www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

RESEÑA

Agustín Díaz Yanes: Simpatía por el diablo

domingo 01 de julio de 2012, 16:57h
Agustín Díaz Yanes: Simpatía por el diablo. Espasa. Madrid, 2012. 288 páginas. 19,90 €
Hay muchas razones por las que encarar Simpatía por el diablo con muchas ganas de que guste. Por el título, que está muy bien. También por el género. Simpatía por el diablo es un thriller y uno tiene la impresión de que ese es un género que todavía le debe algo a España -o España a él, tanto da-. En general, el que suscribe tiene la impresión de que el thriller en literatura nunca ha dejado de ser algo así como el hermano pequeño talentoso pero poco aplicado de la novela negra. El que suscribe tiene la tendencia a pensar que la gran diferencia entre el thriller y la novela negra está en una frase que una vez dijo Piglia: “En las novelas de Chandler nunca se sabe quién es el gobernador de California”. Y nunca se sabe, entre otras cosas, porque el antagonista -si lo hay– en la novela nunca tiene que ser alguien lejano, ni una corporación ni un sistema, sino alguien a quien el detective puede mirar a los ojos en alguna página de la novela. El mal es una cuestión más física, el mal tiene cuerpo -lo cual, también equivale a decir que es mortal- y quizá por eso produce un discurso más sólido.

En el thriller el mal puede alcanzar las cotas más altas de poder, e incluso hay una tendencia general a que así sea. Si Hammett devolvió el crimen a la calle (Chandler dixit) el thriller lo envía de vuelta a las alturas, a las alturas de los grandes edificios, aquellos en los que -le robo la frase a David Sánchez Usanos- hay luces que nunca se apagan. Hoy tenemos la sensación de que el poder real no está donde nos dicen que tenemos que buscarlo, que estamos sometidos a los designios de unos poderes sobre los que ignoramos todo, incluso su identidad, incluso si existen o alguna vez han existido. Simpatía por el diablo va ahí, justo ahí, y por eso uno tiene muchas ganas de que sea una buena novela. Desgraciadamente, no es así. Es un intento loable, hay algunas frases bien conseguidas, pero no llega a funcionar como una narración convincente.

Simpatía por el diablo, según el propio Díaz Yanes, no nació como novela. Nació como un proyecto para una serie de televisión que no llegó a realizarse. Alguien convenció a Díaz Yanes de que aquel esbozo podría dar lugar a una buena novela y el director se puso manos a la obra. La persona que convenció a Díaz Yanes tenía razón. Hay buenos mimbres para una novela. Díaz Yanes también tenía razón al intentar llevarla a cabo. Es una novela necesaria, pero no comparece.

Puesto que sabemos que Díaz Yanes es un conocido director y guionista, es casi inevitable caer en la tentación de suponer que algunos de los defectos que lastran Simpatía por el diablo proceden de una transición imperfecta entre dos medios. El principal defecto son los personajes. La presentación de los personajes resulta ineficaz y, a partir de ahí, ya no consigue levantar el vuelo. La falta de efectividad de la novela pasa por la obstinación en presentar a todos los personajes de una manera artificiosa, que les da una textura acartonada de la que luego no se podrán librar. Demasiada solemnidad, demasiado querer tomarse las cosas en serio. El único realmente vivo es el padre de uno de los protagonistas, antiguo torero, putero, chusco y simpático, capaz de sacudirse el almidonamiento general de la novela.

A cada nuevo personaje, se nos comunica, casi como si estuviésemos leyendo las notas del autor, su nombre, edad, sexo, complexión y gustos. Incluso hay momentos en los que dicho resumen no nos los proporciona el narrador, sino otro personaje de la novela que, cuando se encuentra a alguien, pasa a realizar un extraño proceso mental que consiste en repasar las características de quien tiene delante: “Este es fulanito, fulanito viste así y piensa así. Esto es lo que yo pienso de fulanito”.

Parte del placer de las novelas consiste en descubrir la verdadera naturaleza de los personajes. En contemplar los matices y las contradicciones de su comportamiento. En Simpatía por el diablo no solo se nos priva de ese placer sino que, a cambio, se nos entrega una colección inerte de personajes. Además del gusto del descubrimiento, nos escamotean la libertad como lectores. La falta de sutileza es clamorosa. Cada vez que sucede algo de cierta importancia el narrador insiste en subrayarlo. No hay espacio para el lector. El lector no cabe en la trama y se tiene que limitar a seguir, a empujones, una historia en la que tampoco se justifica muy bien la fragmentación temporal de la estructura. Es cierto que esto de contar ahora lo que pasó antes y luego lo que vino un poco después para volver más tarde al principio ya es algo así como el gran tópico de las novelas, sobre todo de las debutantes. A lo mejor es que hay que hacerlo así por fuerza. A mí nadie me ha explicado por qué.

Por Miguel Carreira

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios