RESEÑA
Santiago Castelo: La hermana muerta
domingo 15 de julio de 2012, 13:29h
Santiago Castelo: La hermana muerta. Vitruvio. Madrid, 2011. 62 páginas. 11 €
La hermana muerta, de Santiago Castelo (1948) –que ha sacado dos ediciones en solo unos meses–, nace de un noble e inapelable impulso: el de expresar, y exorcizar de paso, el dolor causado por la muerte inesperada de su hermana Lola –también poeta y pintora–, a la que estaba muy unido. El poemario se presenta con una serie continuada de 42 poemas que son la manifestación serena y dolorida de esa soledad, acrecentada por las pérdidas también de su padre y de algunos de sus amigos más cercanos. Es un libro valiente, directo -como su título-, que no esconde en la metáfora sus más hondos sentimientos de desgarro, de nostalgias y de silencios. Es la palabra de un hombre (un hermano, un hijo, un amigo…) que muestra su llanto sin pudor porque es verdadero: “Hay que decirle al llanto / que se pare: / que detenga su pulso; / que la tarde / se ha cuajado de lágrimas / y el viento / por más que lo desee / no puede, / en su tristeza / enjugar tanta pena”.
Santiago Castelo es un poeta para la vida que, sin embargo, ha necesitado ahora cantar el dolor de la muerte. Quizás por eso este homenaje a su hermana se abre significativamente con un “Ángelus de la Ascensión”, Ángelus que anuncia, según el sentir profundamente cristiano de ambos, una nueva Vida para ella, y que descarga del desamparo de un vacío total.
La profunda sencillez a lo Machado de estos versos entronca con la mejor tradición de la poesía española –del Medievo al 27, de Manrique a Juan Ramón–, que aflora especialmente en la justeza y limpieza formal de sus versos, y en la riqueza y variedad de las formas métricas utilizadas: pausados alejandrinos y melódicos endecasílabos para acunar la pena y esperanzarla, rítmicos versos de arte menor que avivan la emoción, y el verso libre para dar rienda suelta a los recuerdos.
Un valor –de agradecer y nada común- que se suma a lo dicho es la falta de didactismo, de lección moral, de retórica al uso... Ni esculpe una frase lapidaria, ni alza su canto en hueca exclamación; su verso discurre con emocionada sencillez, su reguero de dolor y de ausencias se nutre solo de la profunda verdad del vivir diario y cotidiano. Su palabra se ha despojado de inútiles galanuras, a semejanza, quizás, de la tierra que le vio nacer, Extremadura, sabia de siglos y de aspereza apacible.
Por eso, sin detenerme ahora en la amplia trayectoria poética y periodística de Santiago Castelo, solo les recomiendo que abran este libro y lean completos, por ejemplo, “Ángelus de la Ascensión” (“La muerte fue puntual. Todo estaba dispuesto: / el sol, el jueves, la mañana.”); “Y se quedarán” (“Sí, se quedarán los pájaros / cantando, /y vendrán / –oh, aroma de la pena, sonido del anhelo– / cada tarde / a la cal, a la cruz, al mismo mármol / y volcarán su amor de soledades…”); “Tiempo” (“La vida es una alberca que amansa desencantos / y al final de su agua nada puede regarse”); “Rellano de la noche”; “Sublevación del llanto”; “Mi padre”; y otros muchos poemas como ese realmente magnífico “Septiembre” (“La tarde tiene el eco / suave de la pena / y la luz se diría / que se viste de otoño. / Llueve, tan mansamente / que más parece llanto. / Y hay un sopor que mata / y se bebe esta lágrima / con la misma fiereza / con que se enjuga el campo”).
Y díganme después si no he dicho verdad…
Por Inmaculada Lergo