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Mi dentista

domingo 20 de mayo de 2012, 17:03h
Era el dentista de mi madre y de mi hermana, es mi dentista, era un chico alegre y campechano de origen andaluz que a ratos libres montaba a caballo y cazaba, en un momento determinado su mujer convencional y amable comenzó a ocupar el lugar de las recepcionistas, apuntaba las citas, cobraba, después uno de sus hijos posiblemente el mayor ocupó uno de los despachos, también era dentista, pero lo que sí resultó sorprendente y por qué no decirlo maravilloso es que comenzaron a llegar enfermeras preciosas, maravillosas, a cual más guapa, parecían modelos, chicas esculturales pero además monísimas, inefables, yo me volvía loco viendo aquello, recuerdo los ojos negros, almendrados o castaños o azules o verdes, con los que me miraban por encima de las mascarillas mientras me hacían la “limpieza de boca”, yo pedía a Dios que aquellas “limpiezas de boca” no terminaran nunca, a veces se me aceleraba el corazón, otras casi se me paraba, pensaba que ya me había muerto y estaba en el paraíso, ¡ con qué ganas las hubiese arrancado las mascarillas y me las hubiese comido a besos!... Pero lo más grave es que a mi amigo el dentista debía de ocurrirle lo mismo.

Ahora mientras me perforaba con saña, quizá con desesperación, una muela, me ha contado el final.

--“Me he separado de mi mujer – me ha dicho -. El piso estaba a nombre de los dos pero se lo he dado entero a ella, ¡así!... Ha pasado por el Colegio de Dentistas y con su sola firma, !con su sola firma!, me ha soplado todo el dinero que había estado ahorrando durante toda mi vida, porque tengo la pensión de autónomos, ¿sabes?: seiscientos euros al mes . ¡Y no puedo dejar de trabajar!, ¡ah, y han salido dentistas como hongos … y no hay dinero, nadie tiene dinero, mi consulta es la ruina!....

Recordé a su hijo, a su mujer en recepción, la sala de espera atestada de pacientes.

El dentista me miraba con desesperación, el torno en la mano, no abrí el pico no fuera a clavármelo en la garganta. Observé su pelo repeinado y negro: teñido. Cuando me levanté pasó su dedo índice por la columna vertebral de su enfermera, sobre la bata blanca. La enfermera ya no era como aquellas eróticas criaturas, ahora se parecía a Francoise Hardy por su cara tan pálida y sus largos cabellos lacios. Sus dientes eran perfectos (las chicas muy jóvenes siempre tienen los dientes perfectos, las de mi edad los tienen torcidos, nosotros somos bajos, los de sus edad son enormemente altos y barbados).

La verdad es que el dentista me dio pena, creo que me di pena yo a mí mismo por llegar a ver este mundo destrozado y yo tambaleándome entre sus ruinas como un soldado al final de una batalla.

El dentista había terminado su trabajo, eran dos coronas para hacer sendas fundas. Miré a Francoise Hardy, estaba más pálida que nunca, el dentista y yo debíamos de parecerle dos ogros, él la guiñó un ojo y con voz ronca me dijo: “Anda, vete, tengo que trabajar”; parecía la voz del Capitán “Ad-Hoc”, pero yo no era “Tín.Tín”, era un pobre viejo en un mundo arruinado.

Después de soltar la pasta la escalera me pareció más oscura que nunca. A la salida entré en un bar y pedí un café en vaso con la leche muy fría. Mi boca sabía intensamente a “clavo”… Era malo estar jubilado, quedaba demasiado tiempo para pensar… para sentir.
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