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La mayoría absoluta inquieta

Antonio Domínguez Rey
sábado 28 de julio de 2012, 20:22h
“Estoy seguro de que la mayoría absoluta es hoy una máquina de destrucción de legitimidad”, dijo hace poco, el 23 de julio, el ex presidente socialista Felipe González en una entrevista larga a un medio público notable de ámbito nacional. Sorprende. Y apenas suscitó comentario. Sigue sorprendiendo.

El Gobierno actual de España estaría, según el ex presidente, quien conoce bien la maquinaria del poder y su ejercicio, destruyendo la legitimidad que nos rige. Es decir, la mayoría de los españoles que votó al actual mandatario de España destruye y, por tanto, conspira -se deduce- contra la Norma legítima que avala nuestra convivencia.

Traducido de otro modo: o gobierno yo, la otra mitad menos uno de los votantes, o peligra la Constitución española.

Le leí la frase a un colega experto en constitucionalismo, liberal progresista, y le pregunté en qué contexto histórico la situaba. Vaciló un momento, breve, y dijo, de inmediato, que en el siglo XVIII. Cuando le aclaré la situación, y tras otro silencio, escueto, me recordó el cainismo de las agrupaciones políticas españolas.

Felipe González olvida la venta veloz que hizo España a Europa, bajo su presidencia, y con mayoría más que absoluta, de los bienes rentables que tenía. La pesca, carne, leche, calzado, infraestructuras de comunicación cambiaron de dueño, se hipotecaron o rindieron, rinden tributo a las agencias, cancillerías y finanzas internacionales. No podríamos, ni podemos subsistir hoy de otro modo.

El pacto subsidiario era doble. España accedía al mercado internacional vendiendo o hipotecando sus bienes reales y potenciales a cambio de recibir apoyo democrático, evitar una involución política e invertir la ayuda macromillonaria en bienes futuros de equipo. Se incorporaba así al club de la Unión Europea.

La organización política se comió casi toda la ayuda internacional con los fastos electorales, eventos históricos, deportivos, las infraestructuras y algún que otro susto golpista incitado por el cáncer del terrorismo. España hizo ver que contaba con un legado internacional -Europalia, Descubrimiento de América- y un futuro estratégico importante: Mediterráneo de los Juegos Olímpicos de Barcelona, puerta de África en la segunda Exposición Internacional de Sevilla, expansión mediática del español con el Instituto Cervantes. Se unía a ello el impacto internacional de la fórmula democrática establecida. Una Monarquía parlamentaria en un Estado constituyente de Autonomías inyecta savia nueva en la vieja Europa. Sintetiza pasado y presente en un marco geopolítico importante.

La imagen de este entorno revirtió evidentemente sobre el mandatario socialista. Los bienes de equipo nunca llegaron. Se incrementó la fabricación de cemento. Vino luego el ladrillo a complementarlo. Con él, los muros, tejados, antenas, equipos domésticos. España se convirtió en reclamo internacional de inmigración para el este de Europa, África y ciertos países de América del Sur. La banca vio el cielo abierto. Seguía encajando la ayuda internacional europea y reconvertía la experiencia de la retracción emigrante española en hipotecas para vivienda, negocios intermedios, locomoción mecánica, auge de servicios, jubilaciones, turismo de tercera edad, etcétera. La inmigración incrementaba el negocio con el intercambio de divisas, apertura de nuevas agencias y compra de entidades con futuro intercontinental.

Ahí entra la necesidad de engullir la inversión ciudadana y de reconducir las entidades de crédito. Las Autonomías, cachos de Estado, se hicieron fuertes con las Cajas de Ahorros manejando sus estamentos rectores desde sindicatos y partidos políticos. La pugna con los grandes centros financieros era inevitable. Coincide además con un recambio estructural de las grandes economías mundiales, que se traduce en una crisis financiera y monetaria peligrosa. A esta se une la que ya se había fraguado en España por exceso de clamor político, manquedad de producción y organización comercial orientada al nuevo mercado europeo. Los presidentes autonómicos jugaron entonces a banqueros y empresarios. Vino el concierto de fusiones y la competición en bolsa para obtener rendimiento líquido. Ya se ofrecía humo, viento oscuro y agua empozada. Las aves depredadoras se encargan del resto. A río revuelto, ganancia de granujas.

Y el ciclo se repite. Necesitamos más dinero para pagar los intereses enormes que genera el interés progresivo de aquellas ayudas iniciales a cambio de la venta de bienes básicos, estabilidad política y estatus europeo. Y como Europa se empeña en seguir hipotecando la sombra futura de España con nuevos fondos millonarios que suplan el hueco de aquellos otros ya engullidos, la inquietud invade sedes sindicales, partidos políticos de oposición, gestoras asociadas y, por vez primera, usos y hábitos de bancos. Quien presta, impone ahora, con las condiciones, nuevas reglas subsidiarias. Las subcontratas de contratas ya no dependerán del ejercicio de turno como en aquellos días dorados de Barcelona, Madrid, Sevilla, Valencia, Santiago…

Si la ayuda prometida cunde -tanto salió o se esfumó, tanto repongo, que no otra cosa-, resulta evidente que una “mayoría absoluta” en ejercicio puede desestabilizar el concurso de los partidos, empezando por la oposición. Si no consigue un pacto firme de responsabilidad española ante Europa, no participará directamente en el manejo y distribución del nuevo caudal prometido. La situación puede desfondar a quienes, hace poco, legislaban apartando cualquier asomo de entendimiento mutuo con la oposición de entonces, el actual Gobierno de España. Y eso afectaría a la enorme asignación millonaria, en euros, que recibieron unos y otros, sindicatos, oenegés, sedes de partidos, centrales autonómicas, innúmeros asesores de ahorro, inversión, imagen… Lo recibido se esfumaría con dos, tres nuevas manifestaciones multitudinarias y una huelga general en regla, a fondo.

A Felipe González le importa mucho ahora que el Gobierno haga política de Estado y no de partido, sobre todo con la mayoría absoluta en la mano. Ya no sorprende. Desconcierta, no obstante, que haya políticos que aún creen que la mayoría es necia y aplaude a quien los convoca con tal nombre. La mayoría somos, sin reserva, todos a una, estemos o no inscritos en el censo de prebendas parlamentarias.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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