¡A negro!
jueves 26 de julio de 2012, 20:32h
Había una vez una televisión que comenzaba sus emisiones en un caserón del Paseo de la Habana madrileño. Los primeros profesionales, llenos de entusiasmo, procedían una Escuela de Cine llamada Instituto Español de Experiencias Cinematográficas (Entre el Museo de Ciencias Naturales y la Escuela de Ingenieros Industriales); de NODO y Radio Nacional de España; Militares y algunos recomendados que, sin oficio reconocido, apostaban por la incipiente aventura. Pepe de las Casas dirigía los breves informativos y Pepe Lapeña editaba –sin moviola aun- las pocas filmaciones que unos atrevidos: Pina, Pato, Valero, Menéndez y Torralba, conseguían entre dificultades; Miguel Ors filmaba los mejores eventos deportivos.
Fue un tiempo en el que, según Antonio Moreno Lago, primer director de publicidad de la joven TVE afirmó tras una propuesta mía: “Televisión Española no necesita publicidad”. Aseveración candorosa que no tardaría en ser desmentida por una realidad que avanzaba imparable. Laura Valenzuela y Coque Valero engalanaban la pantalla monocroma, Opacio y Uribarri ilustraban con sus voces seguras los directos necesarios, complementarios de las imágenes que, procedentes de NODO comentaban los maestros Prats, Martín Navas, Hernández Franch, Cubedo y Mariñas… Todo era fácil entre tanta dificultad y penuria de medios: un solo plató para presentaciones, informativos, dramáticos y los musicales que realizaba García de la Vega y ese todo fácil había de ser elaborado en riguroso directo porque no existía entonces la posibilidad de grabación; el primer magnetoscopio tardó años en llegar y el ingeniero Manolo Rodríguez, el mismo que dirigió la construcción de la potente emisora de La Bola del Mundo, demoró varios meses en su puesta en marcha.
Era el tiempo en el que, ante la imposibilidad de grabar, la única solución era suprimir imagen y sonido según la orden que provenía del director, del realizador o de la esposa del ministro de turno, si es que la imagen mostraba alguna fémina poco cubierta. ¡A negro! Era la terrible consigna que auguraba complicaciones indeterminadas.
En aquel “canalillo” al alcance solo de algunos caprichosos privilegiados la “Televisión Española –que- no necesita publicidad” comenzaba con timidez a publicar anuncios en cartones dibujados que, un aprendiz de regidor, abatía ante la cámara desde un atril construido al efecto. Los anuncios más costosos: la Tijera Balaguer, o el Reloj Duward, eran relatados, en directo, por alguna actriz diletante o por el ya grande José Luis Uribarri. Este decía: “Son las _____ en punto de la noche en un reloj Duward; hora Duward, hora de España; reloj Duward, reloj perfecto”. A la misma hora en todos los relojes de todas las marcas y de toda España, José Luis Uribarri recibió la suprema orden y… se fue ¡A negro!