Recuerdos olímpicos
Cristobal Villalobos Salas
domingo 29 de julio de 2012, 19:11h
Cada cuatro años los Juegos Olímpicos rescatan mis juveniles anhelos deportivos, transportándome a aquellos veranos en los que corría por el Paseo Marítimo creyéndome Martín Fiz, aunque mi único objetivo olímpico fuese la carrera urbana, aquella que entonces, y creo que ahora también, salía desde El Corte Inglés.
Unas horas después de finalizar la ceremonia de apertura de los juegos, en mi cerebro no para de resonar David Bowie y su “Heroes”, como banda sonora a las imágenes sepias de aquellos héroes de un día a cuyas gestas he podido acudir, desde el sillón de casa, desde que tengo memoria televisiva.
Recuerdo a Fermín Cacho, y su oro inesperado, en Barcelona, a Indurain y Olano, dominando la contrarreloj de Atlanta, a los equipos de waterpolo y balonmano, siempre luchando por las medallas, a aquella pareja descomunal que formaban Arancha y Conchita en tenis o la manía que me suscitaba Hicham El Guerrouj, que nos privó del oro en los mil quinientos metros en más de una ocasión.
Pero quizás las mayores gestas son aquellas que no hemos visto y que se guardan en las retinas de la memoria colectiva como fragmentos de películas que, quizás, nunca hayan sucedido. Son leyendas propias de otros tiempos, en los que los deportistas eran, en la mayoría de los países, personajes que actuaban de manera extraña movidos por el amor propio y el afán de superación, nunca como una profesión o un negocio.
De entre las disciplinas olímpicas quizás la más heroica y cercana a los ideales del olimpismo es la maratón. Desde que el soldado griego Filípides muriera de fatiga en el año 490 a. C., tras correr los cuarenta kilómetros que separan Maratón de Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa, la prueba atlética más brutal ha dado momentos gloriosos a la historia del deporte.
De esta manera los juegos olímpicos han visto hazañas como las de Abebe Bikila, un antiguo miembro de la guardia del último emperador de Etiopía, que ganó la maratón corriendo descalzo por las calles de Roma en el año 1960. Aquel fue el primer campeón olímpico africano y toda una cura de humildad para occidente.
Años antes el dominador de la prueba fue el checo Emil Zátopek, un obrero de una fábrica de calzado que entrenaba de noche en el bosque, al terminar la jornada laboral, y que llegaría a ganar, en unos mismos juegos olímpicos, los cinco mil metros, los diez mil y la maratón. Quizás, durante estas semanas, entre patrocinadores, televisiones y estrellas, aún quede tiempo para que nazca otra historia para el recuerdo.