Disturbios en el estadio
viernes 25 de mayo de 2012, 21:05h
A Procopio de Cesarea, el más famoso historiador bizantino del siglo VI, se le recuerda hoy mayormente por dos cosas: su Historia Secreta, en la que hace un relato descarnado de las costumbres del emperador Justiniano y su esposa Teodora (una mujer que comenzó su carrera pública ejerciendo de ramera y la terminó sentada en el trono de Constantinopla) y al informe, contenido en el libro III de su Historia de las Guerras, sobre los extraños sucesos acaecidos en el año 536, fecha en la que el hemisferio norte sufrió el más asombroso cambio climático del que se tiene noticia. De las depravadas proezas de la bella Teodora, cuya especialidad era el sexo en grupo (ella sola se las arreglaba para contentar a varios clientes a la vez) se ha escrito mucho y no vale la pena detenerse ahora en los detalles. En cuanto al raro episodio climático ocurrido en el décimo año del reinado de Justiniano, mucho menos conocido, sería interesante una reflexión al hilo de los conocimientos actuales, pues los investigadores han descubierto recientemente pruebas palmarias de que, en efecto, sucedieron hechos insólitos (nevadas en verano, pérdida de cosechas, amortiguamiento de la luz solar, etc.) que podrían servirnos de advertencia. A mí, desde luego, me encantaría hablar de aquel año sin estío y de las probables causas de lo que los científicos modernos llaman “invierno volcánico”, pero estoy encadenado a la actualidad, con sus recortes, y no me queda otro remedio que ocuparme de los disturbios en el estadio.
El estadio a que me refiero es el hipódromo de Constantinopla y los disturbios de los que quiero hablarles sucedieron en el año 532, muy actual entonces. Una multitud se agolpó allí como tantas otras veces. Cien mil personas gritaban enfervorizadas desde los graderíos que se disponían a lo largo de sus cuatrocientos cincuenta metros de largo y ciento treinta y tantos de ancho esperando que comenzara la carrera de carros. Salvo los cuatro caballos de bronce que adornan la fachada de la Basílica de San Marcos de Venecia –a donde llegaron después de que los venecianos, junto a los cruzados, conquistaran la ciudad en 1204- hoy apenas quedan restos de aquel tinglado, pero, pese a ello, ninguno de nosotros tendrá dificultad para imaginar su aspecto y el nerviosismo de los espectadores. Las carreras eran un acontecimiento crucial y Constantinopla se convertía cuando tenían lugar en un hervidero. Como ahora, el público tenía sus preferencias y aunque competían cuatro equipos (azules, verdes, rojos y blancos), los dos últimos fueron perdiendo adeptos y nivel hasta que a todos los efectos la competición quedó reducida a dos equipos. Esto seguramente restó interés al espectáculo, pero no emoción, pues de resultas cualquier carrera vino a ser algo así como un derbi, el partido del siglo, la madre de todas las carreras.
Gibbon decía, hablando de los juegos de la antigüedad, que si los griegos habían sido en ellos actores y los romanos mirones, los constantinopolitanos fueron “secuaces”. La palabra tal vez no le diga nada al lector actual, pero si la sustituimos por tifosi, o por hinchas, sin duda la entenderá al instante. El hincha no es simplemente un espectador, sino que de alguna forma se siente concernido por el destino de su equipo, se identifica con él y con lo que él representa hasta el punto de experimentar la mayor felicidad cuando triunfa y la más desoladora aflicción cuando pierde. Si detrás de estos sentimientos tan peregrinos late o no la sempiterna llama del fanatismo es algo que no me atrevo a afirmar. En todo caso, sabemos, gracias precisamente al imprescindible Procopio, que la población bizantina se había dividido ya desde antiguo en dos bandos, verdes y azules, y que los miembros de cada facción luchaban contra sus adversarios no respetando ni matrimonio, ni parentesco, ni lazos de amistad, ni autoridad, ni nada salvo sus propios colores. De acuerdo con su testimonio, esta rivalidad se alimentaba, además, con otros elementos, políticos y religiosos, que contribuían a enardecer los ánimos y a conferirles cierta dignidad. Mientras que los verdes procedían en su mayoría de lo que hoy llamaríamos clases medias y eran monofisitas, o sea, sostenían que en Cristo sólo hay una naturaleza, la divina; los azules, aristócratas y terratenientes, profesaban la ortodoxia oficial que defendía el emperador. Unos y otros estaban convencidos, por supuesto, de tener la razón, toda la razón.
No puedo contarles en pocas palabras lo que sucedió el día de año nuevo del año 532. Baste con saber que la tensión entre los dos bandos llegó a un punto insoportable y cuando se congregaron en el hipódromo deseosos de asistir al espectáculo estalló la revuelta. La catedral de Santa Sofía y el palacio imperial corrieron peligro de ser destruidos. Media Constantinopla ardió en llamas a causa de la pelotera. De no ser por Teodora, la emperatriz, que a pesar de su sangre caliente, mostró una sangre fría extraordinaria, Justiniano hubiera abandonado el trono aquel día. Pero Teodora era una mujer aguerrida y acabó con la sedición. Aconsejados por ella, Belisario, el taimado general de Justiniano, y Narses, su emasculado primer ministro, fingieron negociar con los rebeldes, rodearon con sus tropas el hipódromo y masacraron a la multitud. Fue una carnicería tremenda. Incluso Gibbon, tan melindroso cuando se trata de grandes cifras –“los progresos de la exageración”, decía él refiriéndose a la costumbre de los historiadores de inflar los números- admite que hubo no menos de treinta mil muertos. Eran cosas que pasaban en la antigüedad.