Los partidos políticos en el cambio de Era
Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
domingo 08 de julio de 2012, 23:14h
La Edad Contemporánea se ha terminado. Empezó en 1789 con la Revolución Francesa y concluyó en 1989 con el hundimiento de la Revolución Soviética y del comunismo (que dejó de ser alternativa a la democracia liberal). Como los hechos históricos nunca son racionales y tampoco exactos, el final del “mundo contemporáneo” no se mide por fechas precisas; es un proceso que se acelerará con la presente crisis “sistémica” o global.
Sin embargo, y relacionado con el futuro de los partidos políticos españoles, la Edad Contemporánea se caracteriza, además de otros, por estos dos conceptos: la soberanía nacional y la revolución.
Ambos conceptos han entrado en crisis, incluso en decadencia; y los países de Europa continental lo están experimentando de manera más intensa, lo que se refleja en sus instituciones y en sus modelos de partidos políticos.
Con los Tratados de Westfalia (mayo-octubre de 1648) aparece triunfante la idea política de “la soberanía”. Hubo entonces un gran derrotado: el pensamiento católico tradicional representado por la Monarquía hispánica, defensora de un orden internacional que se oponía a lo que entonces se calificaba de “maquiavelismo”. Los que triunfaron en Westfalia fueron Francia, Brandeburgo-Prusia, Holanda, Suecia y todos los que se apuntaron a ideas maquiavélicas como: “la soberanía del Estado”, “la razón de Estado”, etcétera (España no tardaría nada en hacerlo, cuando se alió con los protestantes contra el católico Luis XIV).
Europa entonces inventó (en la práctica) la idea de la soberanía. Pero, ¡atención!, ¿toda Europa? ¿Dónde estaba Inglaterra cuando se firmaron las paces westfalienses? Los ingleses estaban haciendo la revolución contra su rey Carlos I. Mientras los europeos continentales consagraban la soberanía de monarcas y Estados, las tropas de Cromwell empujaban a Inglaterra en sentido contrario: en lugar del Estado se imponía como soberano el parlamento. Carlos I Estuardo se negó por tres veces reconocer esa soberanía, y sus jueces parlamentarios no tuvieron otra opción que cortarle la cabeza (enero de 1649).
Después de dos revoluciones (1649-1688), el sistema político británico fue motivo de admiración al otro lado del canal de la Mancha. Montesquieu y Voltaire lo ensalzaron en sus escritos, precisamente porque no les gustaba su modelo francés de rey soberano.
Aunque pudo pensarse que los países europeos evolucionarían políticamente de acuerdo con el modelo inglés, la Revolución Francesa cambiaría la historia de Europa (especialmente de la continental). Los franceses, destacadamente los jacobinos, unieron la idea de la “soberanía” con la de la “nación”: “la soberanía nacional” será el concepto revolucionario por excelencia en los países de la Europa continental; España fue pronto un ejemplo de ello, y de su nueva e inherente violencia civil (Goya, Pérez Galdós y Baroja fueron sus notarios).
Revolución y soberanía nacional definen los tiempos contemporáneos, ahora terminales. La decadencia de esos dos conceptos se siente más en la Europa continental, la Europa del euro, porque ella es evolución (contradictoria, no faltaba más) de la de las Paces de Westfalia y de la Revolución Francesa.
Ha entrado en decadencia un concepto antiguo (aunque contemporáneo) de la soberanía nacional: sus atributos se predicaban de Dios: única, suprema, omnipotente, indivisible, inalienable, etcétera. Los ingleses se adaptaron mejor a la pluralidad de acontecimientos históricos: el poder estaba condicionado por los compromisos con el Derecho, y eso permitió tener siempre en cuenta los derechos civiles (y políticos) de los individuos, además de encontrar en el federalismo norteamericano la fórmula con la que dieron estabilidad a la nueva (y enorme) República.
Las diferencias entre estas dos tradiciones estatales se reflejaron en el tipo de partidos políticos que tuvieron cada una de ellas. En la tradición anglosajona, los partidos se organizaron en el parlamento, y se sustentan socialmente en grupos de interés, sindicatos y clubes intelectuales o de opinión; su carácter pragmático se corresponde con su gran respeto al pacto y a la ley.
En los más influyentes (e imitados) países de la Europa continental, el tipo de partido político se organiza fuera de las instituciones representativas, y será un instrumento para llegar al poder (no siempre en elecciones libres). Los estudios de Michels, Duverger, Sartori y algunos otros, nos han mostrado cómo este tipo de partidos respondía a un modelo organizativo y cultural parecido al de las empresas de la época: y el modelo no podía ser otro que el de los ejércitos contemporáneos: unidad de mando, de mensaje, jerarquía, disciplina, estrategia, táctica, militantes, etcétera. Sin embargo, hoy las empresas modernas, así como las organizaciones militares más avanzadas, trabajan en red.
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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