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Buen ejemplo de patriotismo

Manuel Ramírez Jiménez
viernes 06 de julio de 2012, 20:31h
Se confiese o se disimule, estimo difícil negar que el pasado fin de semana, se fuera o no aficionado al deporte del balompié, gran parte de nuestra ciudadanía tuvo la oportunidad de experimentar unas largas horas de vivencia patriótica. Y no hay que disculparse por nada. Ni porque en el inmediato pasado estos acontecimientos se usaran con frecuencia para ocultar o mitigar otras circunstancias políticas, algo bien diferente a lo ahora ocurrido (la masificación actual no admite comparación, ni mucho menos), ni porque el derroche de patriotismo fuera algo de hace poco. Nada menos que en nuestra primera Constitución de 1812 se establecía ya como obligación “el amor a la Patria”, algo que, como otros valores sociales, anda ahora en muy segundo plano: ¡tantos falsos ácratas, tantos dudosos internacionalistas!

El acontecimiento que comentamos –la victoria del equipo nacional español–, que es su nombre más apropiado, y, por ello, la obtención de la Copa de Europa, ya constituyó una alegría por la imprevista goleada. En un partido perfectamente planteado. Como no soy experto en este deporte, no entraré en los detalles. Únicamente resaltar el comportamiento correcto y hasta ciertos gestos de amistad en el juego.

Lo que importa más, desde un punto de vista sociológico, es lo que rodeó o siguió al partido. Las miles de camisas rojas entre los asistentes llegados de todo el país, que no menguaron en la transmisión de ánimos. La emoción en la entrega de la Copa a ese auténtico genio deportista que es Iker Casillas, con el afán del resto del equipo por abrazarla y portarla. El paseo por la parte del campo donde estaban situados los españoles. El legítimo orgullo, ampliamente generalizado, de lucir la bandera de España, frente a otras tantas veces silenciada y hasta ultrajada ante la pasividad de muchos. Los gritos, llenos de emoción, proclamando –mitad como recuerdo, mitad como orgullo– lo del “soy español, español”. O, en fin, las llamadas de ánimo del capitán: “¡Vamos España!”.

Luego vino el largo camino hasta la socorrida Cibeles que, si pudiese hablar, también se habría sumado a los citados gritos de españolismo. ¡Contará ya tantos de dicha índole en su largo haber y así debe seguir!

Bueno, la Cibeles y todos nosotros. Valorando el ejemplo que entre unos y otros nos han dado. Sin necesidad de un triunfo deportivo de tal índole, ni del tumulto que se pueda originar. No. Siempre. Siempre que tengamos que declarar nuestra nacionalidad (y aquí sí viene a cuento el dichoso término constitucional). Siempre que nos crucemos con la bandera española, la de todos. Uno sintió cierta envidia al ver cómo en otros casos se unía la voz de un himno. ¿Tan difícil es intentar, por algún medio, dotarnos de uno que esté por encima de regímenes o partidos para lograr su duración? Es lo único que, a mi entender, faltó.

Manuel Ramírez Jiménez

Catedrático de Derecho Político

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