Rousseau en su tricentenario
Enrique Aguilar
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miércoles 13 de junio de 2012, 20:46h
El próximo 28 de junio se cumple el tricentenario del nacimiento de Jean-Jacques Rousseau. Asimismo, este año se conmemora el sesquicentenario de la publicación de dos obras fundamentales: El contrato social y Emilio, ambas de 1762. Tres efemérides, pues, vienen a confluir para recordar a este famoso ginebrino cuyo pensamiento despierta todavía hoy tantas controversias como su biografía.
Un aspecto que quisiera destacar de sus obras es el pesimismo histórico que las caracteriza, no obstante estar presididas por una concepción de la naturaleza humana que reconoce en la piedad (es decir, en la inclinación a sufrir con el sufrimiento ajeno) uno de sus elementos constitutivos. En una de las páginas iniciales del Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755) se lee: “… Los pueblos, una vez acostumbrados a tener amos, no se hallan ya en estado de prescindir de ellos. Si intentan sacudir el yugo, se alejan tanto más de la libertad cuanto que, tomando por libertad una licencia desenfrenada que le es opuesta, sus revoluciones los entregan casi siempre a corruptores que no hacen más que agravar sus cadenas”. En la misma línea, en el Libro segundo de El contrato social añadirá Rousseau: “… Los pueblos, como los hombres, sólo son dóciles en su juventud; al envejecer se vuelven incorregibles. Una vez establecidas las costumbres y arraigados los prejuicios, es empresa peligrosa y vana querer reformarlos. El pueblo no puede siquiera sufrir que se toquen sus males para acabar con ellos, como esos enfermos estúpidos y cobardes que tiemblan ante la sola visión del médico”.
Se comprende que Rousseau haya dado letra a una revolución (la francesa) que pretendió regenerar a la humanidad. En efecto, si partimos de la base de que el hombre es naturalmente bueno y que es la sociedad la que lo pervierte, fácilmente se concluye que, reformada la sociedad, podremos volver a perfeccionar al hombre. Sin embargo, no es esta la conclusión a la que arribó Rousseau con relación a sociedad moderna, dividida entre amos y esclavos tras un largo proceso de involución signado por el avance de la desigualdad. En otras palabras, el advenimiento de lo que el autor llama “un nuevo estado de naturaleza”, ya no inocente y natural como el primitivo, sino civil y corrupto, es un callejón sin salida al que el progreso de la civilización necesariamente conduce como no seamos capaces de virar a tiempo guiados por una alternativa (la del “contrato social”) que el ginebrino nos propone como norte.
He ahí uno de los muchos aspectos a destacar en la obra de Rousseau que son a veces pasados por alto. Quienes creemos que siempre hay espacio para mejorar las instituciones y la política de un país, obviamente no participamos de tan severos pronósticos. Sin embargo, no por eso nos parecen del todo desatendibles. Reiterémoslo: “Los pueblos, una vez acostumbrados a tener amos, no se hallan ya en estado de prescindir de ellos”. A la luz de algunas experiencias cercanas, se trata de una advertencia imperecedera.
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Politólogo
ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina
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