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Políticos o técnicos

Manuel Ramírez Jiménez
lunes 11 de junio de 2012, 20:11h
Leo en un diario de prestigio que en el aparato del PSOE el 25 por ciento no tiene carrera universitaria. Así formulada la noticia tendría poco para ampliar. Pero es que, desde hace tiempo y con amplia bibliografía por medio, quizá con el conocido punto de partida del “modelo” técnico ideal de Max Weber, venimos hablando de precisión, seguridad y eficacia; un modelo posteriormente cuestionado por otros autores, como el profesor de Columbia Robert K. Merton. En ambos casos el alcance de sus observaciones iba fundamentalmente destinado al análisis de la burocracia o, incluso, de la burocratización del poder, de lo político. En el planteamiento tradicional del constitucionalismo, la burocracia es un simple instrumento, que está al servicio de aquellos órganos no administrativos, sino políticos, a quienes corresponde tomar las decisiones.

A nuestro entender, en los tiempos actuales de lo que procede hablar es de tecnificación del poder político, dando por supuesta la existencia de unos aparatos administrativos principalmente permanentes. Posiblemente peque de osadía si afirmo que, pese a algunas referencias dispersas en su inmensa obra, el mismo Ortega hablaría hoy no tanto de rebelión de las masas (fenómeno ampliamente asumido a lo largo del siglo XX), cuanto de “rebelión de lo técnico”, de la máquina, de lo instrumental como propio de nuestros días y en toda la amplitud del sistema. El avance tecnológico resulta algo inevitable. Por el contrario, hay que señalar la existencia de dos factores en estrecha conexión. En primer lugar, el hecho de que la técnica se convierta en principio de legitimación política, por encima de otros tradicionales. Y, en segundo lugar, la conocida como “crisis de las tradicionales ideologías”, a la que se une el valor principal de la técnica: el “hacer cosas” tiene superior valoración social que la pregunta de cómo y a través de qué medios el grupo dominante ha llegado al poder. Bien entendido que este segundo fenómeno es, sobre todo, algo predominante en los países occidentales y muy escaso en las zonas dominadas por ideologías religiosas, como los países árabes, por ejemplo.

El político está llamado a vivir en la zona de lo opinable (“doxa”) y por ello tiene que caminar eligiendo. Mientras que el técnico tiene como objeto lo exacto, lo preciso, incluso lo materialmente probado.

De aquí que, aunque deseable un buen nivel cultural, no es en términos puramente numéricos como debe plantearse la cuestión. Me atrevería a sugerir que, como regla general, quizá lo deseable es la existencia de políticos bien asesorados. La decisión política final debe estar precedida de un estudio técnico. Sobre todo si se trata de asuntos para los cuales sería sumamente conveniente el consenso general por afectar a varias generaciones.

Manuel Ramírez Jiménez

Catedrático de Derecho Político

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