El BIS (Bank of International Settlements) es la institución más respetable de las internacionales dedicadas a seguir la evolución económica. Ofrece, con enorme diferencia, los mejores análisis de la situación. Y el último es particularmente preocupante.
El BIS (que traducido al español sería el Banco de Pagos Internacionales) ha publicado su
informe anual. Un documento largo, muy informado y meditado, que merece su lectura reposada. En el resumen que hace de introducción de todo el documento, un artículo de nueve páginas, comienza por tomar nota de que llevamos ya cinco años de crisis, y la situación no parece haberse encaminado. “La economía global todavía está descoordinada, y parece estarlo crecientemente, a medida que las debilidades interactúan para amplificarse las unas a las otras”. Si estas palabras le recuerdan al lector el torpe comercio de gasto y deuda públicos y agujeros bancarios, está encaminado. En definitiva, “las economías que están en el centro de la crisis financiera deben enfrentarse a sus legados, en la crisis, de deuda y de mala asignación de recursos”. Nada que le suene extraño a los lectores de estas crónicas.
Durante la crisis lo característico es que los agentes privados, típicamente muy endeudados, vayan ajustando su situación financiera reduciendo su endeudamiento. Durante esta crisis esa corrección ha sido muy lenta. La razón es “la necesidad simultánea de que se desapalanquen” los sectores financiero y público.
Contábamos este viernes en las crónicas que el cuarteto de Roma (recordemos que son Merkel, Hollande, Monti y Rajoy) le daban una enorme satisfacción al discurso del crecimiento de Hollande con el anuncio de unos planes de gasto público de 130.000 millones de euros, el 1 por ciento del PIB de la UE. Ya nos mostrábamos muy escépticos sobre que su efecto conjunto fuera positivo. Y no recogíamos lo que dice ahora el BIS: “Dada la necesidad de reconstituir las posiciones financieras, cualquier efecto de una política fiscal de estímulo” como la del cuarteto, “quedará inmediatamente limitada por los agentes que están sobreendeudados, ya que utilizarán su ingreso adicional en repagar las deudas en lugar de dedicarlo a un mayor gasto. Como resultado, continuará el crecimiento débil”.
De modo que lo que necesitamos es abandonar, a toda prisa, los sectores que han sido indebidamente favorecidos por el boom económico, y trasladar rápidamente esos recursos productivos a otros sectores que atenderán las necesidades más insatisfechas del presente y del futuro. Pero “dado que el trabajo y el capital no se adecúan rápidamente a nuevas industrias, la mala asignación de recursos durante el boom tiende a ir en contra de la recuperación en las postrimerías de la crisis. En consecuencia, países en los que la distribución errónea entre sectores sea mayor, encararán más desempleo”. Es el caso de España.
¿Cuál es la labor de los gobiernos? Debería ser facilitar, en la medida de lo posible, esa transición desde los sectores hinchados durante el boom hacia los nuevos sectores. El Estado no tiene medios para saber cuáles son esos nuevos sectores, pero esa es labor de los empresarios. Lo que sí puede hacer el Estado es liberalizar la economía para que esa transición sea más rápida. Y lo segundo que puede hacer es aligerar su peso para que 1) su efecto distorsionador en la economía sea menor, y 2) permita un mejor ajuste financiero de la economía privada, lo que favorecería la vuelta al crecimiento.
Claro que todo ello implica enormes pérdidas a corto plazo. Pero entonces es cuando entran en acción los bancos centrales. Y lo han hecho. Tanto lo han hecho que han creado un problema de enormes dimensiones cuya gestión no será en absoluto fácil. Lo han hecho a la espera de que los Gobiernos cumplan con sus reformas y recortes. Pero, advierte el BIS: “La extraordinaria persistencia de las políticas monetarias laxas es el resultado, principalmente, de la insuficiente acción por parte de los gobiernos a la hora de acometer reformas estructurales. Dicho de un modo sencillo: Los bancos centrales están forzados a continuar con sus estímulos monetarios a medida que los gobiernos dan largas y se retrasa el ajuste”. Y añade: “Cualquier efecto positivo de los esfuerzos de los bancos centrales puede estar estrechándose, mientras que los efectos negativos están creciendo”.
Cuando eso ocurre, tienen que comenzar a andar sobre sus antiguos pasos y endurecer la política monetaria. Pero, y de nuevo viene la advertencia del BIS: “Cuando llegue el momento de endurecer la política monetaria la enorme medida de las medidas no convencionales dificultarán una salida precisa de los estímulos monetarios, lo que pone en peligro la estabilidad de precios. El resultado podría ser la pérdida de la credibilidad de los bancos centrales, cuando no de su independencia”.
Ocurre, pues, que “los bancos centrales de varios países desarrollados no tienen más remedio que mantener su política monetaria acomodaticia por el momento”. Pero “deberían aprovechar cualquier oportunidad para elevar la presión sobre el desapalancamiento y el ajuste estructural por otros medios”. Es decir, subiendo los tipos de interés.
En resumen: Los bancos centrales todavía tienen la oportunidad de controlar la situación, aunque sería a costa de una enorme vuelta a la crisis económica, merced a los ajustes que todavía hay que hacer en la estructura económica. Pero si no lo hacen, podrían perder el control de la situación, con ello su credibilidad y su independencia. Estamos lejos de salir de la situación.