Cambiemos el mundo, ¿o acaso no es posible?
jueves 02 de agosto de 2012, 20:26h
A estas alturas, cada vez más personas están de acuerdo en que la crisis económica que asola a muchos países desarrollados no sólo se debe a los problemas de una moneda, que a muchos se les antoja ahora una especie de estafa a gran escala, o a los desmanes avariciosos de algunas empresas, más en concreto, de algunas entidades financieras. La crisis es también social y, como ocurre muchas veces, no es fácil decir con exactitud si fue antes el huevo que la gallina. En todo caso, desde que el mundo es mundo, las distintas civilizaciones que han poblado el planeta han ido sucumbiendo, para dar paso a las siguientes, desde un punto de partida que arrancó de una gran crisis, a la que, a su vez, había precedido la decadencia que suele acompañar a las sociedades opulentas.
Da la impresión de que, además, se trata de una especie acción autodestructiva; la sociedad, convertida en su propia bestia negra, acaba engullendo todo lo que pilla, porque el primer síntoma que padece una sociedad enferma es que se vuelve insaciable. Se ha acostumbrado a tenerlo todo cada vez con menos esfuerzo y las cosas por las que antaño, nada más empezar a poblar su territorio de la historia, había que trabajar y sacrificarse, la sociedad acaba por convertirlas en derechos primordiales a los que jamás piensa renunciar, aunque ello signifique que la garganta se verá inundada de su propia sangre. Aún así, insaciable, pedirá más.
Las sociedades opulentas, por otra parte, tienen tan ocupados sus sentidos que les cuesta distinguir el precipicio por el que se arriesgan a caer más pronto que tarde. La niebla que levanta a su paso el consumo desmesurado, es la peor enemiga del sentido común y sólo cuando la crisis anuncia que se queda una buena temporada, parte de la sociedad empieza a ver que ese poderoso sentido había quedado, durante demasiado tiempo, relegado. Las señales son inequívocas: conductas que antes se consideraban de tipos listos y avispados, ahora producen, por fin, el rechazo con el que tendrían que haber sido acogidas desde el principio.
Cuando finalmente la niebla se disipa, a base de llevarse por delante prometedores presentes y futuros truncados, el panorama de lo que queda suele resultar desolador. Y aquellos que se giran para mirar a los jefes del cotarro, que la propia sociedad ha elegido, la mayoría de las veces teniendo en cuenta cosas tan ajenas al sentido común como las filiaciones políticas, descubren que muchos de esos desmanes proceden precisamente de quienes tenían el deber de avisar a todos cuando se viera salir alguna nubecilla desde la boca del volcán, es decir, antes de que el mismo entrara en erupción y ya no quedara otro remedio que gritar “Sálvese quien pueda”.
Sólo con esa especie de niebla colectiva, se puede explicar que, todavía hoy, con la que está cayendo, no sean muchos los que se lleven las manos a la cabeza ante la noticia de que se han descubierto nada menos que 150.000 tarjetas de la Seguridad Social que correspondían a personas fallecidas, pero seguían utilizándose para adquirir medicinas de forma gratuita. El pastel se ha descubierto a causa de la implantación del copago pero, incomprensiblemente, no ha servido para llenar grandes espacios en los periódicos, ni tan siquiera comentarios en las redes sociales. El caso recuerda a otro que tampoco ha sacado manifestaciones a la calle, a pesar de su desvergüenza e ilicitud en perjuicio de los demás, el de los ERE fraudulentos en Andalucía, aunque este, en vez de aprovecharse de los muertos, lo haya hecho de los trabajadores de empresas con problemas. Presuntamente. Sólo esa misma niebla, agravada cuando a quien ciega es a la casta política, puede explicar, que no justificar, la ingente cantidad de puestos públicos acompañados de asesores en masa, coches blindados y tarjetas doradas. Se acabó lo que se daba, el manantial se ha secado, a pesar de que todavía muchos anden con su sentido común completamente cegado y amenacen con seguir pidiendo más en el nuevo reino del menos, hasta que no quede ya nada para nadie.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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