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Hermanos Musulmanes frente a militares

Egipto dividido frente a las presidenciales

martes 12 de junio de 2012, 11:34h
A cuatro días de la segunda y definitiva llamada a las urnas para elegir el futuro Presidente del país, los egipcios se encuentran más que nunca divididos en tres bloques, aunque motivados por ser la primera vez que podrán elegir libremente el próximo Jefe de Estado. Islamistas, seguidores del antiguo régimen y demócratas liberales, se juegan el futuro de la revolución.
Decepción, desilusión y perplejidad son las palabras mágicas que dominan el escenario político preelectoral hoy en día en el país del Nilo. A menos de una semana de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales la mayoría de los egipcios no se identifican con ninguno de los dos candidatos en liza: el general Shafiq y el islamista Muhamad Mursi. El primero tiene el apoyo incondicional del antiguo régimen y de la Junta Militar que maneja las riendas del poder desde la caída de Hosni Mubarak, mientras que el último cuenta con un cúmulo de apoyos de las altas esferas del islamismo, la cofradía de los Hermanos Musulmanes y los salafistas, que controlan el parlamento con casi tres cuartas partes conseguidas en las primeras elecciones generales legislativas celebradas en la era pos-Mubarak.

Sin embargo entre ambos candidatos queda una amplia franja, la de aquellos que no tienen a quien darle su voto ni piensan otorgárselo a ninguno de los dos. Este bloque representa una mayoría de los egipcios cuyos candidatos perdieron en la primera vuelta, como fue el caso de Hamdín Sabahí, candidato de una corriente liberal-nasserista-izquierdista, y de Amru Musa ex Secretario general de la Liga Árabe y ex ministro de Asuntos Exteriores del antiguo régimen.

La sociedad egipcia se encuentra pues dividida, como nunca, en tres bloques, recuperando curiosamente la trinidad que sus antepasados del Egipto faraónico legaron a la humanidad para fundamentar el cristianismo. Hoy están, por un lado los islamistas, que la fuerza más organizada en el país, por otro los que anhelan la estabilidad y junto a ellos los mubarakistas y los militares, y entre ambos la franja de los que no creen ni en los islamistas ni en los militares, sino en las fórmulas democráticas para salir del atolladero.

Los recelos sobrevuelan entre todos, consecuencia de la falta de consenso de unos mínimos entre todas las partes. El intento de constituir un Consejo Presidencial propiciado por los candidatos frustrados de la primera vuelta, con el objetivo de preservar las conquistas de la Revolución del 25 de enero y evitar los gérmenes del enfrentamiento violento, no llegó a buen puerto. Los Hermanos Musulmanes de Muhamad Mursi quieren forzar la máquina electoral hasta el máximo, confiando en los pronósticos derivados de su primer gran triunfo.

En medio de este escenario turbulento, el veredicto del tribunal de El Cairo que eximió a seis de los lugartenientes de Mubarak incluido su último ministro del Interior de toda responsabilidad criminal por la muerte de unos novecientos manifestantes durante la revuelta popular de enero-febrero de 2011, ha empujado al bloque centrista a echarse a las calles, e invadir las plazas de las grandes ciudades, entre ellas la emblemática de Tahrir, repitiéndose las manifestaciones el pasado viernes.

En este tenso escenario Egipto se prepara para el asalto definitivo al sillón presidencial. Ambos bandos están recurriendo a todo lo que está en sus manos para imponerse. En un país en el que solo existía un candidato desde el derrocamiento del último rey Faruq por los “Oficiales libres” al mando del coronel Nasser en julio de 1952, el pueblo vive atónito ante el permanente bombardeo de acusaciones, golpes bajos, insultos y deseos de protagonismo de unos y otros. Todo se tergiversa y se ataca, utilizando armas arrojadizas, aunque no faltan argumentos ni motivos para cada bando.

Quien ha perdido fuelle en estos pocos meses, desde que se formó el parlamento en enero pasado, ha sido el islamismo y, por consiguiente, se cree que su candidato el catedrático Muhamad Mursi podría perder ante el general Shafiq cuya campaña electoral se ha basado en que él representa el Estado civil frente al religioso.

La manifestación de hace dos días en El Cairo de un par de centenares de mubarakistas pidiendo que el antiguo Rais sea trasladado a un hospital tras haber sufrido dos fallos cardíacos en la prisión en la que se encuentra cumpliendo la pena a perpetuidad impuesta por el Tribunal de El Cairo, pretende despertar el sentimiento de conmiseración con el exdictador octogenario, que se traduciría en votos al candidato continuista Ahmed Shafik.

Además los egipcios saben que detrás del escenario electoral se encuentra el Ejército, que detiene la realidad del poder desde hace sesenta años, y que hará todo lo posible para perpetuar su influencia política, para mantener su voluminoso presupuesto y su inmenso patrimonio económico y comercial, amén de preservar la impunidad de aquellos oficiales culpables de torturas y atentados contra los derechos humanos.

Aunque las primeras lecturas de la situación dan al candidato islamista como caballo ganador, el sentido común deja entrever que el general Shafiq sería el próximo presidente de Egipto, en caso de que el tribunal constitucional resuelva a su favor una querella de inconstitucionalidad de su candidatura. El fallo magistral saldrá el 14 de junio, justo dos días antes de acudir a las urnas.

Para muchos en realidad la incertidumbre del resultado electoral no es tal, ya que es cada vez mayor el convencimiento de que existe un acuerdo tácito entre islamistas y militares, según el cual el parlamento y por consiguiente el Gobierno quedará en manos de los religiosos, mientras que la presidencia del Estado seguirá bajo el control de los militares.
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