contra Fernando Londoño muestra a las claras que esa rivalidad en la elite es una fisura que beneficia a los narcoguerrilleros. Y no dejaran de explotarla en tanto exista, haciendo peligrar con sus métodos brutales las grandes oportunidades de progreso económico y mejora social que Colombia debe aprovechar en estos instantes.

Cerrar la brecha en la elite política, consensuar con prudencia las reformas constitucionales, defender el Tratado de Libre Comercio y recomponer la estrategia de seguridad democrática con arreglo a los nuevos desafíos de los enemigos de la democracia, son condiciones inexcusables para que Colombia no desaproveche la ocasión que hoy se le ofrece. Ese gran crecimiento que la economía colombiana está hoy en condiciones de llevar a cabo podría zozobrar, pues el incremento de la amenaza, duda, violencia e incertidumbre harían que se malograse, porque sin seguridad es imposible la prosperidad y el crecimiento económico.
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