Del texto a la conciencia
jueves 31 de mayo de 2012, 21:01h
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Las grandes almas, que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadoras,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.
En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudio nos mejora.
Aislado del mundo, de vuelta de todo, disfrutando de la calma del campo y lejos de las intrigas de la Corte, Francisco de Quevedo, uno de los espíritus radicales del pensamiento de todos los tiempos definió la tarea de esta edad oscura como la de aprender de nuevo a ser humano. El enigma de la creación y de la incorporación a la conciencia se encuentra en el texto, tal y como se manifiesta en proceso de asimilación del texto –en sentido semiótico–: la novela, el poema, la pintura, el cine o la composición musical.
Si las pinturas –los textos plásticos– están hechas, como apuntaba Degas, de pigmentos y espacios con relaciones internas, la música se compone de sonidos organizados siguiendo los patrones emocionales y creativos de su autor. Con respecto al texto literario, la constelación de las palabras y su organización en la retícula de su universo léxico-gramatical, construyen sin duda la psique del individuo. Preguntar qué es el texto y una de sus manifestaciones, la del libro, es tanto como preguntar “¿Qué es el hombre?”. Las categorías abstractas del habla, los modos de la aserción, la interrogación o la exclamación, poseen el imperativo propio de que necesitan ser vividas, no sólo dichas. Y esta vivencia nace del encuentro único, intenso e imborrable del receptor con el texto.
Imaginemos por un momento una ciudad para pintores, poetas, cineastas, compositores, dramaturgos, científicos y filósofos que hablaran el idioma universal de la cultura y del conocimiento… contribuyendo permanentemente a la vida de la imaginación creativa. “De todas las cosas que se han de buscar, la primera es la sabiduría, donde reside la forma del Bien perfecto”, frase principal del Didascalicon, escrito por Hugo de San Víctor hacia 1128. Su elección de las palabras es precisa; al relacionar la sabiduría con “la forma del Bien perfecto”, San Víctor apuntaba a que leer y escribir –recrear lo “vivido” frente al texto– eran para él dos facetas indistinguibles del mismo studium. Lo mismo que para su referente, San Agustín, la sabiduría para Hugo no era algo, sino incluso alguien, lo otro, el “otro”: la personificación de la necesidad que tiene la humanidad de reunirse con la sabiduría, tras el pecado original.
Si colocamos una miniatura de un códice del siglo XII al lado de prácticamente cualquier pintura de un periodo posterior, comparando ambas uno se da cuenta inmediatamente de que los seres que aparecen en el pergamino son luminosos por sí mismos. Obviamente, por la época en que fueron hechas, las miniaturas no están ejecutadas con pintura fluorescente e incluso son completamente invisibles en la oscuridad; pero… al ponerlos a la luz de una vela, sus figuras, colores y símbolos irradian luz propia. El mundo medieval se representaba a través del papel como si todos los seres contuvieran su propia fuente de luz, como si estuviesen “vivos”; porque… la luz es inmanente en este mundo de cosas medievales, que llegan al ojo del observador como fuentes de su propia luminosidad; igual que la letra capital con que principiaban los códices, que iluminada, irradiaba “luz”.
Las volutas y espirales en forma de plantas, aquellas pequeñas y misteriosas figuras de animales u hombres en todo tipo de actitudes y posiciones, desde la visión extática al retorcimiento sexual, cobraban vida en las llamadas «capitales habitadas», letras habitadas… palabras habitadas. Tan intensa se presenta esta experiencia al receptor del texto medieval, que parece que si esta luminosidad se extinguiera, el ser representado gracias a la pintura no sólo dejaría de ser visible, ¡sino que incluso dejaría de existir!
Esa luz es plenitud, qué duda cabe. Dice José María Paz Gago en La recepción del poema que “una recepción plena y estéticamente satisfactoria se logra cuando el lector pone en marcha la referencia metafórica, asume su papel protagónico y revive emocionalmente la aventura amorosa, el sentimiento desgarrado o la frustración sentimental, el éxtasis erotizado o el momento único e irrepetible de una correspondencia fugaz… Es entonces cuando puede experimentar en plenitud el efecto poético, ese estado emotivo de euforia y de gozo cognoscente y sensorial”. El contacto con el texto es un despertar gozoso.
La cultura es, precisamente esa colaboración de las expresiones y las intenciones que establece un claro diálogo entre la situación presente y la pasada e incluso la futura. La angustia de don Quijote ofrece una respuesta a nuestra angustia: podemos, sin impostar nuestro lenguaje, tomar prestadas ciertas significaciones de su vocabulario., de sus nobles sentencias: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura. Los libros: la claridad de su prosa, aquellas intrincadas razones suyas que nos parecen de perlas; y más cuando llegamos a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, nos alimentan con la energía de un recuerdo excepcional, comprometiéndonos, con una lucidez especialmente dramática, en los conflictos y las luchas de lo real, llevándonos al colmo nuestra resistencia, gracias a su poder de afirmación.
Y los libros, aquellos textos que hayan sabido grabar esta resistencia y esta afirmación en un momento orgánico y total, donde todas las partes se sostienen y donde todas vibran y hablan… nos habrán vuelto, después de todo, un poco mejores. Porque, como decía el amigo de Cervantes, don Francisco, los libros “en músicos callados contrapuntos / al sueño de la vida hablan despiertos”.