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La vergonzosa foto compostelana

martes 10 de julio de 2012, 21:05h
Señalaba en mi último artículo algunos de los muchos privilegios que la Iglesia Católica sigue disfrutando en España, y especialmente dos: primero, que en todos los colegios públicos sea obligatorio impartir su doctrina, aunque no sea obligatorio para los padres que la misma sea recibida por sus hijos, a lo que se suma que la mayoría de los colegios concertados dependan directa o indirectamente de la Iglesia y en ellos sea muy difícil que los alumnos reciban clase de la llamada Alternativa, cuyo nombre ya indica suficientemente cómo es concebida. El segundo gran privilegio es la ingente cantidad de dinero que recibe del Estado –incluyendo ayuntamientos y comunidades autónomas– la Iglesia a través del IRPF y de diversas partidas y subvenciones públicas.

Mostraba en dicho artículo la necesidad de que se ponga fin a estos privilegios, más aún cuando la situación económica está obligando al Gobierno a recortar en aspectos básicos del presupuesto y a subir los impuestos directos e indirectos. Recordaba que fueron los liberales, de quienes los líderes del PP se dicen herederos, quienes en el siglo XIX lucharon contra los privilegios eclesiásticos y buscaron financiar al Estado depurando los mismos. Al mismo tiempo, recordando aquello que Galdós decía de que le parecía incongruente declararse liberal y católico, mostraba mis dudas del verdadero fondo liberal de los líderes populares (que con sus medidas draconianas se van a hacer cada vez más impopulares) por lo cómoda que la derecha española se siente dentro del vuelo de las sonatas y las dificultades que tradicionalmente ha tenido para salirse de la atmósfera de sacristía.

La foto compostelana, la vergonzosa foto compostelana de Mariano Rajoy en la que se ve al presidente del Gobierno haciendo entrega al arzobispo de Santiago del recuperado Códice Calixtino confirma mis malos augurios respecto a la capacidad de los autollamados liberales españoles de distanciarse del influjo de la Iglesia. No se me escapa ni la simbología de Santiago en la historia nacional –aunque ciertamente no es santo de mi devoción, por aquello de matamoros, si me permiten el vulgar comentario en temas de santoral–, ni del Camino en la historia española y europea, ni su importancia socioeconómica presente, pero pienso que dicha foto –quizá promovida por los asesores de comunicación– es un error político. Es vergonzosa por dos motivos: primero, porque no tenemos constancia de que adjunta al valiosísimo documento histórico el presidente haya entregado una carta al arzobispo mostrándole la preocupación del Gobierno por las gravísimas deficiencias que no me atrevo a decir la Iglesia pero sí los gestores de la catedral compostelana han mostrado en la custodia de bienes del patrimonio histórico, pues según todos los indicios el electricista compostelano metido a emular al famoso Erik El Belga no sólo ha robado el Códice sino multitud de obras de arte y objetos históricos durante años.

Segundo motivo de la vergüenza: Rajoy no ha sido igual de diligente en acudir al Parlamento –lo hará mañana– a dar explicaciones sobre las medidas económicas de su Gobierno para hacer frente a la crisis y de las implicaciones que supone la ayuda europea. Sin embargo, ha permitido que su grupo parlamentario bloqué la creación de una comisión para investigar las responsabilidades en la gestión de las ahora reconvertidas cajas de ahorro, las cuales van a recibir una maravillosa cantidad de dinero europeo, finalmente a través del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB), es decir, que el Estado, o sea, todos asumimos los riesgos sin que nadie nos haya dado explicaciones de por qué se ha producido una inmensa sima en un sector bancario que los políticos –todos, no sólo Zapatero– hace sólo unos meses decían que era la envidia mundial porque era el único que no había necesitado ayudas públicas.

Todo lo que está alrededor del robo y recuperación del Códice Calixtino es más propio de un esperpento de Valle-Inclán que de una buena novela policiaca. Felicitémonos por su reaparición en aparente buen estado, después de haber sido expuesto a numerosos riesgos para su buena conservación, pero no convirtamos el acontecimiento en un hecho épico. Si Rajoy ha querido con su presencia en su querida tierra gallega mostrar su preocupación por la cultura –que muchos nos alegraríamos de ver patentizada de forma más expresa en los presupuestos generales del Estado–, podría haber aprovechado su visita catedralicia para citar El Quijote delante del arzobispo, recordando aquello de que “si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco, que la sé de coro”, frase que, por cierto, precede –creo que sin intención– a la archisabida referencia al obispo de Mondoñedo, del que ya saben en qué dice Cervantes que era sabedor.

La prontitud que Rajoy ha mostrado en acudir a entregar el Códice al arzobispo podría haberla tenido en contestar a los periodistas que le pusieron un micrófono delante uno de los ya innumerables días en que la bolsa se desplomaba y subía la prima de riesgo, o en acudir al Congreso a celebrar el debate del estado de la nación después de siete meses gobernando, pero ya se sabe que de todo tiene la culpa –que es verdad que tiene mucha– el Gobierno anterior, el cual, por su parte, achacaba muchos de nuestros males a nuestra historia reciente por la herencia de la dictadura franquista. Frente a los postmodernos que no creen que el conocimiento histórico sirva de mucho, pienso que la historia es una fuente de conocimiento no sólo del pasado sino también útil para el presente y el futuro, pero conviene que los gobernantes sean prudentes en la exigencia de responsabilidades al pasado porque al final vamos a llegar a lo de Ortega, que echaba buena parte de las culpas de nuestras desvertebración nacional a los visigodos. Y como nos vayamos más lejos llegaremos a Viriato, por cuya cabeza no creo que pasase nunca ni una somera idea de Hispania.
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