Poder demodé
Cristobal Villalobos Salas
viernes 13 de julio de 2012, 20:15h
Cuando alguna administración me obliga a soltar la guita, por ejemplo la Universidad, como peaje por algún papeleo carente de sentido, aunque imprescindible, y ando por el centro de la ciudad, me gusta pagar la susodicha tasa en la oficina central de Unicaja en la Acera de la Marina, en Málaga.
Entras en la sede de la antigua Caja de Ronda y penetras en un túnel al pasado que te retrotrae a la época en la que los bancos intentaban parecer bancos, mostrando su poder en oropeles de mármol, purpurina y hierro forjado. Eran tiempos en los que no resultaba necesario esconder el poder bajo un mobiliario barato y funcional, sino que había que demostrar el poderío.
Me acerco al mostrador de la caja, macizo y de piedra inmortal, y me siento pequeño ante el capitalismo mundial, como si esa oficina tuviera algo que ver con la erección de los rascacielos de Manhattan. Mientras resuelvo mis asuntos observo las vidrieras de la oficina, decorados con los escudos de las provincias en las que la antigua caja tenía presencia, cual reino feudal que extendía sus tentáculos sobre haciendas y vidas.
Lo bueno de las fusiones es que se multiplican los despachos, los cargos y los edificios nobles. En uno de ellos, puede que en la misma Acera de la Marina o en el edificio de la Avenida de Andalucía, el presidente de Unicaja, Braulio Medel, recibe en audiencia a Berni Rodríguez, capitán y leyenda del Unicaja de baloncesto, para agradecerle su trabajo en el club tras más de trece temporadas en las que el malagueño ha conquistado la Copa Korac, la Liga, la Copa del Rey y ha sido, entre otras cosas, campeón del mundo. La prensa recoge el encuentro con unas breves líneas y una fotografía en la que el deportista parece un pez fuera del agua y el Presidente se sienta con la comodidad que a uno le da sentirse dueño del espacio.
El banquero, apoltronado en su sillón estampado, y un tanto kitsch, recibe al deportista, al que le han dado la patada por no estar de acuerdo con una primera oferta de renovación por parte de la entidad, en un salón demodé y un tanto espeluznante, como si los fantasmas de la banca se paseasen todas las noches por el edificio haciendo saltar las maderas barnizadas que cubren las paredes y haciendo caer los falsos jarrones de porcelana.
No deja de resultar escalofriante y extraño que un señor sexagenario, en el mismo puesto desde hace más de veinte años, le diga a un joven de poco más de treinta: “gracias, pero tu tiempo ha pasado”. Pero así es la realidad. En los núcleos del poder la decoración es hortera y anticuada, ya que los que mandan debieron pasar de moda hace mucho.