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Robots de carne y hueso

José María Herrera
sábado 07 de julio de 2012, 19:45h
Cualquier persona instruida y no excesivamente progresista sabe que el ser humano no ha estado jamás de acuerdo con la naturaleza. Cuanto ha realizado nuestra correosa especie a lo largo del tiempo proviene de esa divergencia. Algunos creen, sin embargo, que el problema estriba en que el hombre no sabe ajustar sus deseos a la baja. Yo no comparto esta idea. Que para vivir sea menester trabajar, envejecer y morir tiene muy mala sombra. Llevamos milenios sobre la Tierra y no terminamos de acostumbrarnos a sus condiciones. La culpa no puede ser sólo nuestra. Si el mundo fuera como debería ser no padeceríamos tanto. A mí, que soy poco nietzscheano, no me extraña en absoluto que el mundo haya recibido más reprobaciones que elogios. Bueno estaría encima que tuviéramos que sentirnos bien con semejante remedo de realidad.

Del descontento, busilis del hombre, proceden la religión, la filosofía o la ciencia. Cada época ha intentado a su modo remediar la calamidad que es tener que vivir en un mundo que nos impide ser como quisiéramos. La nuestra confía en la técnica. En vez de urdir doctrinas que nos ayuden a soportar psicológicamente la cicatería de la naturaleza, esa ruindad de madre perversa que la lleva a abandonar a su suerte todo lo que engendra, la humanidad procura ahora conocerla para, aprovechándose de sus secretos, proveerse de lo que mezquinamente nos escamotea. Los científicos no sólo sueñan con acabar con el hambre o la enfermedad, sino también con la muerte, aunque de momento sus mayores éxitos los han obtenido en el orden de la producción y el trabajo. Gracias a ello se está cumpliendo una de las fantasías de nuestra especie: crear seres que se ocupen de las tareas engorrosas de la vida.

La palabra “robot”, con la que designamos desde 1920 a las máquinas concebidas con ese propósito, apareció en una obra teatral del escritor checo Karel Capek. Aunque primero las llamó “labori”, su hermano Josef lo convenció para que utilizara el equivalente patrio, “roboti”, un cambio insignificante ya que ambas voces remiten, en latín una y en checo la otra, a la idea de servidumbre. Dicha idea estaba ya presente en la vieja leyenda del Golem, que Capek, como cualquier judío de Praga, conocía desde niño. Un golem es una criatura de barro o arcilla a la que supuestamente da vida el cabalista tras ejecutar diversos ritos y pronunciar el oculto nombre de Dios. Dotado de vida y de cierta capacidad de comprensión, su fin es servir como doméstico al propietario, quien debe mantenerlo encerrado en casa y, llegado el momento, matarlo para evitar que se haga cada vez más grande y poderoso. Para acabar con él basta con suprimir una de las cuatro letras que se le inscriben en la frente el día de su creación. La voz hebrea que forman esas cuatro letras (emet, verdad), se convierte entonces en met, muerte, una transformación que, para la cábala, doctrina de signos, desencadena inmediatamente la expiración de la criatura. El mito del Golem, crucial en la historia de la técnica europea, inspiró el homúnculo de Paracelso, la criatura del doctor Frankenstein y los modernos robots, todos seres útiles y peligrosos, capaces de revolverse en cualquier momento contra sus creadores, igual que hizo Adán con Dios cuando echó por tierra la creación.

Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. También el Golem es una criatura que se asemeja a su creador. Los robots, en cambio, han poseído hasta ahora figuras diversas. Para la robótica lo importante no es la apariencia de la máquina, sino su eficiencia. Durante bastante tiempo se ha creído incluso que a los seres humanos les disgusta que las máquinas posean su aspecto. El nombre técnico de esta repugnancia ante los replicantes es uncanny valley, valle de inquietud. Pese a ello, la industria parece empeñada en producir androides tan perfectos como sea posible.

Algunos sospechan que detrás de ello está el pujante negocio del sexo. Es difícil saberlo. De momento, el monopolio del androide ultrarrealista lo ejerce una firma japonesa (Kokoro) ligada a la Universidad de Osaka. Sus replicantes son increíbles. No se puede gozar de una fisonomía más correcta. Los que se exhiben en internet tienen el aire reluciente de alguien que acaba de hacerse un masaje antilípidos. No simplemente parecen seres humanos: parecen seres humanos después de una operación de cirugía estética o de una sesión de photoshop. Distinguir a una de estas criaturas de las Gunilas o los Borjamaris de un club de campo marbellí debe ser terriblemente complicado. La única forma de hacerlo es fijarse en su transpiración. Los robots no sudan. Tampoco hacen dietas de adelgazamiento. Aunque construidos a imagen y semejanza del hombre, el mundo es todavía para ellos un paraíso.
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