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Circuito monetario, no corralito

Antonio Domínguez Rey
sábado 26 de mayo de 2012, 18:33h
A vueltas con citas de Ortega y la ignorancia sabia del mal no comprendido que nos afecta. ¡Vaya si comprendemos! Aquí no hace falta llegar al fondo de las cosas tras muchos argumentos, pues sobra intuición, magia, “ángel”. Cuando uno pretende razonar, le cortan la palabra. Hemos entendido al abrir la boca. El retruécano incluso sirve de confianza. Salvamos las apariencias como nadie. Un quiebro, pase por alto, manoletina, una copla y el contexto, lo que nos rodea, halla sentido. Tal es el fenómeno.

Y ya sale el sol. Ha comenzado a funcionar la principal industria que tenemos. Vienen los toldos, tenderetes, las fiestas múltiples, sus terrazas, el bullicio callejero, el mercado de plaza, mercadillo, la transacción monetaria del día a día, que mueve mucha tela.

Es el fenómeno del momento, la circunstancia del ego, “y si no la salvo a ella no me salvo yo”, dice el filósofo. Esta parte segunda de la frase famosa, la más conocida de Ortega, “Yo soy yo y mi circunstancia”, es la menos citada. Y la salvación ya es asunto de otro costal. La remite a la escuela platónica: <>. Así hemos vivido largo tiempo. Más de la cuenta. De capote en capote, guardando la cara con la pierna, que dice Góngora, vuelta la pierna guardián de la cara.

Los análisis son certeros. Se conocen. Los técnicos del Banco de España son eficientes. Les llega ahora la desconfianza. Tuvo que sentarse Rodrigo Rato en Bankia para que saltara la alarma. El agujero sin fondo del fondo monetario inquieta. Nadie del país, Estado o Reino de España, ofrece garantía sólida, y seria, de cifras ciertas. Ni a derecha ni a izquierda. Tampoco en el centro. Han de venir vigilantes, auditores externos que nos avalen.

Y sabemos, sin embargo, que las cuentas están bien hechas. Afortunadamente, aún hay gente sencilla, cumplidora, funcionarios correctos, gestores que aplican las tablas aritméticas. ¿Qué falta, entonces? Más bien sobra la cara y morro de quienes reciben esos informes y no aplican el remedio establecido. Los encajonan, traspapelan, destruyen, y no pasa nada. Son muchas las connivencias de fondo, el compadreo. Y el Estado es pluriforme. Tiene muchas caras. Y una tapa a otra, siempre sonrientes. Un informe técnico no ejecuta, por exigente que sea, nada sin la voluntad del político. Cualquier presidente autonómico paraliza una investigación si el resultado no le conviene o lo deja a descubierto.

Las reacciones tras la nacionalización de Bankia prueban que el pueblo quiere un banco público. A Rodrigo Rato tal vez haya que hacerle un homenaje. Los bancos esperan como agua de mayo el rescate du sus agujeros negros. Les resulta más cómodo el dinero de Europa que el que ellos auspician regalando cacerolas y viajes de paraíso a cambio de nóminas. El mejor modo de rescate es que el presidente del Gobierno nos dé a los ciudadanos el sueldo que nos corresponde. Que avale nuestras deudas como a sindicatos y partidos políticos. Que les exija a los bancos otro reparto de beneficios y dividendos. Que les compre los pisos desahuciados a precio de coste y los reconvierta en vivienda protegida. Que controle mejor la deslocación financiera y monetaria. Y de camino, que exija su función a jueces y magistrados. Entonces, cada individuo sabrá qué hacer con el dinero justo y sus ahorros. Seremos parte del circuito, que no corralito, formado por el trabajo, los votos, los créditos diferidos a sindicatos y partidos, el sueldo siempre ascendente de los políticos, el alza más ajustada y fiel de precios, la de autopistas, seguros y combustibles, la condonación de deuda, y… nos sentiremos, todos, rescatados.

La sentencia más adecuada al fenómeno de apariencias que vivimos es, pienso, esta otra de Ortega: “Cualquier verdad ignorada prepara su venganza”. Estamos en el comienzo.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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