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La lección de Ermua

jueves 12 de julio de 2012, 20:28h
Quince años después del asesinato de Miguel Ángel Blanco en una campa de Guipúzcoa la situación no es exactamente como dijo el lunes pasado nuestro Ministro de Asuntos Exteriores en la inauguración de la
Conferencia de Alto Nivel sobre Víctimas del Terrorismo, que se haya producido “la derrota de Eta”, sino algo más complejo. Aceptemos que todo parece indicar que ha sido vencida policialmente –o “militarmente”, como dirían los terroristas. Pero pudiera ocurrir que dicha derrota resulte trivial o insustancial, excepción hecha del gravísimo asunto de que no hay asesinatos (por ahora), por tanto, trivial o insustancial en el orden político y de la resolución definitiva del “conflicto”. Y es que siendo realistas por una vez, los estrategas de la banda terminaron por aceptar el punto de vista de sus organizaciones hermanas que instaban a los pistoleros a dejar de matar. “Ha llegado el momento de la recolección (de las nueces). Pero si seguís pegando tiros es posible que la tarea, tan bucólica y placentera, resulte imposible de ejecutar…”

Sea como fuere, el caso es que Eta ha trasladado su proyecto al campo de la política. Y desde que eso comenzó a pasar desde hace no hace mucho, no se quiso (Zapatero) o no se supo (PP y gran parte de las fuerzas activas de la sociedad civil) enfrentar dicho proyecto, consumándose la legalización de Bildu, y después de Sortu, grave en consecuencias, como se ha visto por los resultados electorales que la coalición pro-etarra obtuvo en las últimas elecciones municipales.

Pero conviene no confundir las implicaciones históricas de dos hechos consecutivos pero de distinto alcance. Pues una cosa es que los políticos empujados por sus cálculos cortoplacistas y seguramente miopes decidan abrir camino a la legalización de Bildu y otra que los vascos en general y los guipuzcoanos en particular les otorguen su apoyo democrático. Esto último es lo que realmente debe ser pensado porque aporta el verdadero suelo del presente del que va a salir el futuro para el País Vasco y para el resto de España.

El presente es, por tanto, el éxito electoral de 2011 y dadas las estimaciones de voto de las coaliciones políticas pro-etarras, también el futuro. El pasado, los cerca de mil asesinatos, secuestros, extorsiones, amedrentamientos, palizas, chantajes que se han producido en el territorio español ejecutados por la banda Eta, especialmente, después de la amnistía que acompañó la instauración de la Constitución del 78, en nombre de unos ideales y de un proyecto político que son idénticos, esto es lo esencial, a los que ahora se oferta a los ciudadanos que van a elegir a sus gobernantes en las próximas elecciones al parlamento vasco.

La pregunta que hay que formular es: ¿han quedado contaminados dichos ideales por los asesinatos y demás prácticas criminales y mafiosas –ese pasado que no se ha esfumado aunque solo las víctimas directas de los terroristas parezcan concernidos por él? Si la respuesta es: “sí”, estamos ante un argumento real y de peso para ilegalizar a las coaliciones que se identifican públicamente con dichos ideales y programas e impedir que se presenten a las elecciones. Estoy seguro de que una parte del electorado vasco, incluyendo a algunos de los que los van a votar, se sentirían aliviados.

Conozco perfectamente el contra-argumento que se puede oponer al mío: a saber, que mi argumentación se basa en una valoración moral, mientras que la política es una realidad de otro orden, cuya normatividad pertenece no al orden de las conciencias individuales sino al de los jueces y sus códigos legales. Sea. Pero estoy seguro de que tan difícil de refutar es el hecho de que en la práctica política siempre, de una u otra forma, el fin justifica los medios, como que la inmensa mayoría de los hombre y mujeres de nuestras sociedades sabemos que no es menos verdad que los medios contaminan (de maldad) los fines.

Lo que nos sale al paso son dos lógicas tan implacables como enfrentadas: la lógica de lo político-real, basada para decirlo con una metáfora nietzscheana, en la voluntad de poder, cuya premisa oculta reza; “la política es la consecución de la guerra por otros medios”; y la lógica de lo político-ideal, basada en principios impregnados de moralidad y en los que gran parte de la sociedad cree de buena fe que tienen carácter obligatorio. Que el lector concluya a la luz de cuales nos conducimos en el conflicto no resuelto provocado por el terrorismo etarra.

Por mi parte, la lección de Ermua me parece concluyente: al día de hoy, el nacionalismo asociado al proyecto político etarra va ganando la partida.
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