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España S.O.S. en chonichándal

José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 20 de julio de 2012, 20:20h
Lo que España inspira a los mercados de prestamistas no es confianza sino pena lastimera, y un cierto acojone, por qué no decirlo.

Al paso que vamos, va a ser verdad que el cortijo ibérico no tiene arreglo, por más que don Juan Carlos y doña Sofía, emulando a Obama y Michelle, o mismamente a Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó, aprovechen la ceremonia de inauguración de la charlotada olímpica para arrearse los treinta besos del Kamasutra justo en el instante en el que el aborregado auditorio planetario tenga sus miopes ojos puestos en la pantalla gigante del estadio londinense donde a falta de pan asistiremos a otra sesión cuatrienal de circo coubertiano. Le monde est une marchandise, et l’olympisme, avec ses cinq anneaux, son logo commercial.

Si para vender a Venezuela un tanque con cañón sin agujero, como el del inolvidado Gila, nuestro ministro de la Guerra, Pedro Morenés, tiene que llamar a Chávez «amigo de España», es que España, llegado a este punto de no retorno, sólo está en condiciones de dejarse sodomizar.
Lo más preocupante no es tanto, aún siéndolo, la incontinencia verbal de Montoro, que me está empezando a preocupar cuando se pone histérica; sino la sensación de que todavía no hemos tocado fondo, mientras al país se le va la fuerza por la boca de las ocurrencias, como si las que se sucedieron durante el transcurso de la calamitosa gobernación de Zapatero no nos hubiesen servido de suficiente escarmiento.

Mariano, o How to catch a kangaroo. Mitad estética The Beatles, The Bee Gees, & Michael Jackson en Moonwalker, el chándal olímpico, furor de poligoneros, chonis, vaquillas, trogloditos, chuloplayas con riñonera y ladrones de cobre, es la metáfora estética que mejor describe esta España macarra nuestra, hortera de bolera, más desorientada que un protonazionalista delirante.

Sí, ya sé que nuestros atletas parece que en lugar de a la villa olímpica fueran a hacer la ruta del bakalao; y también que al paso que vamos, acabaremos como las prostitutas de Nueva Zelanda, utilizando las señales de tráfico como barras de striptease. Pero la polémica suscitada a cuenta del disfraz indescriptible será otra ocasión perdida si en lugar de elevar la vista de la anécdota a la categoría nos quedamos al nivel analfabetoide de los comentarios chorras, triviales y frivolones.

El abajo firmante confiesa que cada vez que escucha a un colega de profesión pontificar acerca de tal o cual parida elevándola al top de acontecimiento noticiable de alcance universal por el simple hecho de que se convierta en trending topic en Twitter, le entran sarpullidos en la misma boca del esófago de los de no poder aguantar el dolor, al corroborar la cantidad de tarados –dicho sea sin ofender, sino con un aséptico afán descriptivo- que hay sueltos por el máster del Universo, sin bozal. Ni la mal llamada “sabiduría” popular, tan llena de prejuicios y supersticiones, ni el dogmatismo científico. Digo yo que bien estaría una cosa razonable entre medias.

Que lo que diga Madonna o Lady Gaga sea infinitamente más trascedente que lo que piense para sus adentros cualquier persona anónima que se dedique a ganarse la vida honradamente, me resulta una tragedia para la condición humana.

Sí, también sé que no hay nada más aburrido que la matraca matutina a cuenta de la solvencia de España y de la putísima prima de riesgo. Pero como el vulgo rocinante se entregue al chismorreo banal por despecho hacia los asuntos que de verdad condicionan nuestras vidas y nuestro bienestar, sí que vamos a estar perdidos en la jungla de verdad y sin posibilidad de rescate.

Lo mismo soy un ingenuo, que lo soy, pero este cronista alberga el convencimiento de que el verdadero riesgo que corremos es la tentación de desertar de la vida “politika”, pues lo único que conseguiríamos es que en el cenagal político, judicial, sindical, empresarial y mediático se instalara per saecula el mamoneo de la inmunidad a la hora de disponer de vidas ajenas, de tal manera que los poderosos seguirían viviendo del cuento a nuestra costa y riéndose de nosotros en nuestras fauces de gatitos amaestrados.

Comprendería que el COE hubiera accedido deliberadamente a la macarronización de España vía indumentaria con estampados barrocos si detrás de la decisión estuviese un eventual “guiño” al Kremlin para que adjudicara a España el AVE de San Petersburgo a Moscú. Pero que salga el tal Alejandro Blanco, con su mohín de malas pulgas, todo ofendido, diciendo que «la operación es económicamente irreprochable», es para ponerlo a hacer flexiones en el Alpe d’uez.

Más que justificado el cabreo de los modistas españoles, no porque no se haya recurrido a alguno de ellos, sino porque como dice Modesto Lomba, los hay que «han vendido la imagen de España por unas monedas».

España no es Grecia, pero por momentos le viene trayendo un aire. Pronto, como allí, nada quedará. Ni siquiera el rostro pétreo de la estatua criselefantina de Zeus esculpida en marfil por Fidias que durante 900 años presidió los Juegos. Nada queda, excepto las ruinas de la Olimpia que fue sede de los Juegos clásicos. El gran santuario helénico del valle del río Alfeo, al oeste del Peloponeso, es hoy sólo un polvoriento lugar de culto arqueológico frecuentado por turistas melancólicos y ex deportistas artríticos. Nada queda del espíritu que inspiró la razón de ser de un escenario único consagrado a la celebración del culto a la fertilidad de la tierra y los seres vivos. Nada queda de la metafísica deportiva primigenia, en la que el esfuerzo físico, en su esencia pura, se concebía como un retorno agradecido a esa Tierra de la energía de ella recibida.

No es de extrañar que, a la vista de los antecedentes, haya intelectuales como Albiac a quienes el invento de los aros le provoca arcadas («asco olímpico»). «Inventado por un chiflado racista –escribe Gabriel-, el olimpismo moderno es la más repugnante de las estafas políticas».

Son muchas las cosas que huelen mal en el mundo del deporte, aunque pocas tan delirantes como el episodio protagonizado por el futbolista Levi Foster, que fue amonestado con una tarjeta amarilla, y a punto estuvo de ser expulsado con la roja, en el gaseoso decurso de un partido de la Portsmouth League, entre el AFC GOP y el Apsley House.

El guarro en cuestión, tuvo la desfachatez de tirarse un pedo en la misma jeta del árbitro, justo al agacharse para comprobar que tenía bien atadas las botas instantes antes del saque inicial del encuentro. Se entiende que el colegiado, al no verla venir (la ventosidad), se lo tomó a pecho, lo cual es comprensible, pues era la primera vez en su carrera que un jugador aquejado de meteorismo había tenido la desfachatez de peerse en su cara. “Football player gets booked for farting in the ref’s face”, tituló el Mirror la crónica del día después del encuentro más sonado de la temporada. Levi sólo pudo disculparse por el trueno y reconocer que la noche anterior al choque se había puesto hasta las cejas de curry.

A mí, que por encima de español soy ciudadano del mundo, también me duele esta España del pitorreo.

José Antonio Ruiz

Periodista

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