¡Majestad: Euroamérica¡
viernes 08 de junio de 2012, 20:45h
Lo mejor que puede aportar España al concierto europeo es su relación marítima, la huella de la historia acumulada en el Cantábrico, el Mediterráneo y el Atlántico. Y con mares y océano, la realidad viva de los países próximos y aquellos que, más distantes, o lejanos, mantienen aún el rescoldo de vivencias antiguas, contemporáneas, modernas y actuales. El Cantábrico apenas despierta interés político más allá de la pesca por falta, precisamente, de talento diplomático y agudeza democrática. Al Mediterráneo no sabemos aportarle el renuevo que su pasado y futuro suscitan de siglo en siglo. La comodidad cálida de una dieta bien adobada favorece el recreo marino de siestas que no incomodan las revoluciones árabes ni los ronquidos de cañones o el abanico de bombas que, por otra parte, aportan dinero fácil de mediación aprovechada.
¿Y el Atlántico? Lo soñamos como si aún fuera todo nuestro. Sus aguas y cielos nos conocen. De él puede venir el mayor aporte de España a la Unión Europea, si algo nos dejan ofrecerle. Mientras no tengamos firmeza de país con asiento histórico y seamos capaces de darle nuevo valor a nuestra realidad, un significado vivo de función futura, seremos marioneta económica de intereses internacionales. Para ello, se precisa un horizonte de altura en la mirada. Lo proporcionan la historia, la lengua o, en nuestro caso, las lenguas, su cultura.
Europa ya tiene en sus manos casi todo lo que ansiaba de España: los productos más rentables, la ampliación del consumo internacional, y las puertas abiertas de la América que cimentamos. ¿Y a cambio? El débito que, encima, nos lastra. Una suma suficiente como para no poder alzar la cabeza más allá de los números que nos constriñen. La única sonrisa que suscitamos en Europa es la del pago a cuenta o la ampliación de deuda.
Nadie se atreve a decir que la Transición democrática española fue una lonja y que algún político, célebre, se graduó como tasador internacional de puja en puertos y mercados, nacionales e internacionales. España salió a subasta pública. Aquellos dineros sobrados de brillo a cambio de ¿estabilidad? política son hoy bocado menudo, mirada esquiva, tal vez agria en más de un cruce o bocacalle. Se vendió todo lo que quisieron comprar. Se dilapidó a gusto. Se repartió entre amigos y fieles de reata. ¿Por qué nos sorprende ahora que aquellos capitales fáciles, europeos y americanos, también chinos actualmente -la historia solo se repite en países que se mofan con ella-, se retiren, atraviesen aguas gruesas de océano, cielos inmensos, y resurjan donde acampábamos hace siglos? Emergen allá nuevas economías con los réditos aquí acumulados, incluidos en la transacción empresas y bancos españoles que ya pagaron o pagan arancel por transitar las nuevas autopistas de los mercados o que, simplemente, dan la cara por quienes, avizores, ocultan su rostro. Los países emergentes son puerto o tierra ya tasada.
Aún así, España puede convertirse en valedora de Europa y América como tránsito histórico de cultura y consolidación democrática. Antes se impone, no obstante, firmeza de país con entidad sólida de miras y confianza creadora. Tal firmeza soberana es lo que el pueblo español le pide al nuevo presidente desde hace casi siete meses. Queremos pensar que la gira en curso del jefe de Estado, Rey de España, por algunos países de Iberoamérica activa esta solidez histórica. España necesita presentarse ante Europa y América, del Sur y del Norte, como valedora internacional de relaciones mutuas. Su misión es Euroamérica.
Capitalicemos esta nueva denominación política y cultural. Nos abre también, desde el Pacífico, al continente asiático. Japón y China hace tiempo que avanzan comercial y técnicamente en Hispanoamérica. Sus ejecutivos aprenden español antes que los hispanos chino o japonés. Y detrás asoman la India y varios países árabes. Está en juego una remoción histórica importante. Méjico, Colombia, Chile y Perú apalabran también en estos días la Alianza del Pacífico. Europa ya no les atrae como antes. Las nuevas técnicas de sonido, imagen y transportes han acortado distancias y América del Sur se convierte, poco a poco, en mediación de Oriente y Occidente.
España corre el peligro de convertirse en sombra fósil del nuevo sol que alumbra, desde Oriente, el mundo. Necesitamos, más que nunca, agudeza e ingenio. La luz de la inteligencia, allí donde quede. Hace falta crear nuevos símbolos, izar otras velas, alas. Nosotros hemos ofrecido algún sello de marca con el cambio de siglo. Vocación atlántica, síntesis de lenguas y aguas. El fermento latino atraviesa Europa y América. A España le corresponde abanderar esta herencia con el idioma español, pero desde algo más definido que una academia internacional de la lengua. Y la denominación española comprende también otra rama latina, la galaica, que nos sitúa, de lleno, en el pulmón más activo de Iberoamérica, Brasil, donde se encontraba el Rey en el momento de redactar estas líneas.
Hace tiempo, quince años, que hemos ofrecido, y desde el Atlántico, esta alternativa bilingüe de acción lingüística y cultural española en el mundo, creadora, intercomunicativa, técnica, comercial e industrial. Es decir, más que diplomática. Hagámosla valer en Europa y América.
España, Majestad, logo de Euroamérica.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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