¿Irracionalidad de los mercados?
sábado 28 de julio de 2012, 20:18h
Hay mucha gente que ya no quiere seguir las noticias. Se han quitado de los periódicos y los telediarios. Alegan que son como boletines de guerra anunciando el constante retroceso de nuestras tropas. El hartazgo y la desesperación hacen mella en la ciudadanía. A mí no me sorprende en absoluto. España parece un barco a la deriva. Hasta sus timoneles, economistas bragados en opas hostiles y quiebras fraudulentas, dan la impresión de estar desconcertados. El lunes, el ministro de Guindos, un liberal de los pies a la cabeza, reconoció en el Congreso la necesidad de actuar contra la irracionalidad de los mercados. El liberalismo, la doctrina que vincula la obtención de los mejores resultados con la libertad de los agentes económicos y la suma de ambas cosas con la racionalidad, comienza a ser cuestionado incluso por sus más acérrimos defensores. Es una cosa estupefaciente, nunca vista. De seguir por este camino no hay que descartar la posibilidad de que el gobierno acabe cantando maravillas de los planes quinquenales. Claro que quizá el problema no sea del liberalismo, sino de nuestra manera de interpretarlo. En ningún sitio se dice que los mejores resultados tengan necesariamente qué coincidir con “nuestros” resultados. Cuanto pierden los españoles, lo gana otro. Siempre, pase lo que pase, hay un tipo amasando una fortuna a costa de los demás. De Guindos se exaspera porque los demás somos nosotros. De ahí que haya empezado a utilizar la táctica retráctil de su predecesora, la sonriente señora Salgado: restar importancia a lo que sucede y encogerse de hombros.
A de Guindos, como a los españoles en general, le sorprende que con el potencial que tenemos no se confíe fuera en nuestras posibilidades. La cara de cantaor hemipléjico que se le ha puesto en las últimas comparecencias refleja a la perfección la angustiosa perplejidad que invade a todo el país. Apenas queda ya nadie aquí a quien no le apriete el nudo de la corbata. El estrangulamiento está llegando a un punto peligroso. ¿Cómo puede dudarse de la solvencia de una nación que está viviendo un nuevo y brillante siglo de oro gracias a sus deportistas? Pocos lo entienden. La opinión pública se divide, de hecho, entre los que creen que nuestros aliados nos están traicionando, los que sospechan que los inversores no son inversores, sino especuladores, y los que suponen que nos encontramos a las puertas de una revolución que trastornará radicalmente los fundamentos de la sociedad. Se ve que no es lo mismo que un particular no encuentre financiación para sus proyectos a que esto le ocurra a un país entero. Pero: ¿por qué los capitalistas del mundo desconfían de la marca España? (“marca España” es la fórmula equivalente al antiguo “este país” con que antes se evitaba pronunciar el inefable nombre de la patria). De Guindos no encuentra razones económicas que lo expliquen. Por eso se ha referido a la irracionalidad de los mercados. Pero las razones del mercado quizás no sean económicas, sino de otra clase: éticas, jurídicas o políticas, razones de esas a las que nuestros liberales no suelen dar importancia porque, cuando no se trata de dinero, ellos prefieren la moral católica a la Ilustración. Esto explicaría, por cierto, que recortes y ajustes no basten. Tan decisivo como ordenar el gasto es recuperar la decencia, el respeto de la ley, la dignidad que reclamaron los indignados antes de que alguien los convirtiera en marginales. ¿O es que acaso nos extraña que alguien en sus cabales vacile a la hora de arriesgar su capital en una empresa en bancarrota cuyos dirigentes sólo se sienten responsables a la hora de cobrar y de defender sus dividendos?