España, imagen y realidad
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
domingo 20 de mayo de 2012, 19:22h
La semana pasada la Fundación Rafael del Pino tuvo la feliz idea de organizar un breve pero sustancioso diálogo en torno al tema “La imagen de España, ¿realidad o prejuicio?”. En él debatieron sucesivamente periodistas extranjeros acreditados en nuestro país y ejecutivos de empresas españolas con presencia en el extranjero. En un momento en el que la precaria situación económica española genera preocupación y desconcierto entre propios y ajenos, y en el que no sin un cierto atisbo de voluntarismo arbitrista, con mejor intención que acierto, se intenta una resurrección de la “marca España”, la convocatoria tenía indudable y no defraudado interés. Cumplieron los empresarios españoles con su tarea de subrayar la trascendencia y el éxito que la internacionalización de sus empresas ha significado y significa como realidad y como símbolo de la creatividad y del esfuerzos nacionales y acertaron los corresponsales extranjeros en dibujar el panorama español con el cuidado del observador atento, la delicadeza del analista pausado y la preocupación no exenta de esperanza del amigo compasivo.
Quizás fuera Gilles Tremlett, el corresponsal del diario británico “The Guardian” en Madrid, el que mejor acertó a definir el dilema a cuya discusión invitaba el tema de la convocatoria. Es Tremlett buen conocedor de España, de su presente y de su pasado, autor de varios libros sobre nuestro país, entre ellos de una excelente biografía de Catalina de Aragón, y por ello capaz de sintetizar con precisión los vericuetos por los que se mueve el alma hispana en estos tiempos de tribulación. No se anduvo el periodista británico por las ramas y centró su intervención en una directa y dura pregunta, que deberían haber escuchado aquellos que creen todo reducible a la magia de la mercadotecnia. “¿Porqué ustedes, los españoles, se preocupan tanto por la imagen?”, dijo sin ambages. “A nosotros los británicos nos preocupa muy poco la imagen que proyectemos porque nos atenemos en exclusiva a la realidad que somos capaces o incapaces de crear”. Y sin ninguna pretensión magisterial sentenció: “creo modestamente que ustedes deberían hacer lo mismo”. Razón no le faltaba.
Tienen los españoles una cierta tendencia a confundir la realidad con sus apariencias y a refugiarse en estas, sobre todo cuando aquella no es propicia. Debe quedarnos algo del primitivismo mágico que consiste en sustituir la sustancia por su representación y quedar satisfechos con el manto de ocultación que la maniobra encierra. Poseídos además por un innato y arraigado sentido de lo que el vulgo ha siempre conocido por vergüenza ajena, nos importa más el “qué dirán” de nosotros que lo que realmente seamos. Tanto se ha hablado de la hipocresía victoriana que poco nos hemos detenido a considerar la nuestra propia. Y el inevitable corolario reside en la paranoia con que tratamos a los que en observando nuestros defectos no tienen mayor empacho en proceder a su publicación. Los tales, antes considerados como nefandos seguidores de la leyenda negra, hoy son lacayos del imperialismo americano, o enemigos del euro o envidiosos terminales. Cualquier cosa menos honestos practicantes de la observación crítica, que a lo mejor practican con la más sana de las intenciones: procurar que la realidad –en este caso la española- cambie para bien .No hay posible buena imagen de una mala realidad. No cabe echar la culpa a los demás de nuestros propios males. No cabe esperar la salvación de otros que no seamos nosotros mismos. No cabe recurrir a las excusas para ocultar lo que nos ocurre. No cabe argumentar que las cosas están bien hechas pero mal explicadas. La imagen, si acaso, debe seguir a la realidad y no al revés. La mercadotecnia sin fundamento, como toda mentira, tiene las patas muy cortas. Y como bien dice el del “Guardian”, deberíamos preocuparnos menos de nuestra imagen y más, únicamente cabría decir, de mejorar la delicada y preocupante realidad que hoy es la nuestra. No basta con ello para atajar nuestros males pero si al menos para evitar el más peligroso de los caminos: el del auto engaño.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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