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Crónicas venecianas. Un ladrón de sangre azul

José María Herrera
sábado 19 de mayo de 2012, 18:54h
La semana pasada fue arrestado Cristiano Barozzi. Para ser más precisos, se entregó en el aeropuerto Marco Polo a la policía. Había huido de Venecia tras conocerse su implicación en una serie de robos, obras de arte, mayormente cuadros. De no ser por la denuncia de cierto mayordomo cingalés que reveló los detalles, nunca se hubiera conocido el asunto. Su modus operandi no podía ser más taimado. Aprovechando sus relaciones –Barozzi pertenece a una de las familias aristocráticas más antiguas de Venecia-, localizaba las obras que le interesaban, las fotografiaba y, sirviéndose de la ayuda de dos expertos, uno en estampación digital y otro en arte, las falsificaba para luego sustituir el original sin que nadie advirtiera el cambio. Como las obras procedían de viejos palacios y sus propietarios, acostumbrados a verlas siempre allí, no sospechaban nada, el canje pasaba desapercibido. Desgraciadamente para él, necesitaba un cómplice interno que sustituyera las piezas auténticas por las copias, y esto es lo que ha dado al traste con el negocio.

Alguien ha escrito que Cristiano Barozzi posee los dos requisitos indispensables para sobresalir en la política italiana: haber cumplido setenta años y ser un ladrón. La política, sin embargo, no forma parte de sus intereses. Como ha declarado ante el juez Alberto Scaramuzza (¡vaya coincidencia!), su problema es que estaba sin blanca y que necesitaba dinero. La prensa local habla de deudas de juego y de señoras muy sofisticadas. Nuestro protagonista no es sólo un ladrón de guante blanco y sangre azul, sino un galán que se resiste a convertirse en un viejo excombatiente. La limpieza con la que ha procedido en todo momento ha despertado cierta simpatía, aunque no suficiente para compensar la antipatía que en ciertos sectores suscita la aristocracia.

Aquí, en España, se ha explicado el caso diciendo que robaba a sus amigos nobles, pero no es eso lo que ha confesado él. De acuerdo con su testimonio, los principales afectados son dos plebeyos adinerados, un médico y un abogado. Naturalmente, no tenemos por qué darle crédito. Es posible que con esa declaración pretenda no caer en desgracia en su círculo social o que quiera soslayar cualquier responsabilidad respecto de una serie de robos aún no aclarados en palacios venecianos y villas del Brenta. Dada su predilección por dos pintores lagunares del XVIII cuya cotización ha aumentado mucho últimamente, Carlevarijs y Guardi, lo más probable es que se limitara a buscar obras suyas donde fuera.

La prensa española, arrastrada por la italiana, se equivoca, sin embargo, al atribuirle los títulos de conde y de príncipe de Santorini, Thira y Naso. Verdad que un ladrón con tales mimbres da mucho de sí como noticia, pero si no estoy mal informado ambos títulos los posee Benedetto Barozzi, que debe ser su hermano, igual que el célebre galerista Paolo Barozzi. La cosa es irrelevante porque ni el título de conde, otorgado por el emperador de Austria a todos los patricios venecianos tras la anexión de la República, ni el de príncipe de Santorini, pueden equipararse en categoría al propio patriciado veneciano, una condición que ostentaban todos los vástagos de cualquier familia inscrita en el Libro de Oro. Los patricios venecianos miraron durante siglos por encima del hombro a cualquier noble europeo que no perteneciera a una familia real. La causa de esto hay que buscarla en la antigüedad de sus linajes, algunos con origen en la antigua aristocracia senatorial romana; a la época en que alcanzaron su apogeo, mucho antes de que se constituyeran las modernas naciones, a su impresionante riqueza y al hecho de que todos sus miembros fueran candidatos potenciales a ocupar el trono de Venecia, un cargo vitalicio, pero electo.

Cristiano Barozzi es el fruto podrido de un árbol genealógico frondosísimo que hunde sus raíces en la época de las invasiones germánicas, cuando un grupo de romanos llegaron a las estériles islas de la laguna de Venecia huyendo de los bárbaros. El primer Barozzi citado documentalmente aparece en Alejandría en el año 828 robando a los musulmanes los restos del evangelista San Marcos, patrón de Venecia. En 1204 hallamos otro entre los capitanes que conquistaron Constantinopla bajo la dirección del dux Enrico Dandolo, cuyo sucesor concedió a la familia en feudo el archipiélago de Santorini. Medio siglo después, al mando de cincuenta galeras, su nieto tomó Acre, ciudad clave para los cruzados cristianos. Implicados, sin embargo, en el frustrado golpe de Baimonte Tiepolo, cayeron en desgracia y pasaron a segundo plano. Los Barozzi optaron entonces por la vía eclesiástica (Giovanni, por ejemplo, fue patriarca de Venecia a finales del XV), científica o artística. En Oxford existe aún la biblioteca barozziana, cedida por Lorenzo Barozzi a finales del siglo siguiente. De esa época es Elena Barozza, beldad que enamoró a Tiziano y a Aretino y que tuvo una hija ilegítima con Lorenzino de Medici. La lista no concluye aquí, claro, pero debemos abreviar para llegar a nuestros días y al negocio de las antigüedades, pasión del padre de nuestro protagonista, Dino Barozzi, y también suya. Dino es recordado por lo que le sucedió con Goering, a quien se negó a vender nada alegando que un patricio veneciano no trataba con bárbaros. Ignoro cuál fue la reacción del Reichsmarschall. ¿Se comportaría igual Cristiano, el falsificador, en un caso parecido? Quiero pensar que sí. Una cosa es perder la cabeza por culpa del juego y de las damas, otra por miedo o por carencia de principios.
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