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Medio siglo franco-alemán

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 09 de julio de 2012, 21:36h
Merkel y Hollande han querido conmemorar el cincuentenario de la reconciliación franco-alemana, que fue la obra de dos gigantes de la política europea, Adenauer y de Gaulle, que se solemnizó con un encuentro entre ambos en la ciudad de Reims, “símbolo de nuestras antiguas tradiciones –escribe el General en sus Memorias de esperanza- pero teatro, también, de muchos enfrentamientos entre los enemigos hereditarios desde la antiguas invasiones germánicas hasta las batallas del Marne. En la catedral, cuyas heridas no están todavía curadas –continúa de Gaulle- el primer francés y el primer alemán unieron sus plegarias para que, en las dos orillas del Rin, las obras de la amistad remplacen para siempre a las desgracias de la guerra”. Era julio de 1962 pero lasrelaciones entre aquellos dos estadistas excepcionales habían empezado cuatro años antes, de un modo bastante poco habitual.

La historia de cómo comenzó esa aproximación entre ambos –que está en la base de lo que es la Europa actual y que, en buena medida, explica sus éxitos pero también sus periódicas tribulaciones- la cuenta el mismo de Gaulle en sus citadas Memorias, escritas en el espléndido francés que manejaba y en las que, muy a menudo, evita el “yo” para referirse a sí mismo en tercera persona como “el general de Gaulle”. A mediados de septiembre de 1958, todavía como primer ministro, pues aun no estaba refrendada la Constitución de la V República, de la que sería elegido Presidente en el siguiente mes de diciembre, de Gaulle recibió en su casa particular de Colombey les deuxÉglises al canciller Adenauer –que lo era desde 1949- que había pedido expresamente ir a visitarle. “Me parece –escribe de Gaulle- que conviene dar a este encuentro un carácter excepcional y que, para la explicación histórica que va a tener lugar entre ellos,el viejo francés y el muy viejo alemán, en nombre de sus dos pueblos, el marco de una casa familiar tiene mayor significación de la que tendrían los decoraciones y adornos de un palacio”. A lo largo de varias apasionantes páginas narra de Gaulle este “tête a tête” con Adenauer, como él mismo lo denomina.Creo que no se pueden entender las complejas relaciones franco-alemanas ni su incidencia en el proceso de integración europea, sin releer este relato, contado por uno de sus protagonistas. Como escribe un autor francés, Maurice Vaïse, “el vínculo afectivo creado en Colombey será duradero: el canciller tiene una cierta admiración por el General, y Charles de Gaulle tiene, por Konrad Adenauer, un sincero afecto”.

Apenas dos meses después, de Gaulle devuelve la visita al canciller alemán. Se trata de un encuentro mucho más formal, pues uno y otro estaban acompañados de dos personas de su máxima confianza. El Generalviajó con Michel Debré, ya su primer ministro, y con Maurice Couve de Murville, su ministro de Asuntos Exteriores.Al Canciller le acompañaban Ludwig Erhard, el reconocido autor del “milagro alemán” y Heinrich von Brentano, ministro de Asuntos Exteriores de la República Federal. Las relaciones entre aquellas dos personalidades tan distintas no pudieron ser más estrechas y leales.Como escribe el general: “Hasta mediados de 1962, Konrad Adenauer y yo nos escribimos unas cuarenta veces. Nos vimos en quince ocasiones, bien, y a menudo, en París, Marly, Rambouillet, o bien en Baden-Baden y en Bonn”.Así fue naciendo y consolidándose el que habría de llamarse “eje París-Bonn” que fue solemnizado por el Tratado del Elíseo, firmado, el 22 de enero de 1963, directamente por de Gaulle y Adenauer –no por sus ministros de Asuntos Exteriores, como es habitual y protocolario- para marcar la importancia y transcendencia que se quería dar a la reconciliación oficial de los dos enemigos históricos.

A pesar de todo, las relaciones franco-alemanas no han sido nunca fáciles y las crisis las han ensombrecido con mucha frecuencia. Los motivos no han faltado. De Gaulle y sus sucesores no han ocultado nunca su animadversión contra los Estados Unidos y sus recelos contra la OTAN, de cuya estructura de mandos sacó de Gaulle a Francia en 1962, mientras que, para Adenauer, la Alianza Atlántica y unos sólidos lazos con la gran potencia americana eran indispensables, en aquella Alemania dividida por la Guerra Fría y siempre en el punto de mira de la otra gran potencia, la URSS. Tampoco coincidían en su visión europea. De Gaulle, celoso de la soberanía francesa y volcado en la política de grandeur, no quería ir más allá de la “Europa de las Patrias” y para marcar distancias con los Estados Unidos se inventó aquello de la “Europa del Atlántico a los Urales”, que nadie supo nunca que quería decir. Y su fobia contra los que despectivamente denominaba como “los anglosajones” le llevó a vetar el ingreso de Gran Bretaña en las entonces Comunidades Europeas, porque veía en ella, como literalmente llegó a decir, el “caballo de Troya” de los americanos.

En aquella casi recién nacida República Federal de Alemania, por el contrario, el europeísmo era un dogma indiscutible, como lo era el atlantismo. Los alemanes eran conscientes de que se tenían que hacer perdonar su turbulenta y agresiva historia y apostaron por la integración europea con todo entusiasmo. Esa actitud se concretará más tarde en la afirmación de “queremos una Alemania europea y no una Europa alemana”. Una actitud que será fundamental para que Kohl llevase a cabo el órdago de la reunificación, a pesar de las reticencias de sus aliados europeos, muy especialmente la Francia de Mitterrand, pero también el Reino Unido de Thatcher, por no hablar de la todavía Unión Soviética de Gorbachov. Bush padre fue, sin embargo, su más convencido padrino.

Estas diferencias explican las crisis tan frecuentes entre Francia y Alemania y que se suscitaran desde el primer momento, hasta el punto de que un autor alemán, Hans Peter Schwarz, refiriéndose a aquellos primeros encuentros de Gaulle-Adenauer, llega a escribir que “la luna de miel no duró mucho”. Seguramente se refiere a la decisión alemana de adquirir para la Luftwaffe aviones americanos Starfigther en vez de los franceses Mirage III, provocada, con toda probabilidad, por la negativa francesa a que continuase una iniciada colaboración atómica militar franco-italo-alemana. Los franceses aumentaron sus nervios a medida que fue dejando de ser realista la famosa máxima según la cual “Alemania es un gigante económico, pero un enano político”, porque también políticamente Alemania había ido pesando cada vez más. El gigante económico se convirtió, especialmente tras el fin de la Guerra Fría y la reunificación también en un gigante político.

Al socaire de la crisis de Irak, Chirac y Schröder trataron de fortalecer sus relaciones y hasta planearon crear ministerios conjuntos, mientras se aproximaban a Rusia y China para subrayar un antiamericanismo que en Francia era ya tradicional, pero que en Alemania era una novedad. Con Sarkozy se suaviza el antiamericanismo, sin desaparecer porque casi forma parte de la identidad francesa, y se reingresa en la estructura de mandos de la OTAN. Con Alemania Sarkozy mantiene una relación con altibajos -pero sin graves malentendidos porque la tormenta de la crisis económica no lo permitía- lo que lleva a que se hable de Merkozy, como si se tratase de una pareja de siameses. Pero nunca tal metáfora se aproximó a la realidad.

Como decíamos aquíla semana pasada, no parece probable un Merkhollande, a pesar de la ceremonia del otro día en Reims, pues en la UE están apareciendo nuevos equilibrios. Pero también nuevas divisiones. Cada vez es más patente la existencia de una Europa del norte que no se siente solidaria con la Europa mediterránea, como acaban de mostrar Finlandia y los Países Bajos, especialmente el primer país al amagar con abandonar el euro. Falta la solidaridad que, junto con la disciplina y la legitimidad son los tres fundamentos de la integración europea, como acaba de escribir Pascal Lamy. La amenaza finesa, que cuesta trabajo creer, revela la necesidad de fomentar la cohesión, la solidaridad, sin olvidar la disciplina. Sobre esas bases se podrá avanzar hacia “una unión más estrecha”, esto es una unión política, legítima, porque debe contar con el apoyo de los ciudadanos. En otro caso, el edificio europeo empezará a cuartearse.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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