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Regreso de “El Cojo de Málaga”

viernes 29 de junio de 2012, 20:25h
La verdad es que en año tan atribulado como el que viene corriendo no ha habido mucha ocasión para congratularse de la conmemoración del bicentenario de la Constitución de 1812, y en general del acontecimiento político que fue la celebración de las primeras cortes de nuestra historia reunidas en nombre de la soberanía nacional y la libertad política. Si el ambiente que acompaña la conmemoración está siendo más bien melancólico no es sólo porque cuando falta harina todo es mohína, sino por lo deplorable de ver que institución tan esencial para un Estado de derecho como el Tribunal supremo salido de aquella constitución ande doscientos años después cuestionado por ligerezas de su máximo representante, enmendado en sus sentencias por otro tribunal que en realidad no lo es, y abiertamente desafiado por quienes proclaman con la jactancia del que se sabe impune que no cumplirán las sentencias contrarías a su maximalismo chauvinista y xenófobo.

De entre los personajes menores del Cádiz de las Cortes uno de los más célebres fue Pablo López, un sastre malagueño refugiado en la ciudad, y conocido por todos como “el Cojo de Málaga”. Provocador y chocarrero, se hizo el amo de las tribunas en las que asistían a las sesiones quienes no eran diputados, y desde ellas trataban en ocasiones de jalear a los adictos y apabullar a los contrarios. El Cojo se ganó el odio de los serviles por su eficacia en acallar sus voces o en ridiculizarlos. Tanto que Fernando VII le distinguió de manera especial con su muy especial odio cuando se puso a ajustar cuentas con los liberales. Pero también, muchos de quienes veían con simpatía los principios liberales entibiaron su entusiasmo a consecuencia de aquellos alborotos y aquel personaje.

Cuando los serviles amontonaban argumentos contra la legitimidad de las Cortes y de la constitución, no olvidaban mencionar la intimidación de las tribunas capitaneadas por el Cojo de Málaga. Exageraban mucho porque los casos de agitación entre el público de las tribunas fueron pocos, pero se miraban en el ejemplo de la Francia de la Revolución, donde, allí sí, la coacción de las tribunas condicionó muchas veces la voluntad de la Asamblea. Por eso, cuando el derecho parlamentario fue desarrollándose se reglamentó en todas partes que los no diputados presentes en las sesiones debían asistir en silencio y sin hacer manifestaciones de ningún tipo. Las razones eran varias: desde la garantía de la libertad de los diputados al respeto hacia el lugar en el que la soberanía se materializa políticamente y la conveniencia de expresarlo con una liturgia especial. El derecho de cada uno, como individuo, a hablar, a discrepar, a reclamar o quejarse, sin dejar de ser pleno en cualquier otro lugar, queda en suspenso allí donde ese derecho lo ejercen, en nombre de la nación a la que representan, los diputados. Y a éstos se les exige hacerlo con un decoro que no excluye la firmeza pero sí actos que serían lícitos en otra circunstancia como expresión política. Los parlamentos de las democracias sólidas no son balsas de aceite pero en ellos las formas suelen ser muy distintas a las de aquellos parlamentos que no pasan de apariencia de tales.

Pues de un tiempo acá el Parlamento español, que respecto a esto ha tenido de todo a lo largo de su historia, parece haber sido tomado al asalto por los herederos del Cojo de Málaga: matuteados por grupos parlamentarios a los que la broma les sale gratis, los cojos de Málaga se encaraman a las tribuna para alterar las sesiones gritando, exhibiendo pancartas, banderas y todo género de artículos del merchandising político. Y hasta algunas señorías se suman al jolgorio o dan rienda suelta a su vocación histriónica blandiendo objetos peregrinos y sacando a pasear banderolas que no son de todos sino de unos pocos contra la mayoría.

No es cuestión de formas. En esa tendencia a vulnerar con el desaire y la provocación el Parlamento y sus reglas aflora una manifiesta cultura antidemocrática, la que contrapone a las instituciones legítimas y su función la voluntad de minorías convencidas de que sus razones y preferencias, por ser suyas, están por encima de las reglas, y que las instituciones si no las aplauden, son despreciables. Como el Cojo de Málaga y como Fernando VII; en eso, tal para cual.

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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