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Publio Cordón

miércoles 25 de julio de 2012, 20:07h
Resulta difícil, por no decir imposible, imaginar el sufrimiento de la familia de Publio Cordón durante estos largos y áridos años, los transcurridos desde la mañana en la que el empresario zaragozano salió de casa para hacer ejercicio cerca de su domicilio y ya nunca volvió. Han sido diecisiete años en los que la familia ha tenido que convivir no sólo con la tremenda pérdida de su ser querido, sino también con engaños, verdades a medias, noticias desmentidas, habladurías maliciosas y hasta miradas de soslayo. Cuesta entender por qué en este caso, el morbo que acompaña siempre a la víctima de una acción criminal se convirtió, mucho antes que en otras ocasiones, en desconfianza hacia la propia víctima, incluso hacia la familia que, para colmo, tenía que defenderse y asegurar que si su padre y esposo no había regresado a casa después de haber sido supuestamente liberado, como decían desde el entorno de la banda criminal autora del secuestro, era porque lo habían matado o continuaba retenido. La segunda de las opciones, claro, fue perdiendo credibilidad a medida que pasaron los años, y la familia, desterrada de la empatía social, tuvo que aceptar que Publio había muerto. Pero, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?

La familia de Publio había cumplido con la condición monetaria exigida por unos delincuentes empeñados en firmar con seudónimo terrorista. Pagaron 400 millones de pesetas para que les devolvieran con vida a su padre y marido, pero la otra parte no cumplió el macabro contrato. Publio no regresó. Ni vivo ni muerto. Vivo no hubiera podido regresar nunca, porque ahora hemos sabido que cuando se pagó para salvar su vida, ya la había perdido. Se la habían arrebatado. Las declaraciones del testigo protegido que han conducido al arresto de cuatro presuntos implicados aseguran que Publio consiguió romper las cadenas que cerraban el armario-zulo en el que llevaba quince días enclaustrado y que, en un intento de escapar, se precipitó desde una ventana del segundo piso de la casa de Lyon que se había convertido en su prisión y que falleció aproximadamente 48 horas después, a causa de las heridas. A falta de que el maltratado cadáver de Cordón aparezca en su clandestina e indigna tumba, esta es sólo otra versión. Igual que aquella que, para mayor perjuicio de la familia de la víctima, aseguró en su día que el empresario había sido liberado en cuanto se pagó el rescate y que, aunque le habían ofrecido “acercarle” a Barcelona, él había dicho que no tenía intención de regresar a su domicilio, a causa de los problemas financieros y también familiares que le acuciaban. ¿Se puede actuar con mayor escarnio? La prensa se hizo eco de estas afirmaciones y la familia tuvo que añadir a su dolor el hecho de que el nombre de su padre fuera, además, arrastrado por el fango. Como si no hubiese sido bastante arruinar las vidas de toda una familia.

Algunos no tuvieron problemas entonces para imaginarle al sol de Río, pero el sol, Cordón no volvió a verlo. Herido, sin posibilidades de sobrevivir si no era atendido en un centro sanitario o, al menos, por un médico, los secuestradores volvieron a meterle en el armario y allí lo abandonaron hasta que murió. Así lo relata el testigo protegido, aunque la familia sabe que sólo cuando se practique la autopsia al cuerpo de su ser querido podrán saberse más cosas de lo que allí ocurrió. ¿Cómo van a creer a estas alturas nada de lo que diga cualquiera que participó en el secuestro, por mucho que asegure estar colaborando ahora? Argumenta la familia de Cordón que, en realidad, decir que Publio murió a causa de una caída accidental mientras intentaba huir es una versión light, algo así como menos terrible que la de haberle descerrajado un tiro en la nuca antes de viajar a París para recoger el dinero del rescate. Sin embargo, cuesta imaginar algo peor que denegar el auxilio a una persona que sufre de heridas que pueden conducir a la muerte, algo peor que agarrar un cuerpo humano que necesita de urgente asistencia médica y meterlo en un zulo para que acabé muriendo allí, solo, lejos de su familia. Porque si lo que se pretende es responsabilizar de la muerte al propio fallecido con el argumento de que las heridas se las provocó él mismo saltando por la ventana, el intento raya en el esperpento y la idiotez más absoluta. ¿Acaso Publio Cordón habría saltado de la ventana de una casa en Lyon si no hubiera sido encerrado en ella contra su voluntad? No, el nexo causal no se rompió por la participación desesperada de la víctima y casi resulta menos indigno, menos cruel, haber matado de un tiro, en un instante, sin horas y días de agonía, al secuestrado.

Pero si entonces hubo gente que creyó en lo increíble, - la fuga voluntaria de Cordón al extranjero una vez liberado - ahora el sentido común vuelve a ponerse en entredicho. La satisfacción de conocer que se había detenido a cuatro presuntos participantes directos en el terrible secuestro de Publio Cordón duró tan poco, que parece increíble que su familia aún siga demostrando en público un control y un equilibrio tan exquisitos. El magistrado Javier Gómez Bermúdez decretó prisión incondicional para dos de los arrestados, mientras que precisamente para aquellos que se habían negado a declarar durante el interrogatorio judicial se decretaba la libertad bajo fianza de 10.000 euros. Las razones: que no existían pruebas concluyentes de su implicación en el informe policial y que, además, no se contemplaba riesgo de fuga. Perplejidad fue la palabra elegida por los responsables de la investigación y de su arresto cuando conocieron la decisión del juez. Las hijas de Cordón también calificaron de increíble e inesperada la decisión judicial, un golpe que podía echar por tierra años de trabajo de investigación, pero con la experiencia de tantos años al otro lado del espejo, también han querido dejar claro que no van a permitir que se utilice su dolor para alimentar esas rencillas políticas que siempre lo manchan todo. Bastante han tenido ya.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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