Cristina Kirchner en Naciones Unidas
martes 19 de junio de 2012, 20:59h
Con gran habilidad retórica, la Presidente desgranó en Naciones Unidas un discurso que poco suma a la política exterior, pero muy ventajoso para despertar emociones en la política interna, enhebrando el tema de Malvinas al anterior de YPF, en clara explotación de los alegatos patrióticos que tanto resultado han rendido siempre a la clase política argentina.
Un clima de fuerte hostilidad diplomática no solo es coherente con la manera de hacer política interna del kirchnerismo sino una evidente decisión estratégica, reiterada en todos los foros internacionales a lo largo de los ocho años y medio de gobierno, redoblado desde la reelección de octubre pasado.
Sin embargo, la creciente exacerbación antibritánica de los últimos meses generó una disminución en el énfasis de los apoyos de los países latinoamericanos, a tal punto de provocar un quiebre en el tradicional consenso a nuestro favor en la OEA, como pudo palparse en su reciente asamblea general, donde Estados Unidos y Canadá encontraron espacio para no tener que sumarse. Cuanto más comprometido sea el apoyo que reclamemos, menos entusiasmo recogeremos. Una cosa es limitarse a la solidaridad en general con nuestros derechos y otra, más gravosa, es la de acompañar acciones más controversiales de un gobierno determinado.
Así, cuando en lugar de la búsqueda de consenso alentamos que el chavismo utilice el tema de Malvinas como parte propia de su arsenal de consignas antiimperialistas, varios otros estados latinoamericanos prefieren dar un paso atrás y no comprometerse en esa línea. La tradición argentina correspondió siempre a un reclamo firme pero medido, alejado de las estridencias que intenten presentarlo con los ribetes de una inexistente epopeya.
Nuestra primer mandataria viajó con una comitiva como de setenta personas, algunas de ellas legisladores de la oposición, lo que generó una buena imagen de política de estado que, corresponde recordarlo, también se hizo cuando el canciller era Guido Di Tella. De hecho, la señora de Kirchner habría convencido más acerca de la existencia de acuerdos y continuidades si en su larga exposición hubiera puntualizado que no ella sola sino todos, absolutamente todos los anteriores gobernantes argentinos, sin excepción alguna, presentaron los mismos argumentos en las Naciones Unidas. La obsesión fundacional, en que no se reconoce nada bueno a los gobiernos previos, es una constante argentina que constituye una de las causas profundas de nuestra falta de avances en muchos temas, incluyendo Malvinas.
Amarga ironía de las comparaciones, mientras la presidente argentina alegaba en el Comité de los 24, Jeremy Browne, el más alto diplomático británico para con nuestra región, venía de encontrarse en Malvinas luego de negarse a pasar por Buenos Aires; mientras en noviembre de 1981, Nicholas Ridley, que desempeñaba las mismas funciones, visitó Puerto Argentino y Buenos Aires para ofrecernos un acuerdo similar al de Hong Kong: reconocimiento inmediato de nuestra soberanía con permanencia británica por un lapso a acordar, durante el cual aplicaríamos una co-administración crecientemente argentinizada. Dijimos que no, a los cuatro meses iniciamos una guerra, la perdimos y, treinta años después estamos como al principio. Si solo les dedicamos discursos, las Malvinas seguirán ocupadas doscientos años más.