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Europa funciona…España también

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 11 de junio de 2012, 20:09h
Después de tres semanas de incertidumbre y confusión –que han servido para conocer el verdadero rostro de muchos y para comprobar de qué pie cojean otros tantos- el Gobierno Rajoy ha rematado con completo éxito una compleja operación, que nada tiene que ver con esa intervención o ese rescate que algunos falsos profetas daban ya por inevitables y que, a veces, daba toda la impresión de que deseaban tan secreta como hipócritamente. Más allá de discusiones nominalistas, como ha dicho el propio Presidente, lo cierto es que el Gobierno ha conseguido de sus socios una amplia línea de crédito que se dedicará para resolver la defectuosa situación de ese treinta por cierto de nuestro sistema financiero que, según testimonio del FMI, está en el hoyo de la quiebra o a punto de caer en él.

Desde que se inició esta crisis, hace ya más de cinco años, era evidente que el talón de Aquiles de todos los países estaba en sus respectivos sistemas financieros. Por eso lo primero que se hizo en todas partes, desde los Estados Unidos a diversos países de la UE, fue acudir en socorro de sus bancos, sobre los que se volcaron generosos recursos públicos, llegando incluso a la nacionalización de algunas entidades. Se trataba de ponerlos en condiciones de que siguieran generando y distribuyendo crédito, ese flujo vital sin el que las economías se paralizan. Aquí, como vivíamos en el mejor de los mundos (el socialista), no se hizo nada de eso. Zapatero (de infausta memoria), había pontificado que, el nuestro, era el mejor sistema financiero del mundo. Solo muy tardíamente –después de aquel famoso mes de mayo de 2010 en que los grandes de este mundo, de Obama a Merkel, pasando por Ho Jintao, le dieron un aviso, como a un mal torero- se empezaron a enterar Zapatero y los gobernantes socialistas de por dónde iban los tiros. Pero el Banco de España estaba en la inopia y el deterioro prosiguió.

A Rajoy y a su Gobierno le ha costado no pocas semanas constatar fehacientemente el embrollo financiero que dejó tras de sí el PSOE. Bankia ha servido como el gran revelador de una situación caótica y su negativo efecto llevó la credibilidad de España en los mercados hasta preocupantes ínfimos niveles. Pero lo cierto es que las instituciones europeas siempre han mantenido la confianza en la solidez y el futuro de nuestra economía, aunque no hayan faltado los exabruptos, como en el caso de Draghi, en un acto que algunos consideraron como un intento de poner los focos sobre España, mientras Italia quedaba entre las sombras de las bambalinas.

Con el crédito que se le da a España, la solidaridad europea ha quedado bien a la vista y el funcionamiento de los mecanismos ha sido perfecto. El ensañamiento fiscal y financiero, a costa de los españoles, que algunos pensaban que iban a ser inevitables no se va a producir y a la acción de los temidos “hombres de negro” se ha evitado, al no imponerse a España condicionamientos macroeconómicos. Los 100.000 millones que administrará el FROB no van a pesar sobre nuestro baqueteado déficit, pero Rajoy no ha ocultado que este año va a ser malo y que la necesidad de asumir los sacrificios necesarios para salir de la crisis sigue siendo una exigencia. Ni hay remedios-milagro ni ha terminado la etapa en que resulta obligado apretarse el cinturón.

Ahora se ve cómo los alarmismos alimentados desde sectores diversos carecían de justificación. El caos e incluso el apocalipsis que algunos veían inevitables no eran una visión realista, como no lo habría sido pintar un panorama idílico. Para justificar esos alarmismos, se citaban, como argumentos apodícticos, artículos de prensa extranjera o bien expertos foráneos, como el socorrido Krugman, que escribe mucho, pero que yerra también mucho y que, en ocasiones, exhibe una notoria falta de información. Fue él, precisamente, con su Nobel a cuestas, quien pronosticó la inminencia del “corralito” al estilo argentino. Hace algunas semanas nos ocupábamos aquí del frecuente caso del periodista extranjero –preferentemente anglosajón- que, a veces, sin más conocimiento de nuestro país del que facilita un folleto turístico, pasa por aquí tres o cuatro días, le ponen con contacto con dos o tres “notables”, no siempre bien elegidos, y vuelve a su base redactando todo un diagnóstico y solución de nuestros males. Y todavía tenemos por aquí algunos papanatas que toman la pieza en cuestión como si de la Biblia se tratase. Por cierto, no hace mucho oía en una emisora cómo un tertuliano se refería a The Wall Street Journal, como “la Biblia del capitalismo”. El WSJ es, sin duda, un gran periódico que, vale la pena recordar, empezó como boletín bursátil, y a veces se le nota. Pero, de momento, no forma parte de los libros canónicos.

Una variante de esta obsesión por lo que viene de fuera es ahora la de recurrir a expertos españoles que ejercen en universidades de otros países, por supuesto, bien escogidos, según afinidades, por los medios que recurren a ellos. Hace poco veíamos en el periódico oficioso del socialismo exgobernante cómo tres de estos profesores nos “ilustraban” con los más negros presagios sobre la economía española y ofrecían la mágica solución que lo iba a resolver todo: el gobierno de concentración. Es decir, un gobierno que casi acaba de obtener una amplia mayoría absoluta en la urnas, que se ha encontrado con la tormenta perfecta, que ha hecho en menos tiempo más reformas de fondo que cualquier otro gobierno de la UE y que no ha perdido la aguja de marear, tendría que tirar la toalla para dar gusto a los que nos han llevado a esta situación.

Ni los incompetentes que nos han arrastrado por el lodo durante siete largos años, ni los que anteponen sus estrechos ensueños territoriales a los intereses generales de España, ni los que representan a lo poco que queda del fracasado comunismo –la gran tragedia del siglo XX- tienen nada que aportar, desde el Gobierno, al gran reto con que se enfrenta España. Su sitio está ahora en la oposición, a la que en democracia se le exige una lealtad que no siempre se practica. El Gobierno tiene un amplio y sólido mandato y su obligación es gobernar, que es lo que está haciendo. Guarden los estrategas de gabinete sus planes gubernamentales, que en este momento sobran.

No es precisamente una muestra de buena fe que mientras dentro y fuera de España todas las voces responsables dan una valoración positiva de la operación que ha pactado el Gobierno con sus socios europeos, Rubalcaba se descuelgue afirmando que es “una mala noticia”. No dice nada, claro está, del diluvio de malas noticias que cayeron sobre la credibilidad de España durante la etapa del Gobierno de que formó parte. Otros sectores de la izquierda han salido, como era de esperar, por los cerros de Úbeda. Se trata de atacar al Gobierno actual con oportunidad o sin ella. Así colaboran a la salida de la crisis.

Rajoy ha vuelto a demostrar que tiene un perfecto control de los tiempos y que no se deja influir por los apresuramientos ajenos, casi siempre interesados. No le van las improvisaciones y se toma el tiempo necesario para conocer bien la realidad y, a la vista de ese análisis, tomar las decisiones. Una paciencia creativa que pone nerviosos a los que solo buscan titulares. La vieja máxima política decía que “resistir es vencer”. Algo que es muy difícil en estos tiempos de algarabía mediática, pero que diferencia a los líderes que consiguen llegar a sus metas de los que se quedan a mitad del camino.

Por otra parte, la línea de crédito concedida a España, no solo muestra que Europa funciona, sino que lleva implícito un claro mensaje acerca de la irreversibilidad del euro que, además de ser la moneda única, es el símbolo más expresivo de la empresa europea. Sin el euro, la UE se desintegraría inevitablemente y sin la UE la mayor parte de los Estados europeos se sumirían en la insignificancia en este mundo globalizado. Por eso los Estados de la zona euro al ayudar a España se ayudan también a sí mismos y a la propia UE. Ahora veremos por dónde sale Grecia el próximo domingo porque los problemas europeos tienen muchos frentes y el español es solo uno de ellos.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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