El móvil ¿acabará con nosotros?
jueves 21 de junio de 2012, 20:24h
Mi amigo Manolo, siempre a la última, se compró en el 92, en plena Expo, un Motorola con tapa por el que pagó un pastón en pesetas. Pesaba cuarto de kilo en canal y llevaba una antena extensible como si fuera un marciano. Por marciano le tomaban a Manolo por la calle, en la que algún viandante aprensivo le preguntaba que dónde llevaba colgada la centralita. Cuando estaba en descanso lo portaba en el cinturón, por lo que parecía que iba armado y le paraban los seguratas, a los que le costaba convencer de su carácter pacífico. El bicho, en todo caso, no tenía pantalla líquida porque según decían era analógico que es algo así como la carcundia. No sabías quién te llamaba y caías en la trampa de tener que hablar con los comerciales inaccesibles al desaliento y los “pesaos” de turno.
Todos sin excepción fuimos cayendo en la red del móvil, atrapados por el celular, al que empezamos a llamar portátil, a pesar del peso.
Al poco se estropeaban, por eso de que la vida útil de los aparatos electrónicos y de los electrodomésticos está tasada. El ensamblaje de microchips hecho en Taiwán por cuatro perras no aconsejaba la reparación ante cualquier desperfecto, sino que obliga a tirarlo al contenedor de la basura reciclable y a sustituirlo por otro más modernillo y cada vez más inteligente.
El aparato sustituto era siempre más pequeño, con más prestaciones (que casi nadie sabía utilizar) y con más megapíxeles, por eso de que por el mismo precio te garantizabas una máquina de fotografías digitales almacenables para enseñar a los amiguetes con motivo de cualquier ocasión de regocijo.
Una vez empequeñecidos los móviles, decidimos volver a hacerlos de mayor tamaño para que se convirtieran, al tiempo, en teléfono y en ordenador, de manera que pueda quedar acreditado que no podemos vivir ni un minuto sin conexión wifi y sin twitear a todas horas. Los denominamos entonces Smartphone.
Nos hemos hecho moviladictos e identificado con la terminología de las 3G (no confundir con el punto), del Skype, del whatsapp, del Messenger, del link, de la palabra “aplicación” (que vale para todo), del navegador, del multimedia, de youtube, de Apple store, de Facebook, de gestionar conexiones… y, por supuesto, de chatear y twitear. ¡Qué maravilla!.
La cabina de Antonio Mercero y José Luis López Vázquez es historia antigua. Todo el mundo va (vamos) con el aparatito pegado a la oreja o con auriculares haciendo gesticulaciones y con el cargador a cuestas. Incluso te permiten enviar tu ubicación y hasta sin hacerlo te encuentran a través de satélites. La intimidad se ha ido a hacer puñetas. Estamos permanentemente localizados y sin descanso podemos comunicarnos. ¿Cómo vivíamos antes?.
Nadie es perfecto. Y ahora que tenemos un instrumento mágico –al que dedicamos horas diarias de contemplación –resulta que fallan las antenas y cada dos por tres se rompe la comunicación y hay que volver a llamar. Las compañías están encantadas porque vuelven a cobrar el establecimiento de llamada. Es frustrante quedarse hablando sin ser escuchado. Cuando te quedas en medio de la frase genial, del cotorreo del último minuto o de la cita... aparece error en la llamada y a marcar de nuevo si es que hay cobertura. ¿Será cierto eso de que todo tiempo pasado fue mejor, Manolo?
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Catedrático y Abogado
ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial
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