RESEÑA
Luis García Montero y Jesús García Sánchez: Un balón envenenado. Poesía y Fútbol
domingo 17 de junio de 2012, 17:18h
Luis García Montero y Jesús García Sánchez: Un balón envenenado. Poesía y Fútbol. Visor. Madrid, 2012. 253 páginas. 12 €
Lo mejor del libro, la introducción. Mano del poeta Luis García Montero y voz narradora, a dúo, del editor Jesús García Sánchez (Chus, Visor). Antólogos ambos. La ocasión, propicia. Corre el balón, desde Polonia, por pantallas de todo el mundo. Liga Europea de Naciones. El tema, de circunstancias, mas apropiado. Muchos escritores, poetas, han jugado al fútbol en su infancia y adolescencia. La memoria del juego, que se dice aquí republicano, se torna leyenda menuda, entre social, psicológica, familiar, siempre “amiga”. Es marca de época, irreversible, cuño de vida e historia. La espuma de los años aureola el recuerdo cifrado en nombres de grandes o humildes jugadores locales. La leyenda de los Zarra, Panizo, Gainza… Moreno, Di Stéfano, Puskas, Gento -¿nadie recuerda a Pahíño, “el rojo”, Kopa?-, Kubala, Pelé, Maradona, Ronaldo, Messi, se comparan, ¡Dios Santo!, con Shakespeare, Cervantes, Rilke, Camus, quien jugaba de portero, Sartre, Borges, Pessoa, Machado, Pasolini, delantero zurdo. La ironía secunda el correlato (Francisco J. Uriz).
La voz de los abuelos dora con tono épico de nombres transmitidos a nietos cuya sugestión reverbera sobre el barro o hierba de calles, callejuelas, descampados, patios donde jugaban sus padres. El fútbol se enreda con política y economía. Ansía, desorbitado, celo religioso. Colindó con guerras o sus penumbras, posguerras: Mundial de 1950 -gol de Zarra a Inglaterra-; Alemania vence a Hungría en 1954 y sacude el recelo nazi de la Segunda Guerra Mundial; Honduras y Salvador, a tiro limpio, en 1969; el gol de Marcelino a Rusia, en 1964; el trasfondo bélico de las Malvinas entre Argentina e Inglaterra, Mundial de 1986, etc. Dictaduras, políticos, bancos, empresas, emporios industriales, se sirven del fútbol. La imagen invade foros y mercados. Entra en los aposentos con la televisión y entrecorta el tiempo de semana. En torno al deporte, fútbol, emerge una economía y clase social nuevas. Cada jugador vale una empresa adinerada. Cada gran equipo, una industria potente. Los grandes fichajes modulan hilos económicos poderosos e influjos políticos larvados.
Corre bastante tinta sobre este fenómeno. Los antólogos resaltan, en lo literario y semiótico, el efecto de relato y discurso que lo recubre, resaltado por Pasolini. Cada miembro del equipo se engrana por secuencias y sintagmas en un código de incitaciones, alternativas y respuestas. El “yo” se trasciende en “nosotros”, frente a “otros”, sin los cuales no hay campo, objetivo o meta de juego, triunfo posible o derrota, justa, injusta o asimilada. Lo singular -la estrella, el “fenómeno”, “genio”- se pluraliza. La voz antes visionaria, enfática, del locutor radiofónico, anterior a la televisión, resulta hoy crítica, “sabia” o técnica. El contexto del fútbol incide en el criterio de la tradición oral, icónica, táctil -toque de balón-, y encubre otros factores mediante el poder casi absoluto de la imagen.
La constancia de la diferencia evita, sin embargo, la mistificación a la que aluden los antólogos. Cuando se pierde el inciso que disocia, la identidad siempre es falsa.
¿Y la poesía? Detrás de la letra. La luna, el globo terráqueo entre los pies, sobre la cabeza de los jugadores, el eco de los alborozos infantiles detrás de un balón, no esculpen el verso con intuición poética. Tópicos a boleo. Odas, metáforas huecas. A pesar de Alberti, Gerardo Diego, Celaya, Miguel Hernández, Blanca Varela. Ningún Píndaro. La excepción, “El aficionado” de Miguel Ángel Arcas, cuatro versos que animan, únicos, “al árbitro”. Anotemos el esbozo de travelling, picado rítmico de la jugada en Roberto Jorge Santero y alguna estrofa de Joan Manuel Serrat.
Por Antonio Domínguez Rey