COLUMNA SALOMÓNICA
Humanoides acuáticos
lunes 23 de julio de 2012, 08:22h
Una agencia federal estadounidense, bautizada con el rimbombante título de National Oceanic and Atmospheric Administration, emitió días atrás un escueto comunicado negando la existencia de las sirenas. Para ser preciso —digo esto como homenaje a la seriedad científica de la institución-, admitió públicamente no tener constancia de que haya sido hallada evidencia alguna que pruebe la realidad de los humanoides acuáticos. La noticia, quizá porque es verano, apenas ha sorprendido a nadie, aunque algunos todavía no hemos salido de la perplejidad. ¿Era necesario que un organismo gubernamental confirmara que las sirenas son seres míticos, tan fantásticos e irreales como los cíclopes y las quimeras?
Por lo visto, sí. Del mismo modo que muchos americanos salieron aterrorizados de sus casas cuando Orson Welles radió la invasión de los extraterrestres y la guerra de los mundos, la emisión de un documental sobre las sirenas parece haber provocado una honda conmoción entre los chiflados del país, muy numerosos e influyentes a tenor de la rapidísima reacción del organismo encargado de administrar la atmósfera y los océanos. No obstante, para quienes pensamos que ser real no es un requisito indispensable a la hora de tomar en serio un asunto, el informe de la agencia americana en absoluto resulta tranquilizador. Primero, porque llamar a las sirenas “humanoides acuáticos” es de una pedantería inaguantable; segundo, porque tal caracterización no es en absoluto correcta —en su forma original eran criaturas aéreas, mezcla de ave y mujer- y, por último, porque lo propio de las sirenas, incluso en su variante marinera, fue siempre permanecer a distancia de los mortales, cosa que incluye también a las agencias federales norteamericanas.
Que las sirenas fueran primitivamente híbridos de mujer y pájaro guarda relación con su función original, aquella que les atribuyen los monumentos funerarios arcaicos: el traslado de las almas de los muertos al Hades. En algún momento, sin embargo, cambiaron de aspecto, apareciendo como criaturas con cabeza y torso de mujer y cola de pez. La razón de semejante metamorfosis es desconocida, pero el resultado no deja lugar a duda, pues de ocuparse de los muertos pasaron a ocuparse de los vivos, operando a partir de entonces como señuelos de la muerte, a la cual continuaron sirviendo. Con sus onduladas cabelleras, sus hermosos rostros y sus rotundos senos desnudos, atraían a los navegantes hacia los escollos donde vivían y los hacían naufragar. Lo más atrayente de ellas no era, con todo, su aspecto, sino su voz, una voz dulce y seductora que les servía para entonar melodías tan embriagadoras que nadie podía sustraerse a su encanto. El único hombre que pudo oírlas sin verse arrastrado a los abismos oceánicos fue Odiseo, quien advertido de su mortífero poder, ordenó a los tripulantes de su barco que se taparan los oídos con cera y lo ataran a él al mástil de la nave a fin de escucharlas sin riesgo de caer en sus manos. Tiempo después pasaron por allí Jasón y los argonautas, uno de los cuales era el divino Orfeo, quien con su lira compuso una música aún más cautivadora que la de ellas, cosa que las pasmó hasta el punto de que se quedaron literalmente de piedra, convertidas para siempre en rocas peligrosas. La falta de pruebas evidentes sobre la existencia de humanoides acuáticos alegada por la National Oceanic and Atmospheric Administration no tiene, pues, nada de particular.
La leyenda de las sirenas, ligada a un gremio viajero que propagaba patrañas a cambio de compañía y alcohol, encierra pese a su carácter fantástico una lección muy razonable: la de que hay que precaverse de lo extraordinario. Ningún equívoco resulta tan horrible como el que lleva a obsesionarse con un monstruo. Las sirenas, en la medida en que no son simplemente bellas, sino deslumbrantes, provocan el mayor deseo, pero este deseo está condenado a no culminar jamás en la posesión, sino en la muerte. Igual podría decirse de otras ensoñaciones, incluidas las racionales, por ilustradas que sean. Buscar vestigios de ellas en la atmósfera o los océanos, como hacen los americanos, es absurdo. Si alguien tiene interés en seguirles el rastro, yo le recomendaría que probara con las mujeres fatales, esas que, según Saul Bellow, “comen ensalada y beben sangre”.