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Democracia, violencia y corrupción

Manuel Ramírez Jiménez
sábado 16 de junio de 2012, 16:56h
La primera afirmación insoslayable que es preciso hacer al comenzar estos párrafos es que no existe ninguna relación inevitable entre las tres palabras que titulan este artículo, a pesar de que no faltan quienes denuncian lo contrario. Hay democracia sin continuos actos de violencia. Como hay democracias sanas no plagadas de casos de corrupción. Por no irnos muy lejos, recordemos que, en los primeros momentos de nuestra actual democracia, la ciudadanía pensaba (¿o quizás soñaba?) con la llegada de un nuevo régimen en el que todo estaba meridianamente claro, un régimen en el que los políticos, precisamente por tener su origen en el voto de los ciudadanos, era a estos a quienes iban a servir. Como deber superior. Sin apego al sillón y con las manos radicalmente limpias. Y conste que no valía ni vale el refugio de la apelación al inmediato pasado: “antes era igual o peor, pero no se publicaba”. Este refugio tiene un doble desacierto. No hay comparación posible, con alguna excepción. Y, en el caso de que hubiera existido, precisamente para eso se quería cambiar, para no continuar con lo mismo. Esta afirmación resulta válida para tantas otras facetas.

Pero lo cierto es que, al tomar contacto con los medios de difusión, las noticias que abundan son noticias de violencia, raptos, humillaciones. En todos los sentidos. Sin duda, esos instrumentos de comunicación parece que bien saben lo que esas noticias interesan. Y, de esta forma, las palizas matrimoniales comparten la primacía con las absurdamente llamadas “noticias del corazón”. Parece que no hay noticias más importantes. Se quiera o no, esta politiquilla lo que hace es aumentar el sentimiento de violencia. Piénsese, en el terreno cinematográfico, en el continuo recurso a la fuerza, con pistolas por medio.

Y corrupción. Aquí sí que no hay notables precedentes. Nuestra democracia se está ensuciando día a día con ejemplos de este corte: engañar al Estado, robar, amiguismo, nepotismo, acumulación de capital fuera de nuestras fronteras. A todos los niveles. Con la triste consecuencia de que todavía se oye “si yo pudiera, haría igual”, “a ese no le pasará nada”, “ya verás como no devuelve lo hurtado”. A veces esto, el que no se devuelva, es lo más importante, olvidando el carácter punible del delito causado en sí mismo. Tampoco se puede recurrir como justificación. A las razones citadas habría que añadir la de que no había tanto capital para disponer de él.

La existencia de estas dos circunstancias puede convertirse fácilmente en un ataque al sistema democrático, añorando al eterno salvador, que ha sido una constante en nuestra historia. Y luego viene el arrepentimiento. La democracia debe pensar en salvarse sola. Si no es así, es que no está suficientemente consolidada.

Manuel Ramírez Jiménez

Catedrático de Derecho Político

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