La feria del libro del Retiro y los milagros
sábado 02 de junio de 2012, 19:02h
Cada año la feria te sorprende. Sus casetas se levantan como por arte de magia y los paseantes se mezclan con los patinadores de una luna de asfalto. La feria es una pequeña columna vertebral por la que pasearse como un vulgar impulso eléctrico buscando algo de alivio para los males del alma. Un elemento ionizante, alguna carga positiva o negativa que corrija los desvíos de la cotidianeidad. Yo me paseo a última hora, con los ojos entornados, buscando en las sombras de la casi noche a Malvafría patinadora de la luna, pero solo veo a Gibbon sin patines, muy serio, perorando en voz baja desde su libro sobre los teutones y la caída de los romanos. Los autores, en la feria, se arrancan no por soleares sino por murmullos, y sus libros vibran con voces inquietas y asordinadas, muy diferentes a las de los banqueros en caída libre. En el Retiro, cada libro contiene un autor. La feria es el milagro de la reproducción de los autores y los libros.
La vibración de los libros no la escucha casi nadie, pero casi todo el mundo la siente. Al coger el libro, al pasar la mano por su portada, los buscadores de libros cierran los ojos un instante y sienten cómo la superficie vibra rítmicamente bajo las yemas de sus dedos. Es un momento de delectación. Lo ideal sería oír la voz, como hacen los niños, pero eso está al alcance de pocos. La vibración se permite, la voz no. Quizá porque la vibración táctil es más indeterminada, menos obvia. Siempre huimos de lo obvio. Me acerco con los ojos entornados para convertirme en un niño en otra caseta, y allí oigo la voz chillona de Natsume Soseki saliendo de “Las hierbas del camino”. Su voz siempre es aguda y cortante, pero en esta ocasión está más sosegada. Hasta se diría que tiene ritmo. Miro a los lados del camino buscando algo de hierba, pero solo veo un carrito de un niño alelado escuchando las voces mientras su madre liga con un patinador con tatuajes en los antebrazos. Es un niño visionario, lo preveo, un futuro buscador de libros. Cuando me mira, incluso entorna los ojos para escuchar mejor.
Avanzamos. Dos voces teatrales y extrañamente débiles se escuchan. Es una caseta de librero y allí todo se mezcla. Una recita “Aires de Dylan” y reconozco a Vila Matas; del otro, la de Roald Dahl. “Volando solo” pone en la portada. El niño mira a los libros mientras su madre sonríe al patinador, que mueve un patín juguetonamente mientras sonríe a la madre. Yo miro al niño y guiño un ojo entornado, y el niño levanta la mano para tocar el libro y sentir su vibración. Sigo.
El Retiro en mayo y junio es un lugar milagroso. Los libros se reproducen y en su interior vibran las voces de los autores, inquietas. Los autores van a firmar sus libros y llegan muy de mañana caminando sobre las aguas del estanque, como Jesucristos urbanos, entre los piragüistas que cada amanecer entrenan los músculos de sus antebrazos tatuados. Vienen de las fiestas de los editores de la noche anterior, y caminan en grupos, con ojeras, por no haber dormido. En un grupo, caminan las mujeres jóvenes: son ruidosas y algunas, las de más éxito, sueltan piropos a los piragüistas, que se hacen los longuis y se miran los antebrazos sin darse por enterados; en otro, los hombres jóvenes siempre con chaqueta entallada, tabaquizados y con cara de póker, hablan de lo que quieren cuando sean póstumos. Los autores y las autoras de más edad llegan embozados, con miedo a que los detengan por incumplir la ley de Esquilache. Entre ellos va un joven, Andrés Ibáñez, rodeado de una voz y embozado en una lluvia, “La lluvia de los inocentes”. Pero nadie los detiene y caminan sobre las aguas del estanque sin mirar su reflejo, por temor al vértigo. Los editores los contemplan escondidos detrás de los árboles, con copias en los bolsillos de las últimas liquidaciones, copias que nunca entregarán. La comitiva pasa y cuando llega al paseo de coches, a la avenida de las casetas, a las dos orillas de libros que avanzan de Norte a Sur, acaban de abrir las casetas. Se produce entonces otro milagro y los autores se multiplican en tantos autores como ejemplares de sus libros hay. Y van entrando en esos libros, pequeñitos y pequeñitas, para declamar y hacer que vibren. Otros se quedan a tamaño natural, y se van a firmar.
Todo esto son cosas que se ven con los ojos entornados. Por la mañana, se ve el milagro de la entrada; por la noche, el de la salida. La comitiva recorre esta vez el Retiro entre las sombras, mientras los editores los miran escondidos con las liquidaciones en los bolsillos. Entre ellos, hay un editor de libros electrónicos que los observa con doble ansia. Ha dicho a los otros editores que los libros electrónicos también vibran, pero no le creen. Querría decírselo a los autores vivos, a las autoras, pero los autores y las autoras caminan sobre las aguas del estanque y esta vez se hunden camino de las fiestas de los editores escondidos detrás de los árboles. A los editores le esperan varios chóferes para llevarlos rápidamente y poder estar a tiempo de ser buenos anfitriones. El editor de los libros electrónicos no va a ninguna fiesta. En vez de eso, se reúne en una terraza cerrada y totalmente oscura con fantasmas de autores. Es uno de los milagros del Retiro y la feria. Allí firma contratos con Cervantes, Quevedo, y con Montaigne y Shakespeare en otras lenguas. Góngora se queja porque acaba de sacar un inédito. Pero el editor es inflexible. No le pagará nada. Me alejo con los ojos entornados. En el horizonte de sombras veo una pareja con un carrito de niño. Él lleva patines; ella mira de reojo sus antebrazos; el niño lleva un ejemplar de “Volando solo”. Vibra.