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RESEÑA

Paul Auster: Diario de invierno

domingo 01 de julio de 2012, 14:14h
Paul Auster: Diario de invierno. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anarama. Barcelona, 2012. 248 páginas. 18,90 €
Diario de invierno resulta una obra clave para todos aquellos que deseen profundizar en el conocimiento de la biografía del escritor y cineasta Paul Auster. Junto a otros textos del autor como La invención de la soledad (1982), A salto de mata(1997), La historia de mi máquina de escribir (2002) y Experimentos con la verdad(2001), este trabajo del estadounidense se puede concebir como una auténtica biografía oficial. Son muchas las virtudes de este escrito (unas doscientas cuarenta páginas) al contrastarse con algunas de sus últimas novelas, que resultaban algo más previsibles. Lo más destacable de Diario de inviernoes su desnudez: un espejo en el que Auster no contempla su rostro, sino la historia de su rostro en relación a sus propias vivencias y a las de sus familiares más próximos. Esa contemplación, por cierto, no resulta solipsista en absoluto, pues todo lo que le rodea se integra en ella y configura la identidad del yo, ampliándolo y cuestionándolo. Ese es el caso, por ejemplo, de las experiencias vividas junto a Siri Husdvedt, su segunda mujer. Husdvedt, también escritora (novelista, ensayista y poeta) no aparece como un apéndice del artista sino como una parte inherente e inseparable del propio Auster. Precisamente la desnudez reside ahí, en mostrar lo que somos: un cúmulo de otros y de circunstancias (azarosas o no), que nos conducen irremediablemente a ser, a existir y, finalmente, a desaparecer.

La reflexión inicial acerca de la muerte y lo efímero retrotraen la narración de Diario de invierno al mundo de la infancia, para avanzar poco a poco (y de manera casi lineal) por el recuerdo de las distintas vivencias que conforman su vida. Pero aquí, lo lineal no resulta un inconveniente, me refiero a la posible previsibilidad, ya que el narrador sortea ese obstáculo con recursos originales que funcionan a la perfección. Es lo que sucede en las abundantes páginas (cerca de 60) en las que Auster describe de modo concreto todos los domicilios en los que ha vivido y las vivencias asociados a estos (“Veintiún domicilios permanentes desde que naciste hasta ahora”). El primero queda situado en la calle South Harrison, 75 de East Orange en Nueva Jersey; el último, en “cierto lugar de Park Slope; Brooklyn. Una casa de piedra rojiza de cuatro plantas con un pequeño jardín en la parte de atrás, construida en 1892”. Además, Auster se pregunta por lo vivencial asociado a los no-espacios (aeropuertos, aviones, etc.), los lugares de trabajo en el extranjero y las residencias de vacaciones. De algún modo, su discurso resulta completamente lineal (del nacimiento a la muerte), pero esa línea no es recta, pasea con soltura su trazo y dibuja todo tipo de paisajes biográficos y afectivos con una destreza narrativa poco común.

En toda esa reflexión personal se agradece la autocrítica del estadounidense. De esa manera se refuerzan el realismo y la verosimilitud, y se evita una automitificación previsible. Eso es lo que ocurre en el acercamiento que el autor efectúa a la figura materna, que Auster desarrolla en profundidad a lo largo de otra zona del libro. En esas páginas el autor no escatima en incluir asuntos traumáticos (como la infidelidad materna) ni en los sentimientos contradictorios que estos despiertan en él (el posicionamiento a favor de uno de los cónyuges: la madre). Esos pasajes y muchos otros del libro poseen un profundo lirismo y se alejan del exhibicionismo más superficial propio de muchas autobiografías.

Quizá sea la última parte del libro, tras las páginas dedicadas a Siri Husdvedt, la menos conseguida de la narración. En ella el rumbo del discurso resulta incierto porque se retoman algunos de los temas ya tratados sin aportar algo más, y porque tampoco tienen la función de recapitular o resumir lo ya apuntado. Quizá esa incapacidad se relacione con la imposibilidad de cerrar lo que todavía está por hacerse, es decir, la propia vida (como narración) que permanece abierta e inconclusa.

Si La invención de la soledad, dedicado a su padre, supuso el punto de partida y el primer reconocimiento de Auster como prosista, este otro libro, el último escrito hasta la fecha, es el contrapunto perfecto al anterior: lo femenino visto a través de las figuras de la madre y la esposa.

Por Óscar Curieses
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